Cúper no puede ser un perdedor

Cristian Grosso
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14 de mayo de 2003  

La infancia de Cúper en su Chabas natal, en Santa Fe, supo de privaciones. Y de tragedias. Su madre murió, con 20 años, pocos meses después de alumbrar a Héctor, su segundo hijo. Y las huellas de aquella niñez de carencias hoy se aprecian en algunas costumbres del técnico. En aquellos días los Cooper -el real apellido, proveniente de un bisabuelo inglés mal anotado al llegar al país- no tenían agua caliente y se lavaban con agua fría. Actualmente Cúper se sigue duchando a diario con agua fría porque entiende que al mantener detalles duros de su vida es leal con su esencia.

Dicen que Cúper aprendió a esconder sus debilidades. Sí es un obsesivo confeso. Perfeccionista. El rigor táctico es uno de sus sellos. Sus equipos son compactos, hasta el punto de parecer inexpresivos. Con excesiva preponderancia defensiva. Si los conjuntos de fútbol son la imagen de sus técnicos, esta frase de Cúper lo explica todo: "Aprendí que con el orden ahorrás tiempo, encontrás antes las cosas, vivís mejor. El orden mejora la calidad de vida" . Extremo pragmático. "No me gusta soñar, no disfruto con los sueños porque suelen llevarse mal con la realidad. Sólo creo en lo que tengo."

Confesó que no le teme al fracaso. Alguna vez lo explicó así: "En Huracán, me tuve que ir después de dos buenos años. Entonces supe que no hay que renunciar ni en las peores circunstancias porque siempre hay que confiar en la capacidad de uno. Que desconfíen los otros" . Ahora las puertas de Inter seguramente se le cerrarán. Apoyados en un resultadismo impiadoso, en Italia dirán que su paso por el calcio fue decepcionante porque dos años consecutivos quedó detrás de Juventus en la búsqueda del scudetto y, además, ni siquiera alcanzó la final de la Copa UEFA 2001/2002 o de la Liga de Campeones 2002/2003. Como también perdió con Mallorca la final de la Recopa Europea 1999, y con Valencia tropezó en el juego decisivo de las Ligas de Campeones 2000 y 2001.

De chico, Cúper fue lavacopas y cadete de un banco. "En una infancia tapizada de pobreza me crié con mi abuela, una mujer llena de sabiduría intuitiva. Me repetía que la educación era fundamental. Me hizo disciplinado. Me inculcó la importancia de cumplir los horarios, asumir las responsabilidades y mantener la honradez por encima de todo ." El es un DT intachable desde su profesionalidad. Un hombre que, a los 47 años, en algunos días será un desocupado. Pero alguien con esos valores no merece ser llamado un perdedor.

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