
Un mundo privado
El fotógrafo checo Josef Sudek, conocido como el "poeta de Praga", descubrió la magia universal en su propio jardín
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"El mundo de un artista no tiene límites. Se lo puede encontrar en cualquier parte, muy lejos de donde vive o a unos pocos metros de la puerta de su casa", dijo Paul Strand, el gran fotógrafo estadounidense que vivió la etapa más prolífica de su producción artística en Francia, desde los años cincuenta hasta su muerte, a principios de los ochenta.
Del mismo modo, el mundo del checoslovaco Josef Sudek estuvo circunscripto a los paisajes de Kolín, su tierra natal en Bohemia y también en Moravia. Pero fue en Praga, la ciudad de la música y los paisajes bucólicos, los grandes árboles "como gigantes dormidos", calles laberínticas que abruptamente desembocan en espacios abiertos y neblinosos, donde Sudek encontró su mundo perfecto.
Fue la capital de la República Checa el lugar que le ofreció la ilusión de un escenario adecuado para sus ensueños en blanco y negro, y las exploraciones estéticas que la tardía influencia de la "nueva visión" todavía irradiaba desde la Unión Soviética y Alemania hacia el mundo entero, que incluso llegó a Buenos Aires de la mano de Horacio Cóppola y Grete Stern.
Sudek fue un fotógrafo infatigable en su producción. Una muestra de la cantidad y variedad de su material puede verse en la exposición de 61 fotografías que el Museo Fernández Blanco ofrece al público hasta el 7 de diciembre. Gracias a la curaduría que su director, Jorge Cometti, y Leila Makarius hicieron sobre la colección de Galería de Moravia en Brno, no sólo puede apreciarse su período tardío y más conocido, sino también algunas de sus imágenes tempranas que fueron forjando esa mirada que lo haría famoso en el mundo de la fotografía, o sus tomas panorámicas que luego inspirarían la obra de otro checo notable: Josef Koudelka.
Su trabajo sobre Praga no es comparable al monumental retrato del viejo París que pocos años antes realizó Eugène Atget y que sería la piedra de toque para la mirada de varias generaciones de fotógrafos. Cada edificio, parque, banco de plaza o árbol que fotografió Sudek era la representación de una realidad concreta por su apariencia, pero inasible en la incalculable gradación tonal de sus copias, en la caprichosa inclusión de objetos fuera de contexto. Y, por sobre toda otra cualidad, su enorme paciencia para registrar las infinitas variaciones de la luz sobre la superficie de las cosas. Las fotografías de Sudek son la ilusión de otro mundo, penumbroso y tierno, inquietante como las fantasías de un cuento para niños.
El desorden extraordinario que reinaba en su estudio era la prueba de su urgencia por trabajar. Al mismo tiempo, se transformó con los años en su paisaje personal. "Mi jardincito mágico", como solía llamarlo. Objetos propios y ajenos, regalos de amigos, papeles embrollados, libros apilados en forma desprolija, ceniceros desbordados, cáscaras de huevo, botellas de licor, algunas flores. Objetos inanimados que cobraban vida y encontraban un lugar aparentemente azaroso en la desapegada pero precisa mirada del artista.
"¿El orden? El orden que tengo en mi estudio es bastante peculiar, pero logro orientarme en él. Es que ordenando las cosas, pierdes demasiado tiempo, es un trabajo inútil. Yo conocí a una persona que de tanto ordenar sus cosas no tenía tiempo para nada más", declaró en una entrevista, cuando ya su fama se había extendido al mundo entero.
En su estudio y jardín privado de Malá Strana desarrolló su serie más famosa: Paisajes desde mi ventana . Al imponerse límites más rigurosos aun que los de su propio cuerpo (sufrió la mutilación del brazo derecho cuando fue soldado en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial), Sudek hizo la proeza de trasladar las variaciones de una pieza musical a la fragilidad de una gota de agua cayendo sobre un madero oscuro y pesado; el ensueño amenazante de un poema de Poe a las figuras deformadas por el filtro húmedo del cristal de su ventana. En los años cincuenta, en pleno régimen estalinista, las escenas surrealistas en el jardín de su amigo el arquitecto Rothmayer aparecían tocadas casi inadvertidamente por un pequeño ojo de cristal apoyado en una raíz, o aplicado en un muro, y sólo se explican como un recurso para transmitir la atmósfera de entonces, un ambiente de reclusión y paranoia en el que hasta la vida privada podía ser vigilada.
La obra de este maestro silencioso y solitario no puede compararse a la majestuosidad de otros grandes contemporáneos suyos. La fotografía fue para él un medio para sobrellevar su desesperación, el refugio donde recrear todo aquello que lo atraía y no alcanzaba a comprender. "La música siempre me da inspiración. No sé cómo funciona, pero es así. Escucho música y después veo una cosa y un día me doy cuenta de que estuve mirando esa cosa por dos años, pero sólo en el momento en que la fotografío entiendo que tendrá para decir."
Cuanto más grandes las limitaciones, más sofisticado y profundo su arte. Al igual que Strand, Sudek encontró finalmente el significado del mundo en su jardín mágico y privado. "Yo he fotografiado únicamente lo que me interesó, lo que me despertó amor."
<b> adnSUDEK. </b>
<b> FICHA. <i> Josef Sudek, fotografías </i> . </b>
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