Vendieron reproducciones no autorizadas de Fernando Botero
Copias de obras originales donadas a un museo colombiano se comercializaron en Miami
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En un escándalo tan voluminoso como las figuras que lo han hecho famoso, el pintor colombiano Fernando Botero está disgustado con el museo de su ciudad natal, al que donó parte de su obra, por reproducciones no autorizadas de sus pinturas que misteriosamente se han elaborado y vendido en el sur de la Florida.
Las copias en tinta sobre tela se expendieron a mediados del año pasado en Miami con certificados de autenticidad que llevaban el sello del Museo de Antioquia, en Medellín, y una copia de la firma del artista, quien ha dicho que jamás aprobó la transacción. Al enterarse, Botero, uno de los pintores latinoamericanos más conocidos en el mundo, se enfureció y se sintió traicionado.
“‘Me han causado un daño moral inmenso, porque han atentado contra mi obra artística, contra lo que construí a lo largo de toda mi vida –exclamó el maestro a El Nuevo Herald–. Les di la mano y se tomaron no uno de mis brazos, si no los dos. Es un atropello.”
Con el lema “El sueño de un maestro hecho realidad’’, Art Brokers USA, una firma con sede en Boca Raton, el año pasado comenzó a comercializar en EE.UU. la donación Botero, de 116 pinturas, valorada en 200 millones de dólares, que el artista había hecho en el año 2000 al Museo de Antioquia.
La empresa en la Florida defendió la transparencia de su gestión con una carta notariada del museo, que presuntamente cedía los derechos de explotación a Publix Bates, la compañía colombiana que la subcontrató y que, según dicha certificación, tenía poderes para “diseñar, producir, vender, asignar y negociar bienes y servicios asociados a los derechos e imágenes de la colección’’.
En una compleja adjudicación de culpas, el museo argumentó que la carta certificada no implicaba la cesión del derecho de explotación, sino de exploración, y que el desarrollo de cada producto debía ser previamente aprobado por la entidad.
El director de Publix Bates, Alvaro Vargas, alegó que el museo lo había autorizado para comercializar en EE.UU., y como prueba de ello indicó que el organismo cultural le había despachado mercancía destinada a la exportación y autorizó a tomar fotos de las pinturas originales para realizar las reproducciones computadorizadas.
Sin menoscabo de las excusas, todos estaban actuando a espaldas de Botero, recalcó el artista.
En Miami, el incidente ha dejado en estado de alerta a coleccionistas y galeristas. “Como Miami se está transformando en un centro internacional de arte donde hay un nacimiento del coleccionismo de arte latinoamericano, la ciudad es una especie de objetivo para esta gente que trabaja con obras falsas (o reproducidas sin autorización) y puede encontrar éxito acá’’, opinó César Segnini, de la galería Durban-Segnini, en Coral Gables.
Las réplicas de Botero se vendieron en giclées, una técnica de reproducción sobre tela elaborada en tinta por computadora, que luego alcanzan precios de entre 80 y 2000 dólares. Art Brokers estima que hasta septiembre se comercializaron unas 300 reproducciones por ingresos cercanos a los 20.000 dólares. El portafolio de ofertas incluía clásicos como “Alá Familia Colombiana’’ y “Muerte de Pablo Escobar’’.
Víctima
Botero, que nació en Medellín en 1932 y actualmente reside en Francia, ha logrado en décadas una difusión popular de su obra simbolizada por la voluminosidad de sus figuras. Su fama mundial, sumada a la proliferación de falsificadores en Colombia, lo ha hecho una de las víctimas más afectadas por la falsificación en el mundo del arte.
El incidente del sur de la Florida, divulgado primero en la revista Semana, será dirimido por un tribunal de arbitraje constituido en Medellín que tiene hasta mayo del año próximo para conceptuar cuál de los interesados violó el contrato.
Sin embargo, en este caso ninguna de las tres partes involucradas es propietaria de los derechos de autor de las obras. Estos pertenecen exclusivamente a su creador. Art Brokers, por su parte, ha finalizado el proyecto al descubrir que no contaba con la autorización de Botero, dijo Marlene Moonjian, su propietaria.
‘’Yo sólo autoricé hacer algunos souvenirs derivados de mi obra para ayudar al sostenimiento del museo –concluyó Botero–. A mí jamás me avisaron que pretendían venderlos fuera de la tienda, y mucho menos en Estados Unidos’’.




