Con el alma entre el sufrimiento y el éxtasis

Diego Mazzei
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25 de noviembre de 2002  

La atmósfera hierve. No hay amplificadores, pero el volumen de las gargantas se sostiene hasta transformarse en un bullicio enloquecedor. Miles de cuerpos hacinados, ataviados con un rojo brillante y orgulloso, que tocan el cielo, bajan y cantan y siguen y gritan los goles que pasaron y llegarán... Extasis. Avellaneda vive en estado de celebración. Independiente está en cada rincón de esos cuerpos, tatuado, impreso en los corazones que laten a la velocidad de la luz. Se siente campeón, grita campeón el hincha rojo; lo repite a cada instante. Observa altanero y despide con ironía agitando sus manos hacia lo que queda de un Boca con el alma deshecha, que masculla injusticias por el escurridizo triunfo.

Fue la explosión cuya onda expansiva lanzó a una distancia incontable la nube de escepticismo que amenazaba desde lo alto de la doble visera. El desahogo de un cóctel de estados de ánimo que dibujó picos y bajones como un electrocardiograma.

Porque el hincha rojo llevó todo lo que tenía. Invadió las calles y esquivando el aroma de los choripanes y el grito de vendedores no dudó un instante de que el final sería el más feliz. Cercaron Avellaneda, donde los colectivos mostraban vida en su interior y las banderas llegaban como en una procesión.

De pronto, un tumulto alrededor de un automóvil: Bo-bo-chini , gritan desaforados los que descubren al ídolo al volante. Se abre la marea humana y pasa el vehículo, que despide una especie de bendición. Está el Bocha, están todos.

¿Cómo manejar la euforia? Eso no se piensa. No hay un manual sobre el comportamiento del sentimiento del hincha (del hincha verdadero, se aclara, no del que escuda su bronca detrás de un botellazo). No existe. Se padece, se goza, se sufre, se maldice... Y el vaivén del corazón hace estragos en los diablos del tablón. "Porque este año, de Avellaneda...", retumba el canto (un clásico, ya) y queda flotando bajo ese sol que aprisiona.

"Son las Diablitas del campeón", se relamen cuando las chicas hacen su show, aún sin la música que el apagón silenció. Inflan globos, se reparten papelitos, reciben agua bendita de las piadosas mangueras. Pero la pelota se pone en juego y... pronto la ansiedad se convierte en casi un calvario.

Los héroes de ayer son los villanos de hoy. No sólo por el coro de maldiciones que entonan hacia Cascini. Los nombres propios también son pronunciados con desdén. Y ni hablar cuando el Mellizo Barros Schelotto clava la daga que moviliza a los insolados simpatizantes xeneizes.

A partir de ese momento, para la tribuna roja la historia es un baile con fantasmas. Hacer cuentas, soñar con milagros, pensar en el después ( el domingo, si le ganamos a San Lorenzo, está difícil, el desempate , repetían como autómatas).

"¿Como les empatamos ahora?", pregunta un chico a su padre. "No sé, no hablo más", responde el hombre como si en ello le fuera la vida.

Patea Delgado, dibuja Tevez, amenaza el Mellizo. Parece que el mundo se detiene... pero no estalla para los hinchas rojos. El destino perdona, parece. Entonces las fuerzas surgen de afuera hacia adentro como anticiclones; porque cuando los paladines con botines lucen extasiados renace un canto estremecedor que exige un esfuerzo único.

Y el clímax llega a bordo de un cabezazo. ¿Quién lo hizo? Nadie sabe. Apenas la red se infla, un remolino de encuentros, piel con piel, para festejar; de guiños, besos y abrazos desconocidos que parecen sentirse de toda la vida. Se redimen los pecados. Y un himno interminable dedicado a Gabriel Milito baja como una cortina celestial. Resuenan los fuegos de artificio, que se confunden con la irracionalidad de enfrente en forma de balazos de goma. Una postal móvil de brazos que abrazan fuerte, de ojos que lloran de risa, de almas que encuentran un motivo para codearse con la felicidad. De ese infierno que sólo estos diablos habitan con placer.

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