
Una historia de familia
Sorprendido en una playa uruguaya donde se ocultaba de la prensa, el famoso autor británico habló de su autobiografía, Experience, del vínculo con su padre, el escritor Kingsley Amis, y de los escándalos que lo rodean
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Cuando finalmente uno logra verlos, sus dientes son pequeños, de forma perfecta, si bien algo agrisados. Parece mentira que esos dientes merezcan los titulares de diarios y revistas, los capítulos más extensos de su autobiografía, y que sean una referencia constante en el diálogo con periodistas y amigos, pero lo son.
Son dientes que pertenecen a Martin Amis, hijo de la gloria literaria británica Kingsley Amis y, como él, un novelista mordaz, autor de éxitos editoriales como Campos de Londres , Dinero , La información y, más recientemente, Agua pesada y El tren de la noche . Amis fue incesantemente perseguido y atacado por la prensa británica desde mediados de los años 90, cuando dejó su país y, al mismo tiempo, a su esposa y a su agente literario (la mujer de quien era su íntimo amigo, el novelista Julian Barnes, que nunca se lo perdonó) y se fue con otra mujer, tras un contrato millonario y una cirugía bucal tan extravagante y cara que fue comparada con el esfuerzo y el costo de una obra pública de gran escala.
Para escapar del acoso periodístico -incrementado porque él aborda todos los temas mencionados en su autobiografía Experience , de próxima aparición en la Argentina-, Amis, su mujer (la uruguayo-norteamericana Isabel Fonseca) y sus pequeñas hijas Cleo y Fernanda decidieron emprender un "año nómade". Y lo comenzaron en una casa amarilla en el pueblito de José Ignacio, alternando mañanas en la Playa Brava y puestas de sol en la Mansa, rodeados por los primos de Isabel ("más de treinta", se impresiona Amis; "veinte", corrige ella) y en el más completo anonimato. No se imaginaban que serían descubiertos por una vecina, de profesión periodista. Imposible evitar el destino.
"Este es el paraíso porque no hay postales del lugar y, si las hubiera, no hay puesto de correo para mandarlas. Eso significa que no hay gente. De otra manera José Ignacio se llenaría de ingleses, alemanes y norteamericanos y habría que tratar de huir a otro punto", comenta la pareja mientras Amis pide "el bife con más grasa que haya", dos cervezas, vino y un postre de galletitas y dulce de leche en el restaurante de uno de los primos de Fonseca.
"Me siento perfectamente a gusto acá. Pero lo que no logro incorporar es la hora a la que empiezan a comer uruguayos y argentinos. ¡Lo que me delata como europeo es que para esa hora yo estoy durmiendo hace rato!".
En el diálogo cotidiano, Amis rompe con todos los preconceptos. El hombre del escándalo, el ácido novelista que comenzó su carrera como exponente de los angry young men es abierto y divertido y, lejos de cualquier pose de divismo, accede a hablar de su flamante libro Experience con LA NACION, aunque tema por la continuidad de sus vacaciones bucólicas.
-Sólo tiene 51 años. ¿Por qué escribió tan tempranamente una autobiografía?
-Bueno, no es tan raro: Nabokov escribió Speak memory a los 50 años. Mi caso es muy especial. Mi padre y yo fuimos un equipo, diría, casi único en la historia, y sentí que era mi deber algún día contar al mundo cómo había sido esa relación. Siempre tuve esa idea en la cabeza, y como desde los 25 años soy un escritor con libros publicados, y bastante conocido, sólo era cuestión de decidir el momento indicado. Cuando él murió se produjeron en mi vida, casi simultáneamente, todas esas cosas que aparecieron en la prensa (se refiere a su separación, a su nuevo agente literario y a su nueva mujer) y entonces me pareció que lo natural era ponerlo en papel.
-¿Fue muy difícil ser el hijo de Kingsley Amis?
-Al principio fue muy fácil. La gente era muy generosa, pensaba lo duro que debía de ser para un pobre chico ponerse a escribir a la sombra de ese padre, pero después comenzó a crecer un cierto resentimiento hacia mí en la prensa británica, esa institución tan peculiar. Cuando escribí dos, tres libros, y de creciente éxito, me hicieron sentir como el invitado que abusa de la hospitalidad de sus anfitriones.
-¿Por qué?
-Esperaban que fuese uno de esos escritores -tan numerosos entre los hijos de- que publican un par de cosas aceptables y después cierran la boca para siempre. Nunca me perdonaron que no lo fuera. Pero en lo que se refiere a mi padre, puedo decir que siempre me fortaleció su presencia, nunca me puso a su sombra ni me amenazó. Además, cuando comencé a escribir era tan chico que, con la estupidez y la temeridad de la juventud, no me daba cuenta de nada.
-En su autobiografía, usted dice que muchas de las afirmaciones y actitudes más extremas de su padre en el fondo no eran más que un juego para provocar una reacción en los demás.
-Si, él era lo que hoy llamaríamos un contreras. Cuando mi padre era chico, el establishment era de derecha, entonces él atacaba a la clase diriente, pero a medida que envejeció, el establishment se volvió de izquierda, entonces él, a su vez, giró. En el fondo, lo guiaba un odio profundo por todo instinto de masa. Sentía que esos impulsos gregarios de las masas amenazaban la capacidad de creación y al individuo. Veía en esos impulsos una fuerza poderosísima en la sociedad. Pero debajo de su apariencia hosca, era un hombre dulce y sentimental, no el villano de ojos saltones que se suele describir.
-¿Usted es un contreras también?
-Al contrario, yo era más tranquilo. Mi padre, en su juventud, fue comunista y, cuando me atacaba porque yo pertenecía a una izquierda menos radical, le contestaba que él era el idiota de las posiciones extremas. Había en él cierta perversidad: como, más adelante en su vida, la gente había terminado por considerarlo fascista, organizaba un almuerzo todas las semanas que él llamaba "la comida de los fascistas". Utilizaba esa expresión con toda naturalidad delante de otras personas, quizá para escandalizarlas. Compartía esos almuerzos con sus amigotes de derecha, como el historiador Robert Conquest o Bernard Levin, que todavía aparece en el Times o en la tele parado en un banquito.
-Como su padre, usted tiene una relación tormentosa con la prensa británica. ¿Por qué la califica de "peculiar"?
-La prensa británica tiene una extraordinaria tradición de escarnio sin sustento, escarnio basado en la nada. Mike Nichols, el director de cine, me acaba de mandar una nota desde Londres donde me cuenta que ahora se la agarraron contra el Festival de las Flores. Es una tradición verdaderamente corrosiva, que se vuelve aún más encarnizada en el campo de las letras. Para criticar a un director de cine, el crítico no necesita ser director de cine, ni haber filmado una película, quizá ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de dirigir un film. Para criticar una obra musical, nadie necesita ser un virtuoso del canto ni tampoco aspira a serlo. En cambio, los críticos de la prosa narrativa escriben o han escrito prosa narrativa, y a menudo no lo confiesan. Eso es sospechoso. No me va a decir que cuando esas personas, hoy consagradas a la crítica, empezaron a escribir, querían meramente hacer reseñas o entrevistas en vez de dar forma a lo que les pasaba por la cabeza.
-¿Todos los periodistas literarios son escritores frustrados?
-Es evidente, y en todo el mundo. Pero creo que el problema con la literatura y la crítica literaria es peor en el Reino Unido, porque si bien nunca fuimos los mejores en música o en pintura, produjimos una poesía incomparable y novelas que sólo son superadas por las rusas y francesas. La narrativa británica siempre fue un foco de atención fundamental para todo el mundo. Pero de ser el gran imperio y tener una literatura acorde con esa posición, pasamos a... Bueno, hoy seremos la cuarta economía mundial, se perdió en el recuerdo la época de Rule Brittannia, y eso se refleja también en la cultura.
-¿Cómo hizo para que su ortodoncia fuese un tema recurrente en los medios británicos durante tanto tiempo?
-Fue un típico caso de antiamericanismo. Me tendría que haber quedado en Inglaterra y dejado que mi dentadura luciera como los destornilladores y navajas amarillas que un buen inglés tiene en la boca. Pero me conseguí un dentista norteamericano, una nueva mujer mitad norteamericana y un agente literario norteamericano y, todo eso junto, nunca me lo perdonaron. Durante cinco años, si bien vivía en Inglaterra, la gente no paraba de decirme: "¿Así que ahora vivís en los Estados Unidos?"
-¿Su autobiografía fue la forma de devolverle los golpes a la prensa?
-Así lo pensé al principio. Pero, en cuanto me senté a escribir, esos hechos, presentados en forma escandalosa por la prensa, me resultaron tan poco importantes en comparación con el resto de las cosas que habían sucedido en aquellos años que me olvidé de los diarios amarillos...
La verdadera ventaja de ser hijo de un escritor famoso es que, desde chico, uno sabe que va a ser tratado injustamente por los medios. Mi intención al redactar mis memorias fue que nadie se sintiera ofendido, salvo Eric Jacobs, el biógrafo de mi padre. Jacobs publicó poco después de la muerte de su biografiado una serie de notas que sentimos como una violación de la privacidad familiar. Le daré un detalle que prueba hasta qué punto no tenía segundas intenciones ni recelos cuando aparecieron mis memorias. Le di a mi madre un ejemplar de Experience como regalo de Navidad y ella me dijo que estaba orgullosa de haber criado a un chico sin resentimientos. A mí también me sorprende sentir que no tenía deudas por saldar ni enemistades que ventilar, salvo con Julian Barnes.
-¿Por qué?
-En toda mi vida no tuve ningún otro caso de amistad rota. Hoy, a pesar de mis intentos de reconciliación, sigue rota. Ni siquiera la ruptura con novias me dejó la amargura que aún hoy me produce la interrupción de mi amistad con Barnes.
-¿Cuál es su método de trabajo?
-Siempre estoy trabajando: cuando duermo, jugando al pool o al ajedrez... Es la maldición de ser escritor. Uno es esclavo del trabajo hasta cuando está sentado en medio del campo, porque la mayor parte del proceso de creación es inconsciente. Le diré más: creo que uno no escribe, sólo espera que el inconciente se manifieste.
-¿Cómo se enciende la chispa de la que nace un libro?
-Yo no creo que haya inspiración, sino más bien un momento en que el cuerpo está listo. Los escritores usamos el cuerpo mucho más de lo que comúnmente se piensa. Uno escribe un párrafo desafortunado y en el estómago, automáticamente, nace una sensación extraña que dice: "Esto no está bien". Recuerdo que en medio de una novela intercalé una escena de treinta páginas donde el héroe dejaba Inglaterra y se iba a América, y todo el tiempo me preguntaba por qué me sentía tan enfermo. Entonces se me ocurrió que esa escena quizá no debía estar ahí donde la había puesto, y en seguida me curé.
-¿Desconfía de la razón y de los procesos conscientes?
-Decididamente. La conciencia sirve para organizarse, pero la creación surge de un fondo que no es consciente. Es como una ansiedad silenciosa, una ansiedad que uno ni siquiera sabe que está sufriendo. Saul Bellow llamó a esos procesos los trabajos silenciosos en el fondo de la mente.
-¿Alguna vez se psicoanalizó?
-Nunca lo haría. Todo lo que el escritor tiene es el subconsciente, y hay que tomarlo con lo bueno y lo malo que trae.
-¿En qué tradición literaria se reconoce?
-Siento la conexión más fuerte con la novela británica que se remonta a Dickens, aunque también me interesan los autores norteamericanos.Diría que, definitivamente, soy un escritor del Atlántico Norte. Y mis favoritos son Saul Bellow y Nabokov, aunque también soy de los más grandes admiradores de Borges. El año último, para la celebración de su centenario en Inglaterra, Ian McEwan y yo participamos en un acontecimiento organizado en la Biblioteca Nacional de Londres. Fue una verdadera fiesta. Para prepararnos, McEwan y yo releímos las obras de Borges. Fue un trabajo arduo y de muchos días pero, cuando terminamos, ambos nos sentimos muy agradecidos por las horas dedicadas a esa lectura.
-¿Le molesta leer a los autores que ama en traducciones?
-Mi problema con el español es genético: no logro ubicar las palabras adecuadas. Para que se dé una idea, le contaré una anécdota. Cierta vez, mi madre, que vive en España desde hace muchísimos años, fue acosada sexualmente por un hombre en la calle y, para rechazarlo, para que se fuera, le gritó: "¡Venga, venga!" Ahora, en serio, Borges y Kafka son los únicos escritores que puedo leer en traducciones y aun así sentirme inmensamente gratificado. En el caso de Kafka, porque utiliza un alemán muy simple. En el de Borges, porque el inglés fue casi su lengua materna y eso se nota.
-Con el tiempo, ¿en qué ganó su escritura?
-En confianza. Comencé a escribir muy tempranamente, eso me permitió equivocarme y encontrar mi camino. Poco a poco fue creciendo la seguridad en mi trabajo y empecé a encontrar una voz en mis narraciones. Además, se amplió mi mirada. Las reflexiones sobre el propio trabajo surgen cuando uno ya tiene un camino recorrido y ve el dibujo de ese trayecto, sus implicancias. Pero cuando escribe, un autor siente que su escritura se alimenta de la vida y que su vida se enriquece y se modifica con la escritura.
-¿Los temas recurrentes de sus libros tienen alguna raíz común?
-Sí, se originan en un hecho muy simple. Los asuntos que aparecen como una constante en mi obra son las marcadas diferencias en suerte, dinero, posición social, habilidades, belleza. Casi todos mis argumentos giran en torno de esos asuntos. Creo que la explicación no radica en que yo sea un hombre terriblemente competitivo, como me suelen pintar, sino que se remonta a mi infancia. Tenía un hermano un año mayor que yo a quien le enseñaron a ir al baño solo antes que a mí. Y eso, por supuesto, marcó un abismo.
Claves
- Obras: El libro de Rachel, Niños muertos, Exito, Dinero, Los monstruos de Einstein, Campos de Londres, La flecha del tiempo, La información, El tren nocturno, Agua pesada, Experience, The Moronic Inferno. En la actualidad, Martin Amis está escribiendo una novela en la que, se dice, mezcla temas tan diversos como la familia real, la pornografía y la pederastia.
- Experience: entre los momentos más intensos de la autobiografía de Amis, está el reencuentro con Delilah Seale, una hija que el escritor tuvo con Lamorna Heath en los años 70 y que no supo que Amis era su padre hasta que cumplió 18 años. La madre de Delilah había tenido un breve affaire con Amis en 1977 y se suicidó dos años después.

