Los muros del odio

Ezequiel Fernández Moores
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12 de noviembre de 2019  • 23:59

Al este de la ciudad, Union Berlin. Al oeste, Hertha. Separados por el Muro. El Muro que los unía. "Hertha y Union, una nación". Sus hinchadas, cuando se juntaban, cantaban también contra el gobierno comunista de Alemania del Este (RDA) y contra la Stasi, su policía secreta. "Era más que una amistad, éramos como hermanos". Por eso, cuando el Muro fue derribado, Hertha invitó al Union Berlin a un amistoso que fue una fiesta. Más de 50.000 personas abrazadas en el Olympiastadion. En 2019, Union Berlin ascendió por primera vez en su historia. Hertha no dudó entonces cuando la Bundesliga le preguntó en qué fecha deseaba jugar el clásico: 2 de noviembre, fiesta anticipada del 30° aniversario de la caída del Muro. Primer clásico de la historia con ambos en la Bundesliga.

La primera bengala realmente peligrosa lanzada por hinchas del Hertha cayó al lado del banco del Union Berlin. Otras parecían disparadas directamente contra hinchas locales. Los del Union Berlin encendieron las suyas. Puro fuego y humo. Y cánticos agresivos. Seis minutos de suspensión. Jugadores enviados al túnel. Los ataques desde la tribuna del Hertha se reanudaron apenas terminó el partido, ganado 1-0 por Union Berlin. Una docena de sus hinchas, todos encapuchados, invadió el campo para ir en busca de los visitantes. Los frenó el arquero Rafal Gikiewicz. El estadio lo ovacionó. Cuando llegó a su casa su esposa le dijo que fue un "idiota", porque podrían haberlo lastimado.

Los hinchas del obrero Union Berlin son célebres por su compromiso con el club. Reconstruyeron ellos mismos el estadio Alten Forsterei. Si los del rebelde St. Pauli tuvieron alguna vez hasta el apoyo de las prostitutas del puerto de Hamburgo (cobraban un extra a sus clientes para ayudar al club), los del Union Berlin donaron sangre en hospitales para recaudar dinero y dárselo a la institución. "Sangrar por el Union". Imposible olvidar su fiesta en la primera fecha del actual campeonato. El día del debut histórico en la Bundesliga, cuando los aficionados exhibieron carteles con fotos de 455 hinchas fallecidos que hubiesen soñado con estar allí. Imposible no emocionarse también con las imágenes del primer triunfo, ante Borussia Dortmund, con los alcanzapelotas llorando en los minutos finales. La caída del Muro tuvo un recuerdo más políticamente correcto el sábado último en el Olympiastadion. El partido Hertha-Red Bull Leipzig escenificó en pleno campo un Muro que caía. Hertha combate con denuedo desde los '80 contra su sector de hinchas neonazis. Quedan algunos. Son acaso los responsables centrales de que el partido de la semana previa ante Union Berlin casi termine en tragedia. El clásico, en cambio, desnudó un costado más salvaje de la Bundesliga. ¿Reflejo de un Este más pobre? Caldo de cultivo donde crece el discurso de odio de la extrema derecha. Tercera fuerza política en Alemania.

La Guerra Fría de los antidoping

El deporte expresa hoy su Guerra Fría ya no en podios olímpicos, sino en controles antidoping. Los ladrillos cayeron hacia el Este y en los '90 quedó al desnudo una política de Estado que construyó atletas anabolizados, mientras Occidente, como Rocky, nos hizo creer que preparaba a sus deportistas hachando árboles y subiendo escaleras. Tarde nos enteramos ahora sobre los daños crónicos que provocan la violencia y el doping del fútbol americano. El doping y los abusos en el equipo de Nike, el mayor patrocinador corporativo del atletismo mundial. O, peor aún, las 250 gimnastas abusadas durante décadas por Larry Nassar, el médico monstruo de la Federación de Gimnasia de Estados Unidos. También tarde supimos que el FBI conocía los abusos. Pero el FBI estaba demasiado ocupado con el doping ruso.

¿Cuántos nuevos Muros dividen y desigualan en estos tiempos? La revista alemana Der Spiegel debatió la semana pasada sobre los discursos de odio. El artículo decía que haber querido censurarlos terminó dándole mayor publicidad a sus autores. Que, supuestamente, haber evitado hablar del "miedo a los inmigrantes" (el Muro del Mediterráneo), porque suponía reflotar el pasado nazi, terminó dándole votos a los neonazis. "Por eso, no al silencio, sí a más conocimiento", concluyó Der Spiegel. The New York Times publicó el mes pasado otro punto de vista. "La libertad de expresión -se animó a escribir Andrew Maratz- nos está matando".

Maratz enumera masacres de los últimos años. Cita a líderes políticos violentos. Discriminadores. (Podríamos sumar a los golpistas de Bolivia). Maratz pasó años infiltrado entre trolls y fanáticos. Aprendió que "el discurso nocivo está causando daños tangibles". Dice entonces que la "libertad de expresión es un valor fundamental en Estados Unidos, pero no el único". Y que los límites a la difamación, incitación a la violencia y pornografía infantil, por ejemplo, jamás han sido interpretados como una "sentencia de muerte" a la libertad de expresión. Maratz pide campañas y medios públicos robustos como la BBC. Y que Mark Zuckerberg haga de Facebook algo quizá "menos rentable, pero enormemente menos inmoral". Maratz nos dice que necesitamos más acción. Porque hay que combatir estos tiempos de odio.

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