
Una expresión de dignidad argentina
Las salas del Museo Nacional de Arte Decorativo son el marco de un singular encuentro de culturas donde se evoca al hombre de a caballo, su historia, su trabajo, el juego y los deportes de tradición campera
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Desde el jueves está abierta al público en el Museo Nacional de Arte Decorativo la muestra El Apero Criollo, arte y tradición . Al ingresar en el Hall Renacimiento , el visitante se encuentra con seis caballos escultóricos de tamaño natural, cinco ensillados con aperos antiguos, uno con apero contemporáneo. Ante una gigantografía que reproduce una imagen de la Exposición de París de l867, otra escultura de un caballo, de origen francés y del S. XIX, muestra un lomillo, el tipo de apero en uso en esa época, cuando por primera vez se conoció a un gaucho en una muestra europea.
Se exhiben 52 aperos completos, 22 antiguos y 30 contemporáneos, y más de 200 piezas que corresponden al apero, con valor en sí mismas -algunas excepcionales, como el pretal de plata y oro que perteneció a Urquiza-: estribos, espuelas, rebenques, riendas antiguas que ocupan las vitrinas distribuidas en cuatro salas. Obras de pintores costumbristas ilustran la evolución y el uso en diferentes provincias argentinas del conjunto de prendas con que se ensilla llamado apero.
En las salas del subsuelo, se organizaron talleres en los que maestros plateros, sogueros (trenzadores de lonjas de cuero), talabarteros, herreros (hacen los frenos y estribos), talladores de asta (chifles y vasos), tejedores ( de ponchos, de fajas y de cojinillos "de hilo") demuestran la vigencia de estos oficios y el carácter didáctico que se le ha querido dar a la muestra, que incluye la publicación de un libro y visitas guiadas para escuelas.
Roberto Vega, en el área de maestros artesanos y de los tradicionalistas, y José Eguiguren, museólogo, en el de los coleccionistas, comenzaron a trabajar hace un añ o en el proyecto, visitando museos de todo el país, a coleccionistas, talleres y talabarterías, consultando a los estudiosos. Acudieron a todas las fuentes para lograr la muestra más completa que se ha reunido sobre el tema y en la que -dice Roberto- "las piezas se potencian: por primera vez se podrán comparar las de diferentes zonas del país y las influencias de países limítrofes".
Entre los aperos antiguos, viejos, históricos, se puede observar la silla de montar que el general Roca utilizó en la campaña de l879 y la silla de paseo que le pertenecía, modelo de montura mexicana de la talabartería Mondragón de San Juan. Una silla sin fuste que perteneció al doctor Manuel Mantilla, historiador, diputado y senador por Corrientes, modelo que dió origen a la montura correntina. Un sirigote de arcones altos, modelo uruguayo también utilizado en el sur de Brasil y la Mesopotamia a fines del S. XIX. Hay también un lomillo hecho por Jorge Llobet Cullen, con soguería de plata y cuero. Una silla de montar que perteneció a Roberto Cunninghame Graham, y un siringote de Justo P. Sáenz (h.). Entre las piezas con historia se cuenta la réplica de una silla de montar que perteneció a San Martín y el apero que usó Carlos Guerrero cuando supo del asesinato de su hermana Felicitas y salió a caballo hacia Buenos Aires.
El lomillo (o recado enterizo de arzones) fue -según la autoridad indiscutida de Justo P. Sáenz (h.)- "el verdadero y único modelo de silla de montar utilizado en las llanuras argentinas hasta los alrededores de l870". Al ensancharse el lomo de los caballos criollos, comenzaron a usarse los bastos. "El lomillo fue recuperado recientemente por los tradicionalistas -explica Roberto Vega-. También a fines del s. XIX aparecieron los aperos regionales: el sirigote en la Mesopotamia, el malabrigo o apero chaqueño, el apero salteño y cordobés (con guardamontes o guardabarros), el apero cuyano, relacionado con la cangalla (apero chileno), y el apero patagónico, que lleva muchos pellones y refuerzos de hierro. Mediante los catálogos de las talabarterías los modelos regionales se difundieron en muchas otras provincias."
También evolucionó el estribo, desde el colonial, muy pequeño, en el que se estribaba con la punta del pie que dejaba ver la bota de potro. Los especialistas Alberto Labiano, Roberto de Vicenzi, Guillermo Palombo y Luis Alberto Flores aportaron su asesoramiento en estos temas específicos.
La platería incluye piezas del s. XIX y comienzos del s. XX , argentinas, uruguayas y brasileñas. "En muchas de ellas se observa la influencia de la orfebrería de Brasil -dice Eguiguren-. Y una prueba es la riqueza de ornamentación, que nace de la tradición creada por los orfebres reales portugueses.
Para este estudioso apasionado del arte latinoamericano y criollo, con alguna distinguida excepción, "aquí no hay coleccionistas de arte criollo. La platería es accesible. Se puede ser coleccionista con inversiones razonables, pero los argentinos no compran, salvo esporádicamente en remates, y los estudiosos no tienen dinero para hacerlo. Los que compran son los extranjeros. Por eso quisimos hacer una muestra didáctica y despertar el interés por estas piezas. Antes de la inauguración, Néstor Hirtz (de Tapalqué) y Juan Pablo Lozano (de Tandil), ganadores en el concurso reciente de aperos en Palermo, "ensillan"con cincha ancha de cuero crudo y encimera con dos correones, estribos de hierro, lomillo porteño, dos caronas de vaca, hijar (cuero de potrillo sobado), cojinillo de hilo, sobrepuesto de perico ligero (mamífero del norte casi extinguido). El juego de cabezada de bozal, fiador, manea y riendas es de "trenzas patrias"combinadas y el rebenque tejido en tientos. Parsimoniosos, precisos, como si estuvieran junto a un palenque y no bajo la mirada de Juan de Austria, desde un retrato del s. XVII.
Javier Eguiguren contempla tapicerías y retablos y reflexiona: "Fue un desafío montar aquí esta muestra, pero la contrapartida de esa cultura europea que se importó también fueron estos lujos criollos que se conocían en lo cotidiano". Se diría que el marco y la muestra conviven en un encuentro respetuoso de culturas.
Las notables esculturas ecuestres son obra de los ceramistas Matha y Pablo Ibarra. Se pueden ver daguerrotipos, dibujos, litografías y fotografías. Entre todos logran algo sorprendente. Desde nuestro pasado, en el simple elemento de trabajo como el lazo o el rebenque, el hombre a caballo evoca en estas salas la historia, trabajos, juego y deportes de tradición campera, individualidades, una presencia que elude las definiciones, una idiosincrasia, una expresión de dignidad argentina.
(Hasta el 5 de noviembre, de 14 a 20, en el Museo Nacional de Arte Decorativo. Libertad 1902.)
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