Cuando el Sambódromo de Río de Janeiro se convirtió en un camping latino por el Mundial

Así viven los latinos en el Sambódromo
Así viven los latinos en el Sambódromo Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro
Por la gran cantidad de motorhomes o de personas sin un lugar para alojarse, el Gobierno Municipal habilitó un anexo del predio para que se puedan quedar allí
Jeremías Prevosti
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29 de junio de 2014  • 23:15

RÍO DE JANEIRO (De un enviado especial).- En esta época del año, el Sambódromo carioca suele lucir apagado. No hay ruidos de tambores ni se puede apreciar el encanto de los grupos de baile. Las carrozas descansan en algún galpón perdido entre los morros, mientras que las lentejuelas y los maquillajes atraviesan su punto más bajo en el mercado. El gris de las gradas reflejan la frialdad de un predio que vive por y para los días del carnaval.

Pero el Mundial Brasil 2014 todo lo puede. A poco más de 200 metros de la famosa calle por la que desfilan las comparsas, justo en el escenario anexo -donde suelen presentarse espectáculos musicales-, el corso de esta ciudad parece más vivo que nunca. Los colores cruzan por toda la escala cromática: verde, rojo, albiceleste y amarillo. Ritmos de todas las regiones -mariachi, cuarteto y cumbia colombiana, entre otros- se entremezclan hasta formar una sola melodía. No hay carruajes, pero sí vehículos de todos los tamaños: casas rodantes, colectivos, camionetas, autos y hasta algunas motos.

Por la alta cantidad de fanáticos de los seleccionado de latinoamérica que llegaron a la ciudad maravillosa por la Copa del Mundo, el Gobierno municipal abrió este playón para que puedan ingresar con sus vehículos o sus carpas y pasar las noches en un lugar seguro. Así, lograron reducir el gran número de hinchas que dormían a la intemperie o aquellas que incrementaban el caos de tránsito, al estacionar los enormes rodados sobre la Avenida Atlántica, en Copacabana.

El complejos les ofrece lo básico para poder tener una estadía "correcta", según la opinión de no menos de cinco residentes. Tienen un lugar para aparcar, seguridad las 24 horas, algunos locales para comprar comida o ver los partidos del Mundial y baño completo. ¿El precio? Ninguno, es un servicio gratuito que ofrece la Prefeitura do Rio. "Aquí pueden venir sin ningún problema. Tienen la posibilidad de entrar y salir a cualquier hora. El único requisito es anotarse en la puerta de ingreso", asegura un empleado de la oficina de Informes Turísticos, ubicada en el lugar, en diálogo con canchallena.com.

Así viven los latinos en el Sambódromo
Así viven los latinos en el Sambódromo Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro

Cuando el sol se esconde de la ciudad maravillosa, entre las 17.30 y 18.15 de cada día, los reflectores se encienden y le siguen dando vida al improvisado camping, donde son mayoría los chilenos, argentinos y mexicanos. Las reposeras rodean a las pequeñas cocinas, al tiempo que las ruedas de pisco o cerveza acompañan a la lenta cocción de los fideos. Otros, los más equipados, ven cocinar el asado sobre una parrilla que viajó tantos kilómetros como ellos, entre risas y eternas discusiones sobre fútbol.

Gustavo, un argentino que transita por los cuarenta, termina de juntar los platos luego de una larga cena. Junto con otras siete personas, entre amigos de la misma generación y "los modelos más nuevos", viajaron durante tres días desde Vicuña Mackenna, Córdoba, en una gran casilla rodante, que lleva una bandera argentina con el nombre de la ciudad de origen y la cara del papa Francisco. "Uno de los muchachos es productor agropecuario. Fue por una tolva de semillas y terminó comprando esto. Armamos el viaje en dos meses", recuerda el cordobés ante este cronista. "La verdad que la idea era venir a un camping, pero no existe algo así acá. Después de ir y venir varias veces, nos enteramos de este lugar. Está bien, es cómodo", agrega.

Así viven los latinos en el Sambódromo
Así viven los latinos en el Sambódromo Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro

A pocos metros, sentado sobre una silla junto a su carpa, decorada con un enorme gorro mexicano, está Emilio Trujillo, de 67 años. No hace falta encararlo, él se encarga de llamar la atención con un simple gesto. Es un leyenda viviente: este es el octavo Mundial que presencia. Además de las disputadas en su país (1970 y 1986), viajó a todas las Copas desde Estados Unidos 1994 a la actualidad. "El fútbol es, después de mi matrimonio, lo más importante de mi vida", dice. Pero, ¿qué hace una persona tan viajada durmiendo en el piso de un teatro a cielo abierto? "Se me acabó el dinero. Yo estuve el año pasado con mi mujer para el carnaval y nos pareció barato. Ahora, ¡cuesta tres veces más!", explica.

En el centro del predio, los che, los boludo, las cargadas y las risas te llevan al corazón de otro campamento argentino. Son cuatro amigos de Mar del Plata y dos de La Plata, que se conocieron durante el viaje. Un colectivo y una camioneta, los medios de movilidad y locación. Los vasos de bebidas que compraron en el partido de Argentina ante Irán, en Belo Horizonte, rebalsan de fernet, coca y hielo, aunque se vacían a una velocidad increíble. Se los ve como en un cuento de hadas, más allá de alguna queja con el lugar.

Así viven los latinos en el Sambódromo
Así viven los latinos en el Sambódromo Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro

"Lo armaron sobre la marcha. Está bien, pero la gente es muy sucia. Tira todo en el piso, hasta los residuos de los baños. Las duchas están bien, pero son frías y al aire libre", cuenta uno de ellos. Tienen planeado quedarse hasta el final del Mundial, pero no volverán a ir a las canchas. "Ya cumplimos el sueño, ahora seguimos disfrutando", avisan. Pero su intención tampoco es quedarse mucho tiempo en este lugar. En las próximas horas, luego de que uno de ellos regrese a la Feliz en avión, seguirán conociendo ciudades. ¿El próximo destino? "Buzios, quizás, vamos a ver que surge", confiesan.

Luego de 13 de julio, cuando se dispute la final del Mundial en el estadio Maracaná, la frialdad volverá a apoderarse de este lugar, al menos hasta que el carnaval diga presente. Mientras, el Sambódromo carioca luce como un camping latinoamericano.

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