
Sabia zorrería criolla
EL SUEÑO DEL SEÑOR JUEZ Por Carlos Gamerro-160 páginas-($13)
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El relato del filósofo chino tantas veces citado por Borges bien puede oficiar de metáfora de esta segunda novela de Carlos Gamerro: Chuang Tzu, habiendo soñado que era una mariposa, no supo al despertar si era Tzu que había soñado ser una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu. Es que El sueño del señor juez es un relato de frontera en varios sentidos. Por un lado, la acción se desarrolla en un rancherío que poco antes había integrado la línea de fortines; por otro, la historia misma se mueve entre los límites imprecisos del sueño y la vigilia.
Urbano Pedernera es el juez de paz de un ex fortín todavía amenazado por el peligro del malón. Su ambición de perpetuarse en una estatua y darle su nombre al pueblo también se ve amenazada... por sus propios sueños. Todo se desencadena cuando arresta a Rosendo Villalba después de haberlo visto, en un sueño, orinando las paredes recién pintadas del juzgado. A partir de ese día, ningún vecino vive tranquilo: el destino de los habitantes depende de los sueños del señor juez, y nada pueden hacer para evitar ser soñados y para salvarse del cepo, la cardada o la frontera.
La novela, que consta de tres partes, parece languidecer en la segunda: frustrados los planes de Rosendo de buscar refugio entre los indios, la pérdida del rumbo del personaje pone en peligro el interés del lector. Gamerro incurre también en otro tipo de caída: en su afán de erosionar la temporalidad de la historia con lenguajes o situaciones propias de la actualidad, cae en algunos clichés poco felices que debilitan la fuerza de la mezcla (un cautivo gay, por ejemplo, disputa a otros la presencia de Rosendo). Si el lector había venido cabalgando, en la primera parte de la novela, con ritmo e intensidad sostenidos, en la segunda se siente en un matungo que atraviesa terrenos pantanosos, que trota o corcovea, que va a beber a la aguada sin saber si conseguirá juntar fuerzas para seguir. Por suerte, la avanzada en la tercera parte resulta promisoria. A poco de ingresar, el lector, que también ha perdido las pistas para distinguir el sueño de la realidad, encontrará la clave de los hechos y comprenderá que en esa demora empantanada, el autor estaba preparando el terreno para que la historia siguiera su curso.
Plena de criollismos y sobresaturada de marcas camperas, escrita en una lengua gozosa que incluye y mezcla múltiples registros -incluso el de más franca actualidad-, la novela destila humor, irreverencia y rebeldía. Con escenas de fulgurante e intensa belleza (vale la pena encontrarse, por ejemplo, con el alucinado personaje que monologa desde el mangrullo sobre la zanja de Alsina), y con momentos verdaderamente desopilantes, El sueño del señor juez rescribe fragmentos de la gauchesca y de otras literaturas en un descarado y estimulante amasijo: Rosendo recuerda a Fierro cuando, perseguido por la justicia, enfila para el desierto y busca refugio en los toldos, o a los paisanos del Fausto criollo, cuando no consigue entender las convenciones teatrales; Urbano Pedernera es la versión telúrica y paródica del hombre de Coleridge o el de Wells cuando llega con un cardo del otro mundo.
Gamerro, que además escribe cuentos y es traductor y guionista, resuelve la historia con zorrería criolla y sabiduría oriental: usar la fuerza del enemigo para vencerlo.
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