
Salen antes de clase para ir a trabajar
Un colegio de Villa Elisa autoriza a dos alumnas a cursar dos horas menos para evitar que abandonen
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LA PLATA.- La ecuación era simple y terrible para Cynthia Aguilar: un tablero de dibujo nuevo (el suyo está roto), 60 pesos; una regla milimetrada, 6 pesos; cada hoja de papel especial para planos, de 3 a 4 pesos. Y necesitaba al menos tres o cuatro por semana. Si quería llegar a arquitecta, tenía que conseguir un trabajo. A los 15 años.
Pero había un problema: como el horario de la escuela técnica donde estudia se extiende durante la mañana y la tarde, era muy difícil trabajar sin dejar de concurrir a clases. En la misma disyuntiva está Rocío Insaurralde, de 17 años, su compañera de primer año del polimodal (ex tercer año del secundario) en la Escuela de Educación Técnica Nº 2 de Villa Elisa, en las afueras de esta ciudad. Las dos provienen de familias humildes, que no pueden costear sus estudios.
El fantasma de la deserción escolar, que por estos días es noticia en la provincia de Buenos Aires, merced a las inquietantes cifras oficiales que hablan de unos 100.000 estudiantes de ese nivel que abandonaron las aulas en un año, planea sobre las vidas de Cynthia y Rocío. Por ahora, lo eluden, pero a costa de muchas horas de clases.
Sus historias son similares. Ambas pasan por aprietos económicos y necesitan dinero para seguir estudiando. Quedaron fuera de las becas estudiantiles porque sus padres son beneficiarios de planes Jefes y Jefas de Hogar (150 pesos por mes para todo el grupo familiar). Y luchan a toda costa para no quedar fuera de la escuela.
Situaciones precarias
Ellas son dos botones de muestra de la precaria situación en la que están muchos jóvenes bonaerenses, que pugnan entre la inclusión y la exclusión. Por ahora, están dentro. Pero su equilibrio es inestable.
Hace dos meses, cuando un modesto parque de diversiones se instaló en el centro de Arturo Seguí, el pueblo donde vive, Rocío consiguió allí un empleo. De miércoles a domingo, atiende al público y opera las máquinas, entre las que se destaca un helicóptero. También logró un puesto para su amiga, de Villa Elisa. Ambas ganan entre seis y diez pesos por jornada (por unas seis horas de trabajo diarias), y eso les consume todo su tiempo libre, incluido el que deberían dedicar a la confección de sus trabajos prácticos.
Además, ese trabajo temporal se superpone con las horas de clase. Rocío y Cynthia tuvieron que pedir un permiso especial para salir un par de horas antes. Su profesor de Diseño gráfico, Héctor Gómez, las autorizó (con anuencia de la dirección del colegio) para evitar que abandonaran las aulas. "Muchos chicos prefieren hacer changas a estudiar, porque sus familias atraviesan una situación muy difícil", explica Gómez a LA NACION.
Aun así, ambas tuvieron más suerte que algunos de sus compañeros. "Varios tuvieron que dejar de estudiar para poder trabajar", cuenta Rocío. Efectivamente, la necesidad de un empleo por los aprietos económicos es una de las principales causas de la deserción de alumnos en las escuelas medias bonaerenses. Pero no es la única.
"No es raro que alumnas de 15 a 17 años dejen de estudiar porque quedan embarazadas", apunta Lucía, preceptora en una escuela media de Claypole, en el sur del Gran Buenos Aires. "Este año -contó- pasó con una chica que tenía muy buenas notas y conducta perfecta. Vino los primeros días, pero después habló conmigo y me dijo que no podía venir más." Ya no asiste a clases, y hace tiempo que quedó libre por faltas.
Lucía también habla de casos de chicos que abandonan por problemas familiares o porque tienen algún pariente enfermo. Pero la parte del león se la llevan las deserciones de los alumnos que deben salir a buscar un trabajo, aunque sea temporal, o cuidar a sus hermanos mientras los padres salen a ganarse el sustento.
En la escuela donde trabaja Lucía, una decena de estudiantes del nivel polimodal abandonó las clases este año, por diferentes motivos. Son más del 10% del total, que ascendía a algo más de 80. "Muchos de los alumnos tienen diez hermanos", señala la preceptora, a quien los jóvenes suelen acercarse para contarle sus problemas.
De todas maneras, destaca que los jóvenes siempre intentan seguir estudiando por todos los medios posibles: "Saben que tienen que terminar el polimodal para poder ser algo en la vida, aunque sólo lo ven como un paso intermedio hacia la facultad", señala.
Algunos, especialmente los varones, se anotan en la policía, en Gendarmería o en el Servicio Penitenciario, "pero no para dejar de estudiar, sino precisamente para conseguir dinero y seguir viniendo a la escuela", revela la docente.
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