Sabiduría, humor, ironía
DE LAS COSAS MARAVILLOSAS Por Adolfo Bioy Casares (Temas)-85 páginas-($ 9)
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EN este pequeño libro, que se puede abrir con idéntico placer en cualquier lugar de las seis secciones o capítulos en los que está dividido, se encuentra el Bioy íntimo, inteligente, simpático y observador tolerante del mundo y de sus habitantes. Se recupera el humor tranquilo; la ironía, a veces amable y otras ácida; la sonrisa de quien tiene la clave para hacer de la vida un sitio acogedor aun en las más difíciles circunstancias. Bioy no juzga; juzgar puede llevar al error, a malas interpretaciones, Bioy acepta sin preguntas y sin afanes las conductas más extrañas, hasta ridículas, y lo hace con la sabiduría de quien no ignora que todo, hasta las cosas mínimas, casi miserables, pueden traer su cuota de felicidad.
El libro, como ya se dijo, se divide en seis capítulos: "De las cosas maravillosas", "Repercusiones del amor", "Las mujeres en mis libros y en mi vida", "Las cartas", "Mi amistad con las letras italianas", "El humor en la literatura y en la vida". En cada uno de ellos Bioy recuerda aspectos o historias que lo han impresionado o maravillado. Nos dice cómo la nostalgia refuerza la fascinación de las cosas. Y a su calificación de lo maravilloso perdurable -como puede ser la lectura, el estudio, la composición literaria, la pintura, la escultura- agrega los momentos fugaces que pueden traer felicidad: "Luego de una larga ausencia, en el primer despertar en el campo, la luz del día en las hendijas de la ventana" o "en medio de la noche , despertar cuando el tren para en una estación y oír desde la cama del compartimento la voz de la gente que habla en el andén" o "el olor del pan que tuestan a la hora del té; el olor del pasto recién cortado". Y después viene una frase que en vida suya tenía un significado literal y que desde el momento de su partida adquiere un sentido de profunda tristeza: "Si recuerdo que la muerte significará no volver a pasar por ninguno de estos momentos, moriré con desconsuelo".
Las cosas maravillosas referidas al amor, de las que habla Bioy, son muy atinadas y graciosas: "Salvo la persona querida, para el enamorado todo el mundo es secundario" o "los amigos fueron siempre víctimas en tales situaciones. Cuando llega el amor, se los deja caer." Al terminar el capítulo, recuerda una historia de familia: su abuela, señora decimonónica, defendía las buenas costumbres de la gente que trabajaba en su campo. Así, a dos parejas que vivían "arrimadas" (hoy se diría que están de "novios"), las llevó ante el cura para casarlas. "Concluida la ceremonia, mi abuela les pidió que dieran gracias a Dios porque desde ese momento podrían vivir con la conciencia tranquila. El más avispado del grupo le contestó: Así no más ha de ser, doña Luisa, aunque nos casó cruzados."
Otro capítulo muy divertido es el dedicado a las cartas, donde además de las observaciones jugosas habituales en Bioy, el lector admira su erudición y la vastedad de sus lecturas.
Enamorado de la literatura italiana, relata en otra sección su admiración por los diversos escritores de esa lengua que lo acompañaron desde la infancia: Papini, Dante, Croce, Pirandello (a quien conoció de niño en la casa de sus padres), Sciascia, Svevo, Casanova, Lampedusa y luego rememora su relación con Moravia, Elsa Morante, Bassani, Guido Piovene e Italo Calvino.
Tratando de buscar el lado menos dramático de la vida y, si es posible, su costado cómico, lo descubre aun en las circunstancias más trágicas. Recordando la muerte del actor Buster Keaton, cuenta que alguien junto a la cama del enfermo observó que ya no respiraba. Para saber si ha muerto -respondió otro- "hay que tocarle los pies. La gente muere con los pies fríos. ÔJuana de Arco, no´, dijo Buster Keaton, y quedó muerto".
El humorismo para Bioy era una forma de cortesía. Cortesía para evitar dejarse arrastrar y arrastrar a los otros a situaciones melodramáticas, cortesía para comprender que "nuestro mundo es implacable, pero abunda en cosas maravillosas". Con este sentimiento, cerramos el pequeño volumen, pero la voz de Bioy nos sigue acompañando en el tiempo, como la memoria de una música querida.
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