
Stephen Sondheim, la eminencia gris de Broadway, en la pantalla grande
Es uno de los compositores de comedias musicales más importantes de Estados Unidos. Treinta años después del estreno teatral, su sangrienta y famosa creación, Sweeney Todd, ha sido adaptada para el cine con la dirección de Tim Burton
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Hace poco, en una conferencia de prensa en Londres, le preguntaron a Stephen Sondheim por qué Sweeney Todd demoró tanto en convertirse en película, pese a que hoy -a treinta años de su estreno en las tablas- es considerada una de las obras maestras del musical norteamericano.
"Porque nadie se interesó antes", contestó, y luego se corrigió a sí mismo: "Porque fue un fracaso... financiero". Lo dijo con un sentido de la ironía que se ha convertido en su marca de fábrica, pero al menos una parte de él habló muy en serio.
Aunque expertos y aficionados lo alaban como una de las figuras mayores del teatro musical estadounidense -alguien a la altura de George Gershwin, Cole Porter u Oscar Hammerstein, nada menos-, Sondheim (1930) no siempre ha bailado al ritmo ni al gusto de su tiempo: lo han acusado de intratable, de escribir melodías demasiado complejas, de desconfiar de las grandes estrellas, de estar más enamorado del cine de lo que le conviene. Sin embargo, aún es objeto de estudio la renovación musical y temática que impuso en Broadway desde fines de los años sesenta, la mayoría de sus obras están incorporadas al repertorio de pequeñas compañías teatrales americanas y medio mundo espera lo que él pueda decir ahora que insinuó que está escribiendo algo parecido a un libro de memorias.
En medio de todo eso, el estreno cinematográfico de Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet, dirigida por Tim Burton (véase aparte), le viene a su creador como anillo al dedo, ya que ayuda a situar esa obra en el centro de un impecable canon en el que se inició a los 26, cuando colaboró con las letras para el exitoso West Side Story (Amor sin barreras), y que él mismo se ocupó de alimentar en forma incansable, abordando "temas del día" y la vida urbana en Company (1970); adaptando una película de Ingmar Bergman (Sonrisas de una noche de verano) y convirtiéndola en A Little Night Music (1973), o celebrando el bicentenario estadounidense con una severa crítica a su política exterior en Pacific Overtures (1976).
La curiosidad de Sondheim lo hizo componer para el cine (Stavisky, Reds), ganar un Oscar cuando escribió "Sooner or later" para Madonna en Dick Tracy, publicar crucigramas -la gran pasión de su vida- en la New York Magazine, pensar seriamente en dedicarse a crear juegos de video, concebir la descabellada idea de armar un musical en torno a "grandes asesinos norteamericanos" (Assassins, 1990) y uno que se desarrolla a partir de la creación de un cuadro impresionista (Sunday in the Park with George, que en 1985 ganó el premio Pulitzer en categoría Drama) y además adelantarse a Shrek al reinventar tradicionales cuentos infantiles en Into the Woods (1987).
Más allá de aventuras, desvaríos y obsesiones, donde el talento de Sondheim se ha desarrollado con autoridad insuperable es en el tratamiento de las vidas íntimas. En ese terreno no se le escapa nada: la euforia erótica, los mecanismos del matrimonio, el final de las relaciones, la segunda oportunidad, los beneficios y miserias de la soltería, exhibicionismo y privacidad, arrebato y discreción, egoísmo y entrega, todo transformado bajo su pluma en trama y melodías.
A su modo, el trabajo de Stephen Sondheim ha hecho realidad lo que contemporáneos como Woody Allen y Philip Roth también han luchado por conseguir: fusionar la pasión de Bergman con Groucho Marx. Mundos insalvablemente opuestos, en principio, pero que logran darse la mano apelando al misterio y simplicidad contenidos dentro de sus canciones.
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