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EL JUGADOR, EL JUEGO Por Leónidas Lamborghini-(AdrianaHidalgo)-109 páginas-($ 25)
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Como Rimbaud, que una noche sentó a la Belleza en sus rodillas y al encontrarla amarga la injurió; como Pascal, quien, más sereno, escribió que ante la falta de una definición posible para "belleza poética" se ha caído en la extravagancia de hablar de "siglo de oro, maravilla de nuestros días, fatal...", así, Leónidas Lamborghini puso en tensión desde su primer libro las ideas acerca de lo bello y lo poético, inaugurando hace más de cincuenta años un espacio entonces inexistente en la poesía argentina.
Respuesta personal y reacción ante las poéticas dominantes en las décadas del cuarenta y comienzos del cincuenta, ese espacio -sonoro, escritural, de relectura de la tradición- se ha amplificado con el paso del tiempo hasta lograr, en los últimos veinte años, un eco reconocible en las nuevas generaciones. Pero Lamborghini es la clase de artistas que no señalan un camino a seguir. En todo caso, muestran radicalmente (como Mallarmé o Beckett) los límites de un modo de expresión; de ninguna manera crean escuela. De allí que, hacer de la "lección del maestro" un improbable "-ismo", conformar una corte obediente de epígonos, sería redundar en más de lo mismo. ¿Hay algo más irritante, por falsamente iconoclasta, que insistir en agregarle accesorios a la ya saturada imagen de La Gioconda, cuando Duchamp clausuró esa broma en la segunda década del siglo pasado?
Todo arte de vanguardia corre el albur de volverse viejo antes de tiempo, y eso Lamborghini lo sabe (como lo supo Duchamp), tanto que encontró desde un principio el antídoto perfecto para combatir ese peligro. Su manifiesto horror al museo ("horror a la lápida" como él mismo dice) lo ha preservado, y en cada nuevo libro ha dado muestras de someterse al mismo impiadoso proceso de demolición textual que pone en práctica en sus reescrituras, para luego, con los escombros, construir un nuevo texto. El caso más rotundo es Carroña última forma , magnífica respuesta a la pretensión de establecer sus obras completas.
En El jugador, el juego , su último libro, Lamborghini reitera, en doce textos breves que funcionan como introducción, arte poética y "reglamento del juego", lo que viene sosteniendo desde hace años: su trabajo de reescritura sobre lo que llama el Modelo, es decir, sobre la obra acabada, consagrada y convertida en momia, y que vuelve a vivir gracias al sacudimiento de su estructura. No se trata de tomar en préstamo una obra clásica, sus motivos, y trasladarla en el tiempo sin alterar sustancialmente la forma. Lamborghini se propone -y lo consigue- dinamitar el corazón de la obra a la que se entrega, desarticulándola hasta los nervios. Como él mismo lo explica, reescribir es meterse con la sintaxis, con los cortes del verso, con la respiración, con cada una de las palabras y hasta con cada una de las letras del Modelo.
Es que Lamborghini escribe como lee. Sus postulaciones derivan en procedimientos de reinterpretación de los textos, como si fuese un cabalista que encuentra en cada nueva lectura nuevas sendas de sentido. Si se toman, por ejemplo, las reescrituras de Quevedo que ofrece en este libro, y se las compara con sus versiones (subversiones) anteriores, se podrá observar que la obra permanece abierta a la intervención sin solución de continuidad. Variaciones que reafirman el carácter de una escritura en movimiento perpetuo. Ahora bien, el juego pide más. Pide al lector su propia intervención, de modo que podemos imaginar novísimas relecturas de las reescrituras, tantas como lectores tenga el poeta.
Lamborghini sabe, sin embargo, que en la trampa está la ley, y allí, el origen de nuevos malos entendidos. Continúa entonces en su postura irreductible de sustraerse a la cera del museo. Sospechoso de malversar el tesoro de la poesía, la ha renovado con su renuncia a una lírica "de la lagrimita", a cambio de incorporar el elemento dramático, el personaje. Aun así, arriba por momentos a una lírica no narcotizada, como en "Canto de amor", de El jugador, el juego .
El último poema, "Cuarto de servicio", condensa desde el título la apuesta del jugador. Nada de andarse por los salones dorados de la literatura: derecho al cuarto de servicio, un lujo que sólo puede darse el artista bufo. De evidentes resonancias mallarmeanas, el poema avanza, vertical en la página, a golpes de "diminutos// despreciados/ falsos/ doblones/ sobre/ la máquina", un descenso a las regiones inferiores del discurso poético, una jugada calculada que no excluye el riesgo del azar.



