
Rojo horizonte de pasión
El próximo viernes, la nueva Biblioteca LA NACIÓN presentará los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, del gran poeta chileno Pablo Neruda
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Así como la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, escrita en el siglo XIX, brindó a miles de lectores el lenguaje lírico del sentimiento, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda alcanzaron en el siglo XX un lugar similar en la poesía amatoria: brindar a sus lectores las imágenes pasionales de su experiencia en el rojo horizonte del amor cotidiano. De allí que, además, sea un libro leído con fervor adolescente para indagar los mapas de una inexplorada geografía sexual. El propio Neruda tenía veinte años cuando lo escribió y también era, como muchos de sus futuros lectores, un estudiante enamorado.
En esos años hubo dos muchachas, una de Temuco (Terusa) y otra de Santiago (Albertina), a quienes el poeta, en sus memorias, llamó Marisol y Marisombra. La primera era el idilio provinciano, "con inmensas estrellas nocturnas y ojos oscuros como el cielo mojado"; la segunda era la estudiante de la capital, "boina gris, ojos suavísimos, el constante olor a madreselva del errante amor juvenil". Las imágenes de tales escenarios, aguas y árboles del sur, cielos eléctricos y callejones poblarían los versos. Y también el aire intelectual de la época. En un bote junto a un muelle viejo, Neruda leyó entero el Juan Cristóbal de Romain Rolland y escribió allí mismo la "Canción desesperada" que cierra el volumen.
En este libro el amor es verbo posesivo y las palabras que designan el mundo -espigas, campanarios, océanos, racimos, estrellas, aguas errantes, fuegos- son como flechas lanzadas para poseer de nuevo el cuerpo amado en el corazón del poema. Entonces todas las cosas parecen colmarse de una presencia erótica ("todo lo llenas tú, todo lo llenas") y cuando la voz ansiosa del poeta cree alcanzarla en los nombres y por fin cercarla ("en la red de mi música estás presa, amor mío"), ella se ausenta en la incandescencia de las imágenes: se vuelve recuerdo, mudez, espejismo, sueño. Algunos de estos poemas celebran el amor encarnado, pero en su mayoría lamentan la pasión atormentada, cuando los cuerpos se han separado y todas las cosas del mundo alzan entre ellos su teatro de cenizas. Dolor y abandono en un torbellino imaginario. Toda su fuerza proviene de las señales que deja la ausencia en el fin del amor o en la tensión de su espera. Tal vez porque el esplendor del lenguaje se desatasi el cuerpo amoroso, como un sol oculto, se eclipsa para una conciencia desdichada. Entonces el yo enamorado proyecta el mundo del poema en su gigantesca melancolía, donde reaparecen, transfiguradas, las metáforas de aquel amor que se llevó el viento del mundo real.
Cuando se publicó, en 1924, el calor de este libro estaba algo más cerca del pecado. Al regalar un ejemplar a una amiga, Neruda le advirtió: "Escóndelo bajo el colchón; no te lo vayan a encontrar tus tías, porque te lo rompen". Los lectores de lengua española siempre sospecharon que sus versos les darían las primicias del deseo y se los apropiaron como un recuerdo personal que las nuevas generaciones reviven en la seducción, la inocencia y el vértigo. Neruda celebró siempre el destino popular de estos poemas y sin duda le complacía que se confundieran con las letras enamoradizas de los boleros, la caligrafía de los noviazgos y las desveladas confesiones de invierno.
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