
Tim Harford: "Hay que atender lo que se hace, no lo que se dice"
El economista británico sostiene que la Argentina precisa estabilidad y confianza
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LONDRES.– Mala idea comentarle a Tim Harford el haber caído en la tentación de comprar una enorme televisión para ver el Mundial de fútbol. “Seguramente, el precio bajará muchísimo después del último partido –sentencia–. Desde un punto de vista económico, lo que hay que conseguir es que un amigo compre una, ver los partidos en su casa y recién hacer el gasto cuando termine el campeonato.”
También tiene la audacia de recomendar a los lectores de LA NACION –“¡y no por ser británico!”, aclara con humor– que ignoren los resultados hasta ahora y apuesten en contra de la Argentina. “De esta manera –dice–, si pierde el seleccionado, ganarán plata, y si gana, estarán contentos también. Además –completa–, en la Argentina habrá propensión a apostar en favor de su equipo, así es que los premios serán mayores para quienes apuesten por otro, si el otro triunfa.”
La charla con Harford puede continuar así durante horas. Y podría parecer una banalidad si él no fuera el famoso undercover economist o economista secreto que escribe en el Financial Times una columna extraodinariamente popular, donde resuelve los problemas de la vida cotidiana del público usando las herramientas de Adam Smith. Pero pocos saben que, además, a los 32 años, este graduado de Oxford es quien escribe los editoriales de economía del diario y que fue el "futurólogo" estrella de la empresa Shell y del Banco Mundial.
Considerado en la punta de lanza del pensamiento económico de su generación -que sabe mezclar con una prosa encantadora y divertida- su flamante libro, "El economista secreto. Mostrando por qué los ricos son ricos, los pobres son pobres y usted nunca podrá comprar un auto usado decente", es best seller en Gran Bretaña y ya está siendo traducido al castellano. Por su parte, la televisión británica está por llevar la misma idea a la pantalla con una serie protagonizada por él titulada " Trust me, I m an economist " ("Créame, soy un economista"). Con sus jeans gastados, blazer con remera abajo y cara de varias noches sin dormir, por culpa de su primogénita, Stella, Harford es, claramente, el hombre del momento.
-¿Cómo nació esta obsesión por ver el razonamiento económico detrás de las decisiones en apariencia más triviales?
-Como estudiante, jamás logré apasionarme por la inflación, las tasas de interés, la crisis financiera de la Argentina y ese tipo de cosas que se supone que es la economía de verdad. De hecho, para el caso de la Argentina, hasta viajé allí para estudiarla, pero aunque nunca pude entender realmente qué pasó a un nivel macro, sí qué les pasó a las personas individuales, y las decisiones que entonces tomaron. Ya desde mis años en Oxford, siempre estaba fijándome en las pequeñas decisiones, maravillándome cuánto de económico había en ellas. Hoy voy resolviendo pequeños misterios de la calle usando las herramientas de la ciencia, pero con ingenio más que con lenguaje académico.
-Es imposible resistirse a preguntar, de todas formas, qué idea le quedó de los problemas de la Argentina.
-Están las políticas y están las instituciones. Políticas que no funcionan bien se pueden señalar claramente. Por ejemplo, si uno tiene una economía que produce mucha carne, y de pronto se le prohíbe exportar carne, se crea un problema que no ayuda a nadie. En cuanto a las instituciones -y quiero ser muy cuidadoso porque no soy un especialista en la Argentina-, algo debe pasar para que sean tan buenos construyendo democracias: ¡Lo están haciendo una y otra vez cada diez años! Hay una teoría económica sobre por qué la Argentina fue y volvió de la democracia tantas veces en el último siglo, pero voy a señalar algo más simple. Con las fuertes conexiones que ustedes tienen con el resto del mundo, el hecho es que, sea por Galtieri, por la crisis económica o lo que fuera, aproximadamente una vez por década la mejor gente deja el país. Entonces, cuando uno mira a los que serían los mejores líderes para dirigir el país, los que deberían estar ahí no están. Eso no puede dejar de tener consecuencias sociales y económicas muy graves.
-¿Pueden haber políticas concretas diseñadas para que vuelvan?
-Es una democracia, y no es para que un extranjero opine qué hacer. Pero el punto es que un ambiente con estabilidad institucional y seguridad jurídica donde hacer inversiones sólidas y no puramente especulativas -para lo cual es necesario confiar en que el gobierno no te estafará tarde o temprano- es un gran primer paso. La Argentina lo ha logrado cada tanto, el tema es mantenerlo. Si por lo menos unos veinte años se pudiera mantener una cosa así, no veo por qué alguien podría querer, ni soñando, dejar un país con el clima, el paisaje y el bife que tienen ustedes.
-Pasando a su libro, ¿a todos nos estafan en la vida cotidiana?
-No a todos, a muchos de nosotros. Lo que quiero explicar es cuán buenas son las compañías en diferenciar a qué consumidores pueden cobrarles más y a cuáles no. Por ejemplo, si una compañía ofrece dos productos similares, la tentación será comprar el más barato. En los supermercados que tienen dos líneas de productos propios, es común encontrar que la más económica tiene un packaging que parece de la Unión Soviética pre 1989. Eso es a propósito, para asegurarse de que sólo los que están comparando precios llevarán ese producto, y que no se perderán a ningún comprador que hubiese estado dispuesto a pagar algo más por un contenido muy similar. Esto es también muy común en las compañías de alta tecnología. Uno de los principales fabricantes de cámaras fotográficas ofrece una a 1200 dólares y otra a 600. La funda es un poco distinta, pero la maquinaria es la misma. Lo único que hacen es tomar el software de la de 1200 dólares y desactivarle un par de funciones. Y eso tiene sentido, porque donde hacen dinero es con la venta de la más cara, que sirve para financiar en parte la existencia de la más barata. Es cierto, podrían diseñar dos cámaras por separado, pero eso siempre sería más caro que, simplemente, tomar una buena y arruinarla un poquito.
-¿Siempre son las grandes compañías las que se comportan así?
-Está en el interés de todos quienes ofrecen un producto ver a quiénes pueden cobrarles más ¡y cobrárselo! Para mi programa de televisión fui de compras con una viejita vivísima. Antes de comprar una lata de porotos, la sacude bien cerca del oído para ver que no tenga pocos porotos y mucha salsa. Pero yo no quiero perder tiempo sacudiendo latas. Si uno trabaja, tiene plata y está apurado, es el candidato para que le cobren más. Si se es pobre, desempleado y le importa cada centavo, el costo de pararse a sacudir la lata es mucho menor.
-¿Y cuál sería el consejo para la gente que no es rica pero que tampoco tiene tiempo?
-Primero, mirar el precio. Si uno no se fijó, lo más probable es que haya sido mucho más de lo que debería. El segundo principio es que si uno compra regularmente en un mismo lugar, conviene variar y probar las marcas más baratas. Si la prueba es satisfactoria, a lo largo de todas las compras que hará en el año estará ahorrando bastante. Es un principio que los economistas llaman "de experimentación óptima", que dice que cuantas veces uno vaya a consumir lo mismo, más se justifica probar distintas versiones. El mismo principio se aplica a las citas románticas.
-¿Cómo es eso?
-A los 16 años, vale la pena probar distintos tipos de personas. Pero si uno tiene 40 y alguien que realmente le gusta aparece, debería cerrar con él o ella. Que es lo que la gente ahce en la vida real. Todos somos economistas en nuestras relaciones personales.
-¿Se puede aplicar la lógica económica a los temas del corazón?
-En mis columnas y en mi programa en televisión, yo uso razonamientos económicos para resolver problemas de la vida cotidiana, del estilo "cómo sé si casarme con este muchacho" o "cómo hago para tener éxito en el trabajo", y yo lo respondo en tono de broma. Pero la broma funciona sólo porque tiene algo de verdad. El matrimonio es una relación emocional, pero hay economía detrás. No digo del tipo "me gusta este tipo porque es rico", sino en las cuestiones que uno se plantea del estilo "¿cómo sé si puedo confiar en esta persona?" o "¿de qué manera me está señalando su compromiso?" La economía como ciencia tiene mucha experiencia en analizar compromisos a largo plazo, por ejemplo, en las fusiones de dos empresas y cómo debe ser el contrato para garantizar dicha unión. Pero aún en lo más básico, un principio económico es que deberíamos prestar atención a lo que la gente hace, no a lo que dice. Lo que hacemos quiere decir algo, lo que decimos puede ser pura poesía. La poesía es linda, pero no es suficiente para una relación.
-¿El dinero trae felicidad?
-La respuesta es que no, pero ayuda. Las estadísticas muestran que quienes vivimos en una sociedad el doble de rica que la de nuestros padres, no somos más felices que ellos. Pero esas mismas estadísticas muestran que, en esta sociedad, si tengo el doble de dinero que el hombre que está al lado, hay altas probabilidades de que sea más feliz.
-Una pregunta para su columna: ¿debería uno tener un bebe si no se está seguro de tener ganas?
-En mi propio caso, el razonamiento que usé se basa en el principio de consistencia temporaria. Mi mujer quería, yo más bien no, pero sabía que, si quedaba embarazada, para el final del embarazo yo iba a querer también. Tuve razón, ¡y el razonamiento económico funcionó de maravillas!
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