Una noche en Montevideo

Henry Segura
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17 de enero de 2014  

En 1988 Gelman llegó a Montevideo para participar de un encuentro político-cultural. Como forma de bienvenida, para la primera noche se organizó un asado, con un pequeño grupo de conocidos. Confieso que llegué a casa del amigo-organizador pensando que me encontraría con un individuo marcado por el drama del sufrimiento personal. Felizmente, me equivoqué.

Gelman fue el gran animador y sus cuentos fueron apareciendo casi en competencia desenfrenada con Washington Benavides. Eran relatos de fogón y vino. Para los demás era imposible participar o porque no se estaba a la altura de los duelistas o porque se corría el riesgo de quebrar semejante clima.

Es cierto que a un creador se lo conoce fundamentalmente por su obra. Pero Gelman sentía que la suya no era lo que importaba porque más allá de ella estaba "la" poesía que lo alimentó siempre y a la que siempre recordó cuando se lo premiaba. Como cuando recibió el Cervantes en 2007: "Se premia a la poesía entonces –dijo– ‘que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa’ para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en Viaje del Parnaso, ‘puede pintar en la mitad del día/ la noche, y en la noche más escura/ el alba bella que las perlas cría/ [...] Es de ingenio tan vivo y admirable/ que a veces toca en puntos que suspenden,/ por tener no se qué de inescrutable’".

En aquella noche del 1988, el poeta-cuentista (o palabrero, al decir de Paco Espínola) contuvo a las otras dimensiones del hombre que había perdido unas cuantas batallas y trataba de ganar una esencial, la de encontrar a su nieta. Atrincherado en las palabras, su vitalidad fue un regalo excepcional porque tenía toda una lección de vida.

Henry Segura es editor de Espectáculos en el diario El País, de Montevideo

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