Spieth: cómo pasar de la comedia a la tragedia y darle el título a Danny Willett

Fuente: AP
Un cuádruple bogey en el hoyo 12 dejó al defensor del título sin posibilidades; el inglés Willett aprovechó la oportunidad y ganó su primer major
Gastón Saiz
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11 de abril de 2016  • 15:29

AUGUSTA.- El drama a flor de piel. La angustia que carcome el interior. El colapso inocultable. El Masters 2016 ya ingresó en esa clase de torneos en los que se recuerda más al que perdió que al que ganó. Sucedió con Jean van de Velde en el British Open 1999, con Tom Watson en la cita británica de 2009. Hay varios casos. Jordan Spieth se suma a la lista de víctimas del golf que tienen el banquete servido y sucumben categóricamente. Esta vez, la desgracia deportiva resultó aún más elocuente porque Spieth llegaba como defensor del título y era uno de los grandes favoritos, una prematura estrella de 22 años destinada a ser el dominador del circuito. Sin embargo, los caprichos del golf y del Masters provocaron que Danny Willett luciera el saco verde al caer la tarde en el Augusta National. El morbo, justamente, fue que Spieth le calzara la prenda mientras masticaba su frustración.

Al final festejó un inglés de 28 años que es hijo de un predicador de Sheffield y una profesora de matemáticas. ¿Quién podría quitarle los méritos de su escalada a partir del birdie del hoyo 6? Su marcha no se detuvo hasta emplear una última vuelta de 67 golpes (-5) y triunfar con 283 (-5), con tres golpes de ventaja sobre Spieth y su compatriota Lee Westwood. Tiros sin rodeos al green y putts accesibles para bajar el score, una fórmula sencilla del que no corre con presión. Willett miraba el vuelo de su pelota con cada músculo de la cara y el cuerpo contraídos, aunque sabía que estaba fuera de los focos. Nadie, en verdad, lo tenía demasiado en cuenta, más allá de que hasta ayer era el 12° del ranking mundial y había triunfado cuatro veces en el Tour Europeo en los últimos cuatro años. No era un novato.

Pero Willett jamás hubiese imaginado la consagración si no ocurría el desastre de Spieth en el lugar de fábula del campo del Augusta National. El hoyo 12, Golden Bell, se tragó literalmente la ilusión del texano de defender el título, como sí pudieron Jack Nicklaus en 1966 o Tiger Woods en 2002. Si bien el N° 2 del mundo llegaba a ese capítulo en declinación tras dos bogeys seguidos, todavía sostenía una ventaja considerable de -5 total. Como supo hacer en las conquistas de sus dos Majors (Masters y US Open 2015) era el instante de frenar palpitaciones y reordenar las ideas para volver a tener el control.

Ninguna fórmula sirvió para calmarse, al contrario: cuando se paró en el tee de ese par 3 y ensayó el swing, Spieth ya intuía que esa parábola terminaría en el agua. La pelota picó en la pendiente del green y cayó. Lo mismo desde la zona de dropeo: una pelota pesada que se sumergió directamente en ese cordón que protege al green. Fue el peor negocio: cuádruple bogey, siete golpes que lo dejaron en -1 total y le abrieron las puertas a Willett, que venía tres grupos adelante y a velocidad de crucero.

Todos hablan de una suerte de polo magnético en el mítico hoyo 12, el lugar más fotografiado de la cancha en los días de práctica. Será por la influencia del Rae’s Creek, un río que orilla el Amen Corner, ese triángulo compuesto por tres hoyos (11, 12 y 13) que ha sido la perdición para muchos a lo largo de las 80 realizaciones del Masters. Nadie lo sabe explicar muy bien, es uno de los tantos misterios de este campo, pero el 12, cuando se enfurece, se transforma en un tormento hasta para el chico de la película, como era hasta allí Spieth.

Solo el amor propio de este veinteañero y su hambre de gloria hicieron que ensayara una breve levantada, que hubiese ubicado a este certamen a la altura de inolvidable. Pero la faena heroica de Spieth duró hasta el hoyo 16, cuando había remontado con dos birdies hasta colocarse -3 total. Ya cuando el defensor del título cometió el bogey en el 17, Willett andaba revolcándose a los abrazos con su caddie en el sofá de una sala del Club House. El inglés miraba la definición por el monitor y sabía que pronto se convertiría en el nuevo Maestro de Augusta gracias a su solidez, pero también con la ayuda inesperada de Spieth (73, +1), que había mostrado sus primeras señales de debilidad en la tercera vuelta.

Todo se desencadenó, casi como si fuese una remake, justo veinte años después de que el único inglés campeón del Masters, Nick Faldo, obtuviera su tercera chaqueta verde derrotando con el mismo factor sorpresa al australiano Greg Norman, que había arrancado el último día con seis golpes de ventaja. Seguramente el Tiburón Blanco también merece un lugar en aquella fatídica lista de perdedores recordados. Una vez más, el Masters enseña que el título se gana con un cúmulo de paciencia; no importa la edad, ni la escuela golfística, ni el circuito de donde provenga el golfista. Es el temperamento para no dejarse intimidar por una cancha que parece benévola por sus anchos fairways, pero que no duda en castigar cuando la pelota aterriza en lugares indebidos. Es, también, andar con pies de plomo para que ningún fantasma de la mente provoque la crisis. "Fue todo un poco surrealista. Pensé que mi vuelta de 67 no iba a ser suficiente, por eso es raro haber ganado con tres golpes de ventaja", admitió Willett. "Me alegro por Danny, pero no creo que alguien haya tenido en Augusta una ceremonia del saco verde tan dura como la que me tocó. Ojalá nunca más vuelva a experimentar esos 30 minutos tan bravos en la cancha", confesó Spieth.

Como en el teatro, las máscaras de la comedia y la tragedia, pero entremezcladas en un hoyo.

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