La final exiliada

Ezequiel Fernández Moores
El estadio Monumental ya no será escenario de la finalísima
El estadio Monumental ya no será escenario de la finalísima Fuente: AFP
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27 de noviembre de 2018  • 23:59

"Hasta Santiago 2019", despedía, profético, el cartel publicitario en el Monumental el sábado pasado, ya consumado el desastre. Le pifió por un año. Si no es Santiago, la final de la Libertadores 2018 (no 2019), podría ser mudada a Qatar, patrocinador de la Conmebol. Un país "ideal". Con petrodólares y sin barras. Y sin democracia. O a Asunción, posiblemente a un estadio bonito y modernizado como "La Olla" o "La Nueva Olla", y que mantiene como nombre oficial el de un militar amigo del dictador Alfredo Stroessner (General Pablo Rojas). Si es Asunción, debería ser el 9 de diciembre, porque el 8 es la festividad de la Vírgen de los Milagros de Caacupé, que genera la mayor movilización dentro del país, casi un G20 para Paraguay. Su milagro podría ayudar, pero cualquier sede que toque, Miami incluido, será el castigo merecido para la final más soñada en la historia del fútbol argentino. La final ahora en el exilio. "Final offshore", como tituló un portal.

En Asunción cumple arresto domiciliario Nicolás Leoz, expresidente echado de la Conmebol tras el FIFAgate. Enfermo, con 90 años, Leoz ya no está en su casa fastuosa, sino en la de su hija, siempre en el elegante barrio Herrera. La TV que alimentó la corrupción y que él impulsó modificó a una Copa Libertadores que estaba llena de trampas. Pistolas en los vestuarios. Piedras, botellazos y naranjazos en la cancha. Sobornos. Amenazas de muerte. Ir de visitante era ir a Vietnam. Tiempos en los que el Puma Armando, presidente mítico de Boca, era acusado de ofrecer 40.000 dólares a Olimpia para que se dejara perder la final de 1979. Lo denunció tiempo atrás Osvaldo Domínguez Dibb, presidente mítico de Olimpia, tricampeón de la Libertadores, empresario tabacalero, político sin votos, también él admirador de Stroessner. Su frase "la gloria no tiene precio" se hizo leyenda. Bien la conoce su hijo Alejandro Domínguez, actual presidente de la Conmebol. De la Libertadores siglo 21. La Libertadores de los escritorios.

"Ya nada volverá a ser igual", decían titulares de 2015, la noche del gas pimienta. No igual, pero sí peor. "La pasión del hincha violento –tuiteó Lina @larocazes– es el amor del femicida". En 1989, Nápoles se enojaba porque el mundo reducía a la ciudad al genio caótico de Diego Maradona y a la camorra. Pero allí se habían formado dos recientes Premios Nobel de Ciencia, el Instituto Zoológico y Centro Vulcanológico recibían estudiantes famosos, el Instituto para Estudios Filosóficos era envidiado hasta en Alemania por sus textos originales de Kant y Hegel y en un laboratorio de la ciudad había nacido la primera niña probeta de Italia. Claro, era más fácil describir al Sur más pobre como pura mafia. Lo hacía incluso el Norte más rico, donde crecían cómodos los dineros dudosos del Milan de Silvio Berlusconi, del cemento, la moda y la mediación financiera. Algo parecido sucede estos días entre nosotros. Muchos se enojan porque vemos a la Argentina reducida a un Boca-River. A un superclásico de barras bravas. Como si el verdadero problema fueran solo ellos.

El ruido poderoso y mediático del fútbol deforma todo. La indignación por el fútbol-barra supera a la injusticia de la desigualdad. Al deporte castigado porque la Ciudad privilegia negocios inmobiliarios dudosos. Se insulta a los periodistas deportivos, como si en todo caso fueran los únicos que informan con la camiseta puesta. Subestimamos al fútbol cuando lo pretendemos apenas como un juego o un negocio. Lo sobreestimamos cuando se adueña de la vida de todos. Es cierto, los argentinos ponemos demasiado en la pelota. Nos hace ver como un país adolescente, puede ser, pero que, al menos hasta ahora, no elige presidentes de discursos explícitamente antidemocráticos, que aplastan y denigran a las minorías. Políticos, sindicalistas, empresarios y aspirantes al poder son presidentes de nuestros clubes. Y de sus barras. También en Europa hay magnates rusos, chinos, estadounidenses y árabes comprando clubes y visibilidad. Si el fútbol fuera sólo un juego no estarían hoy los medios más importantes, en una Buenos Aires que está a dos días del G20, dedicando portadas y horas al superclásico. Ni el FBI derrocando a la FIFA. No es el fútbol. Es su ruido. Efectivo. Puro humo.

¿Será por eso que sucedió lo del sábado? "El problema de las interpretaciones paranoicas futboleras –escribió Pablo Alabarces en Anfibia– es que son todas increíbles". Y el problema, añade, "es que en la Argentina son todas posibles". Si la pelota entra, el fútbol, es cierto, te puede ayudar hasta a ser presidente de la Nación. Pero cuando el gol es en contra, la pelota también te desnuda. Por rapiña o por inepto. Sigue siendo imposible aceptar un operativo de seguridad tan ridículo como el del sábado. "El fútbol –pide Kurt Lutman, ex jugador de Newell’s– es eso que están por crear ustedes, con esa pelota de medias". Tienen que ver "La Gran Carrera". Son apenas siete minutos. El cortometraje de 2010 del director vasco Kote Camacho, que encontré en el portal El cohete a la luna, narra una carrera en 3D ambientada en 1914 en el hipódromo de Lasarte. Es una carrera por un millón de pesetas. Es el espanto que cede paso a la euforia. Pero que sigue siendo espanto.

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