
Un diálogo íntimo y ejemplar
El epistolario que durante más de una década intercambiaron María Rosa Oliver y Eugenio Guasta es mucho más que un documento histórico
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<b> CORRESPONDENCIA 1960-1976 </b>
Son cincuenta y tres cartas. En el prólogo, Natalio Botana las define como una "conversión" a dos voces. El diálogo entre los dos corresponsales es un documento notable de algunos de los años más agitados en la Argentina del siglo XX, una síntesis de las preocupaciones de la izquierda no peronista, cercana al comunismo, y de los creyentes católicos sensibles a las inquietudes sociales; pero además de los temas en discusión, está el registro de una lengua en vías de desaparecer: la de los argentinos cultivados que se expresaban epistolarmente de un modo familiar, llano pero elegante, sin incurrir en afectaciones o pomposidad, pero tampoco sin privarse de todos los recursos del idioma; en ese sentido son muy hermosas las descripciones de paisajes y los retratos de Guasta. Las excelentes notas al pie de página de Ernesto Montequin brindan una información concisa y clara que permite reconstruir el período y seguir con fluidez la "conversación" entre los dos amigos.
María Rosa Oliver (1898-1977) pertenecía a una familia tradicional del país; en la niñez, contrajo poliomielitis; eso no afectó su vitalidad ni disminuyó su espíritu generoso, pero le hizo tomar conciencia muy temprano de que su clase social le permitía sobrellevar de un modo más favorable los efectos de la parálisis. Poco a poco se inclinó hacia el marxismo y, desde muy joven, participó en actividades culturales. Formó parte del primer grupo de la revista Sur y era integrante de su comité de redacción, al mismo tiempo que desarrollaba una intensa labor como militante de la izquierda. Siempre se sintió tironeada entre sus ideas y el hecho de pertenecer a la alta burguesía: un asunto sobre el que vuelve varias veces en esta correspondencia. Durante la Segunda Guerra Mundial se desempeñó como consejera cultural de la Oficina Coordinadora de Asuntos Interamericanos en Washington. Una vez terminada la contienda, viajó a China y a la Unión Soviética y, en 1958, recibió el premio Lenin de la Paz. Hizo un aporte notable a la literatura argentina con sus memorias en tres volúmenes ( Mundo, mi casa ; La vida cotidiana y Mi fe es el hombre ) donde utiliza el mismo español sin vueltas y cargado de expresividad de las cartas. También Eugenio Guasta integraba el grupo Sur; por cierto, era de una generación posterior (nació en 1927). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Roma. En la capital italiana vivió en dos períodos (1960-1961 y 1969-1977). La vocación religiosa lo llevó a ordenarse sacerdote en el Pontificio Colegio Mexicano de Roma en 1975; precisamente la correspondencia con María Rosa testimonia la evolución de ese proceso en Guasta y completa sus dos volúmenes de diarios de viaje Papeles sobre ciudades (1996) y Cuaderno de Tarsis (2002).
Desde su segunda carta, del 7 de junio de 1969, María Rosa mezcla los comentarios políticos con los literarios y los familiares: se refiere al Cordobazo con la discreción que ya se estilaba en las cartas de la época por temor a que los "servicios" abrieran los sobres; con una discreción menor se refiere al concurso de novela de la revista Primera Plana , del que ella era jurado junto con Tomás Eloy Martínez, Juan Carlos Onetti y Severo Sarduy, y señala la presión que recibía de varios amigos a favor de una obra presentada al certamen: Boquitas pintadas , de Manuel Puig. Oliver y Onetti se resistían a las intervenciones de conocidos en favor de ese inédito. Debían de considerar la novedosa narración un relato frívolo al que terminaron por desestimar en favor de uno más comprometido con la época, Los hijos del orden , del peruano Luis Arteaga Cabrera, que resultó ganadora.
Como la Argentina y la España de esos años tenían gobiernos dictatoriales, la censura periodística y el temor a la censura epistolar son dos de los temas que aparecen en estas páginas, así como las divisiones dentro de la Iglesia posconciliar. El 23 de junio de 1969, Guasta se queja de que desde Granada, donde se encuentra, no sabe nada de la Argentina por los diarios. En esa misma ciudad, asiste al casamiento de una pareja de amigos, casada por el "cura Pepe", que habló en la ceremonia de que ese matrimonio debía estar al servicio de la libertad, como la entendía Juan XXIII, libertad con justicia social: un tufillo revolucionario sobrevolaba ambas costas del Atlántico. El tema de los católicos progresistas y disconformes es el bajo continuo de muchas de las misivas. El 15 de julio de 1969, Oliver escribe a Guasta: "La revolución tendrá fondo evangélico, pese al freno que intenta ponerle la jerarquía".
Cuando se trata de Perón y del peronismo, las posiciones de ambos son muy semejantes y muestran el recelo y la incertidumbre que suscitaba el comportamiento proteico del ex presidente. A ella (29 de agosto de 1972) le parece atroz ver "gente joven -por lo general pura- que mata y muere (y es atrozmente torturada) para que ?Perón vuelva' ". A veces, el entusiasmo peronista de esos mismos jóvenes por los que se preocupa le hace pensar con ilusión que quizáa ella esté equivocada. Pero cuando La Opinión da a conocer en 1973 un documento secreto del general a los gobernadores, donde indica el procedimiento a seguir contra los marxistas "infiltrados" en el justicialismo, Oliver subraya (3 de octubre de 1973): "Ignoro si esta medida hará caer la venda de los ojos de casi toda, o más bien de toda, la juventud peronista. Sea como sea, hará de ellos fascistas o guerrilleros, es decir, presagia una guerra civil latente". A esa carta, Guasta contesta el 17 de octubre de 1973: "Lo que hacía falta [?] era una conversión, es decir un desandar lo andado, un rectificar de verdad el camino. Ponerse al servicio. Y no seguir instrumentalizando, usando a la gente".
Cuando se produce la muerte del presidente, la reacción de Oliver es la misma de muchos "contreras" contagiados por la emoción popular. El 21 de julio de 1974, le describe a Guasta lo que fue el velorio del general: "No se veía una sola expresión de odio, ni se oía un grito hostil. Esa multitud no era la de un mitin político, ni la de una procesión, ni la que la curiosidad congrega ante un espectáculo, sin embargo algo me evocaba". Lo que le evocaba eran las imágenes de quienes con palmas saludaban a Jesús montado en un burrito. Y ella agrega: "Esa grey de Dios era mi pueblo y, unida a él, por él lloré. Yo que nunca fui peronista. El pueblo, con o sin motivos (y creo que el pueblo no se equivoca), estaba ahí por amor a quien le había demostrado quererlo". Es de notar uno de los pocos lugares comunes de la correspondencia: "el pueblo no se equivoca".
El 11 de enero de 1975 se produjo una tragedia en la vida de Oliver: su sobrina Joaquina Bortagaray de Casasbella y las dos hijas de ésta, Ángeles e Isabel, murieron en un accidente de tránsito. Isabel era el ser que María Rosa más amaba en el mundo. Guasta, desde Roma, casi a punto de ordenarse sacerdote, acongojado, le responde: "Todo el Evangelio de Juan es un relato de cómo Jesús, a lo largo de su vida, fue hacia lo que él mismo llamó su hora. Una entrega al misterio de la muerte, al anonadarse en la muerte. Y ésa es la Pascua, María Rosa. Una muerte que será resurrección".
A pesar de la ideología marxista, Oliver nunca se había alejado por completo del catolicismo. Guasta sabía que ella había comulgado en secreto varios años antes de morir; es más, cuando él ya estaba de regreso en la Argentina, recibió la comunión de manos de su amigo convertido en sacerdote. El epílogo de este libro conmovedor reproduce un fragmento del diario de Guasta donde éste cuenta un pedido que le había hecho ella: "No quiero que digan que me convertí, ¿sabés?" Y más adelante, anota en una especie de carta a la amiga muerta: "Pero que no te utilicen. Que no enarbolen tu comunión [?] para decir que te arrepentiste de todo lo de antes. [?] Te orientabas, te orientaste hacia Cristo. Y todo tu camino, todos tus caminos de antes, te fueron trayendo hasta este encuentro." Ese encuentro íntimo tiene hoy para los lectores un carácter histórico y ejemplar.


