Un verano invencible
Qué importa la lluvia, si al tacto es fresca, chispeante, amable, mucho más amable que tantos humanos. Qué importa que una hamaca esté desvencijada, si a su lado hay otra que puede sostenerte. Y qué importan las interminables canalladas del mundo, si dentro tuyo anida una sonrisa capaz de derrotarlas. Mucho tiempo antes de que la refugiada congoleña retratada en esta foto naciera, un hombre llamado Albert Camus escribió, en el breve ensayo Retorno a Tiapasa: “En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible”. Incluso sacada de contexto, la frase contiene –como el verano de su autor, como la risa de la refugiada– una luz imposible de opacar. La mujer congoleña ríe, y eso no omite el espanto de la crisis humanitaria que la obligó a dejar su hogar y recalar en un campo de refugiados al noroeste de Burundi. No lo omite, pero lo desafía.
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