
Utopía del poema continuo
NOCHE Y DIA Por Arturo Carrera-(Losada)-172 páginas-($24) ESCRITO CON UN NICTOGRAFO Por Arturo Carrera-(Interzona)-48 páginas y 1 CD ($35)
1 minuto de lectura'
Con una simultaneidad que dista de ser azarosa han aparecido este año dos libros de poemas de Arturo Carrera (Buenos Aires, 1948) que pueden ser leídos en una parábola temporal: se trata de la reedición facsimilar del primer libro del poeta, el raro e inhallable Escrito con un nictógrafo, publicado en 1972, y de la primera edición del último, Noche y día. El espacio de lo nocturno como indicio y señal de la escritura poética reúne ambos textos y genera cierto efecto en la lectura conjunta: en el primero la muerte se vincula al lenguaje que la nombra y apenas la conjura; en el segundo, el lenguaje es el medio, fragilísimo, para retener y propagar la vida vivida. El anonadamiento del yo en el primero se homologa a su dubitativa proliferación en el segundo, como dos caras de la misma moneda existencial, que brilla bajo la ciega luz de la contingencia y a la fosca sombra de la mortalidad.
Noche y día se halla dividido en dos secciones, que repiten, respectivamente, como título y temática de todos los poemas, las nociones carpe noctem y carpe diem: "Carpe noctem del verano", "Carpe diem de la pesca", "Carpe diem del arco iris". El conocido tópico de Horacio carpe diem (goza o vive el día) supone disfrutar el momento presente ante la irreversible fugacidad del tiempo: "mientras hablamos, huye el envidioso/ tiempo: goza el día, y nunca confíes en el venidero", se lee en la Oda I. Extendida esa idea al carpe noctem, es decir, al vivir perentoriamente la noche tanto como el día, Arturo Carrera alude en el prólogo a un continuum de la experiencia que podría relacionarse con un poema que refleje esa fluencia temporal y sea, de igual modo, continuo: "un poema que no acaba nunca -signo también de la inocente pregunta humana ¿quién soy?, ¿adónde vamos?, ¿cuánto durará este día que sostiene la noche?"
El carmen perpetuum, el poema perpetuo, es nombrado por primera vez en el comienzo de las Metamorfosis de Ovidio. En la poesía de Carrera, esa continuidad surge en primer lugar por la reiteración de algunas de las escenas habituales de su universo poético -los niños, los hijos, Pringles y el campo, las soterradas referencias culturales, los visajes del amor y el sentimiento, el aura de las sensaciones y la memoria autobiográfica-. Pero ese aspecto proporciona en verdad cierto reconocimiento, una base referencial para que la escritura se sutilice en lo que un poema llama la "tenuidad". Con una actitud leve y despejada, el yo poético busca las huellas infinitesimales de lo que resta en la memoria, entrelazada con el presente de los días y las noches, como si una presencia indefinida animara el mundo para rescatarlo en una interminable duración. A veces el sentido se escurre en la interrogación y el hermetismo; otras alienta en esas nociones que Carrera supo explorar en su ensayo Nacen los otros (1993): el secreto y el misterio. Pero cuando el poema alcanza lo real, como tocado apenas por el verso y sin embargo sólo dependiente de su puro acto discursivo, el mundo renace en el texto como si éste fuera su absoluta continuidad. El mundo escrito oscurece la noche, recupera la diafanidad del día: "La primera sílaba de la mañana,/ que vuelve a delatar/ el excesivo ímpetu de su inocencia;// la verdad de una especie de ?voluntad de nacer´/ cada día". Así todo el libro, que va de la noche al día, busca la forma adecuada del poema, sus ritmos de encanto y de duda, para alcanzar o atisbar una iluminación donde retorne lo vivido en la lejanía.
Escrito con un nictógrafo obra de un modo inverso: la página que defiende la blancura se ha vuelto negra y los signos escritos en ella son el único indicio de la luz, como si surgiesen de una nada. Todas las páginas del primer libro de Carrera son literalmente negras y todo el texto se transcribe en letras blancas, aquí o allá aparece alguna franja igualmente blanca que atraviesa la página o tachaduras de algunos versos, como si la escritura se suprimiera a sí misma. El poema parece componerse ante los ojos del lector como si surgiese de una completa oscuridad.
Curiosamente, en el extraordinario epílogo de César Aira que se halla en Noche y día, se evocan los días en que se escribió este libro inicial: "Uno de los aparatos que funcionaban en el taller de Carrera fue el nictógrafo, con el que Lewis Carroll decía haber registrado sus insomnios de solterón. Ready made o cucharita de plata inconfirmable, en realidad era una caja oblonga de vidrio con una regla corrediza de grafito en uno de los lados. De esas manipulaciones salieron libros de papel negro impresos con tinta blanca: el grado cero de la escritura en clave". Aira alude a aquella invención que Lewis Carroll apuntó en su Diario, un día de 1891, para tomar notas en la oscuridad, sin tener que levantarse y encender una lámpara: el "nictógrafo", que en un primer momento había llamado "tiflógrafo". En la nota final del libro, Carrera señala que su dispositivo poco debe en su forma al inventado por Carroll, pero resguarda en cambio toda su fuerza significante: escribir a ciegas, en una "exención del sentido" donde, ante la preeminencia blanca del lenguaje, el sujeto que escribe se halle totalmente en sombras. "El escriba ha desaparecido" comienza el poema.
El motivo inicial de este libro es la muerte, derivada de un hecho autobiográfico que se transfigura en el no sentido y en la mudez de toda expresividad fúnebre: "La muerte, su ocultamiento en el lenguaje. La desaparición reciente de mi abuela y la ceremonia de su desocultamiento -verbal, vocal".
Con una fuerte marca de época, el texto se encamina hacia muchos presupuestos estéticos de las vanguardias de los años setenta: las relecturas de Mallarmé del grupo de la revista Tel Quel; los renacimientos del barroco hispánico en las doraduras significantes de Lezama Lima, vía Sarduy, y sus herederos neobarrocos; el redescubrimiento de Raymond Roussell, de Bataille, de Artaud. En este libro, reaparece la idea de que un texto no representa ni comunica sino que se produce en la página, se engendra en una materialidad propia y autosuficiente: la de los signos, su encadenamiento, su disposición. El poema como una máquina significante, un teatro de sombras, un juego de autómatas que sólo afirma lo que niega, la vacua irrealidad, la no existencia, la inexpresable nada. Surge así el lenguaje poético como noción pura, que, al ser una nada en sí misma, no evoca nada, como si el texto fuese la "marioneta de los muertos" y la página "su tablado", para usar una imagen de Carrera. Así el poema es como una larga frase interrumpida por la irrupción de espacios negros, donde parece danzar la tipografía: un poema "instantáneo/ tapiz vibratorio/ los muertos instantáneos,/ esos ingenuos dobles monótonos" de las palabras.
Esta reedición, además del prólogo de Severo Sarduy, agrega algo más, inquietante y maravilloso: un disco con la voz de Alejandra Pizarnik leyendo fragmentos de Escrito con un nictógrafo, tal como lo hizo en la presentación del libro, realizada en el Centro de Arte y Comunicación, hacia 1972, a oscuras, luego de la lectura crítica del gran especialista Enrique Pezzoni. Si cerramos los ojos, si la sombra progresa, la voz ritual y de metálica gravedad de ese fantasma acaso vuelva la lectura de este libro una experiencia de absoluta poesía, casi alucinatoria, casi imposible. Y al releer Noche y día desde allí, todo, de súbito, regresa y Arturo Carrera puede, en ese instante pleno, aspirar a esa utopía ovidiana que niega el tiempo: el carmen perpetuum, el poema continuo.





