Inolvidable: la gente celebró con los nuevos héroes y las glorias

En medio de un clima de incontenible alegría, la Academia festejó la obtención del Apertura con la entrega de medallas y la vuelta olímpica
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30 de diciembre de 2001  

Había que estrenar una nueva condición, expandir un estado de ánimo inédito para más de una generación, vivir la fiesta que siempre era de los otros. Racing campeón es una emoción fuerte, intensa, que empezó a bullir en el atardecer del jueves y se da cita donde quiera que la convoquen. Esta vez, la liturgia de la peregrinación al Cilindro de Avellaneda tuvo la fidelidad de siempre, aunque estuvo despojada de los nervios, la incertidumbre y el sufrimiento, que fueron los compañeros de ruta de cada campaña.

A 48 horas de un título que puso a toda la Academia por las nubes, la familia racinguista –los de ayer, los de hoy, los de siempre– empezó a llegar en forma de festejo, de reconocimiento, de tributo para un cuerpo técnico y un plantel que inauguraron una nueva historia.

Miles de hinchas y numerosas familias se convocaron desde la tarde temprano para ser testigos de una celebración que también integrará lo mejor de los recuerdos. Por eso abundaron las cámaras fotográficas y las filmadoras para atesorar una colección de imágenes en celeste y blanco.

Por una vez, el fútbol pasaba a un segundo plano. Esos 90 minutos ante Guaraní –ver página 4–, el equipo paraguayo, dirigido por ese símbolo contemporáneo que es Gustavo Costas, sólo fueron el cierre para una celebración que contó con varios momentos de entretenimiento y más de un punto emotivo.

Sobre la tribuna cabecera visitante se levantó la pantalla gigante y en el medio se ubicó el escenario; en el césped se desplegó la enorme bandera que el jueves último cubrió la popular de Liniers, con el escudo grabado y la inscripción Vamos por la gloria.

En medio del tapiz celeste y blanco de las tribunas se distinguía una pequeña venganza para aquellos que se burlaron de los 35 años sin títulos: un cartel rojo con el número 8, cantidad de años que Independiente suma sin dar una vuelta olímpica local.

Hubo números músicales para diferentes gustos: cumbia villera, con Mala Fama; hard rock, con A.N.I.M.A.L., y rock, con Super Ratones. Bandas que adaptaron temas propios con letras alusivas a Racing.

La multitud, calculada en 28.000 personas, siguió, a través de las imágenes televisivas que reflejaba la pantalla gigante, la llegada del plantel en el ómnibus y algunos de los momentos de intimidad del vestuario. El jolgorio de los jugadores incluyó el canto tribunero que fue todo un himno en el campeonato: “Vamos la Acadé, hoy te vinimos a ver...” Merlo ya no se veía obligado a cumplir con la cábala de la camisa azul; llegó con otra blanca, a cuadros rojos, y luego se puso una chomba negra para entrar en la cancha.

La vestimenta de los futbolistas tuvo una uniformidad con el diseño de la camiseta que en el dorsal lleva la inscripción Campeón 2001, mientras que en la parte anterior se agregó la pequeña carita de las publicidades Sonríe con el birrete de graduado académico.

Hasta que llegó uno de los momentos más esperados: la aparición espaciadamente de cada jugador, que desde el vesutario fue hasta el escenario central para recibir la medalla de viejas glorias, como Pizutti, Sued, Rastelli, Maschio, Rulli, Cárdenas, Rubén Paz –uno de los más ovacionados– Fillol, Wolff y Colombatti, entre otros. No estuvieron Basile, con un inconveniente en la cintura, ni Cejas.

No sorprendió que el estruendo más fuerte bajara para Bastía, emblema de un equipo aguerrido y luchador, para quien la hinchada reclamó un lugar en el seleccionado. El desfile de los campeones lo cerró el hombre que, sin raíces racinguistas, se ganó el corazón académico para la eternidad: Reinaldo Merlo. Mostaza, personaje duro para dejar traslucir los sentimientos, estuvo cerca de quebrarse por la respuesta del público, luego de que Fernando Marín le colgará la medalla. “Gracias a todos. Esto es gracias al sacrificio de los jugadores. Ellos y las glorias se merecen este recibimiento”, dijo un emocionado Merlo.

Siguió la vuelta olímpica con el trofeo, ya sin la adrenalina del inolvidable jueves en Liniers, pero con la felicidad nueva, que ya no se siente en deuda con el pasado.

Merlo sufrió un robo

El día empezó con un disgusto para Reinaldo Merlo. Cuando iba a desayunar en la zona de Las Cañitas, muchos hinchas se acercaron para saludarlo. En el tumulo fue asaltado por dos hombres que iban en una motocicleta; le sustrajeron el reloj, la billetera y una cadenita.

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