La historia de Diego Cerega, el primer director técnico no vidente: perdió la vista, pero acrecentó el deseo de superación

Crédito: P. Arriegui / Fundación Paradeportes
Patricio Insua
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10 de enero de 2020  • 22:08

Lo inevitable y la fatalidad marcaron el destino de Diego Cerega. A los seis meses le diagnosticaron glaucoma congénito, una alerta que marcaba el compromiso que tendría en la visión. Luego, estaba en el cuarto grado de la escuela primaria cuando una travesura resultó el desencadenante irremediable: un compañero lanzó un avión de papel con un alfiler en la punta que terminó su vuelo en el ojo derecho, del que ya había perdido 20 por ciento de capacidad y que en ese momento se apagó para siempre. A los 17 años la presión ocular en la otra órbita cerró también esa ventana. Pero en la oscuridad, él supo volverse luminoso.

"Era más fácil ser ciego que renegar de serlo, porque así no perdía tiempo en resolver un montón de cosas psicológicas y emocionales", explica con naturalidad para la nacion. Entró a un mundo distinto, de percepciones y sentidos más allá de la vista. El fútbol adaptado a sus circunstancias resultó sanador. Cerega nunca se detuvo, a tal punto que el mes próximo se convertirá en el primer director técnico no vidente, en fútbol de no videntes. Dirigirá Fundación Paradeportes, equipo en el que jugó hasta su retiro.

Títulos del mundo y medallas olímpicas de plata y bronce en 2004 y 2008 lo convirtieron en un referente de la selección nacional ya antes de que los Murciélagos tomasen la escena. Todo tuvo un comienzo cuando unos amigos de General Las Heras lo animaron a hacer una rehabilitación. Entonces, a los 22 años se acercó al Instituto Román Rosell, de San Isidro. "No sabía que existía el fútbol para ciegos y me enganché enseguida. Salimos campeones ese año y también al siguiente. Me afiancé como jugador a partir de mis ganas y de seguir lo que me enseñaban mis compañeros", recuerda. Antes de la ceguera había desarrollado la habilidad psicomotriz propia de un chico crecido en el ámbito rural, lo que le permitía destacarse en esa actividad que acababa de descubrir y a la cual se aferró.

La implosión del ojo izquierdo semanas antes de comenzar el último año del secundario y la sucesión de cinco operaciones en seis meses para revertir lo inexorable conspiraron contra su egreso del colegio. El anhelo de ser contador público quedó de lado. Asimilar esa realidad implicó un proceso interno que debió atravesar. Hasta que encontró en el fútbol el combustible que necesitaba; el motor interno fue puro impulso, configurado para una realidad distinta pero abierta a un universo de posibilidades. "Ser ciego es no ver, algo que de ninguna manera imposibilita hacer cosas. Todos tenemos limitaciones. Se trata de entender qué es lo que podemos hacer y qué lo que no podemos hacer. Aceptar no es resignarse", remarca con un convencimiento genuino y poderoso.

A mediados de 2002, Enrique Nardone, entonces el director técnico de la selección de ciegos, le ofreció sumarse como sparring. En ese momento Cerega pesaba más de 110 kilos y lo sorprendió la invitación, pero aceptó ilusionado. A finales de ese mismo año la balanza marcaba menos de 80 y Diego ya no era colaborador en los entrenamientos: era titular en el equipo que acababa de consagrase campeón del mundo en Río de Janeiro.

"Los años de la selección fueron muy intensos; tengo los mejores recuerdos. Fue como la universidad de la vida. Para mí, una persona de pueblo, viajar y competir eran algo fabuloso. Toda la etapa deportiva fue magnífica, porque resultó una herramienta de rehabilitación e inclusión social. Encontré un lugar de identidad propia, un espacio de pertenencia. Al margen de mi familia, resultó lo más lindo que me pasó".

Del Instituto Román Rosell pasó a River, de ahí a Unión de Del Viso, luego a Godoy Cruz (Mendoza) y finalmente a la Fundación Paradeportes, donde el año pasado se retiró y donde ahora se prepara para ser el entrenador. "Me propusieron dirigir al equipo para transmitir mi experiencia. Voy a competir contra técnicos que sí ven, pero estaré acompañado. Este es un deporte de cooperación entre los cinco jugadores que están en la cancha, el cuerpo técnico y todos los colaboradores. Lo que necesitamos es sumar horas de entrenamiento y es lo que vamos a hacer desde febrero para generar compromiso, desarrollar los talentos individuales y escuchar qué necesitan los jugadores", explica.

La Fundación Paradeportes se apoya en sus actividades y en la página web en la que difunde toda la actividad deportiva inclusiva, accesible y paralímpica. Cerega es parte de esa estructura y sabe el desafío que anfrontará: "Puede ser que se tome como algo disparatado que dirija, pero es ambicioso y eso me gusta: saber cómo logra transmitir un ciego". Y adelanta: "Conozco a muchos de los rivales con los que vamos a enfrentarnos y las particularidades del juego de cada equipo. Entonces yo puedo prever, sé cómo planificar un partido. Pero si durante el desarrollo me cambian el contexto, es entonces cuando sí necesito quien lo vea y me lo diga, para tomar decisiones. Estaré preguntando durante los partidos cómo está parado el rival".

Con Jorgelina y la pequeña Kiara, Diego Cerega se refugia en su contexto familiar en General Las Heras. El fútbol completa su vida. Él nunca volvió a saber de aquel compañero que lanzó el avioncito: "No sé si lo odio o lo amo, por el camino que me abrió. Un camino que construí yo al no subirme al tren de la lástima. Hay una forma más dejada de vivir cuando pasan estas cosas y otra más activa. Yo siempre elegí esta última y por eso ahora voy a dirigir", afirma.

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