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BRUSELAS.- Iba serio, con las manos en los bolsillos, el ceño fruncido y cara de enfado. Paró en seco cuando se lo consultó. Escuchó con atención y la imagen hosca se desvaneció en un instante tras el apretón de manos. Martín Scelzo no es lo que asemeja: es simpático y amigable, chistoso y sensible, "un personaje simple", como eligió definirse.
No siempre, pero a veces las concentraciones se hacen largas y tediosas. "Se hace duro cuando la familia no está al lado. Yo hablo dos o tres veces por día con mi esposa y mis hijos; si no, me es imposible aguantar", dice Scelzo. Su confesión causa asombro porque se lo observa continuamente animado en los momentos libres. Nunca falta al desafío de naipes y a la hora de las bromas su carcajada ronca es prominente. "Es llevadera la concentración porque en el grupo hay muy buena onda: tomamos café, charlamos, vemos videos y jodemos un rato", cuenta el pilar de 31 años, casado con Mariana y padre de dos varoncitos (Juan Martín y Francisco) y una nena (Faustina).
"Mi debilidad son mis hijos. Si alguien me los toca, me puede agarrar un ataque de locura y hacer cualquier cosa", amenaza el Nº 3, de 124 kg (el más pesado del plantel), que acumula 35 caps con los Pumas y jugará en Francia su tercer Mundial.
La vigilia del Mundial lo ubica a Scelzo como número puesto para el debut con Francia. Da la sensación de que sacó una luz de ventaja sobre Omar Hasan. "Haber jugado con Gales no es un indicio de nada. Todos los pilares estamos muy bien y le puede tocar jugar a cualquiera. Lo bueno es que todos mantengamos el nivel de competencia, cualquiera puede estar", sostiene, con perfil bajo, un poco perturbado al tocar el tema.
Comenzó a jugar al rugby a los 16 años en Banco Hipotecario y un tiempo después, tentado por los hermanos Fernández Miranda y Lucas Ostiglia, compañeros suyo en los seleccionados juveniles bonaerenses, se incorporó a Hindú. "Fue una decisión difícil, pero lo hice para evolucionar", recuerda de su pase a Don Torcuato. Ahora, con 31 años y tras ocho temporadas en el rugby profesional, piensa convencido que los Pumas pueden hacer una gran Copa del Mundo porque llegan más maduros y mejor preparados físicamente.
Afincado en Europa, lo que más extraña Scelzo de la Argentina son las reuniones familiares y los amigos. "Estar afuera te hace perder el contacto con mucha gente, pero no con tus amigos de toda la vida. Soy medio vago para escribir, pero me mantengo al tanto de las cosas que pasan", cuenta. Y agrega enseguida: "Pero desde que estoy en Clermont extraño menos. Están el Bocha Ledesma y Chalo Longo y hacemos asados bien completos: morcilla, mollejas, carne y chorizos". ¿Parecidos a los argentinos? "Mi viejo tenía una carnicería y yo conozco los cortes. El carnicero en Clermont es un abonado al club y nos quiere mucho. Entonces me deja entrar en el frigorífico y hacer los cortes: saco asado, matambre, vacío, milanesas, todo. Así se extraña menos, te lo aseguro", afirma, empecinado en querer hacer ver que se trata de una teoría, más allá de una cuestión de sentimientos.
La charla es amena. A Martín se lo percibe cómodo. Dejó de ser ese joven grandote, de andar trabado y un poco tímido. Su tamaño sigue siendo inmenso y está más abierto al diálogo que antes. Hasta habla del paso del tiempo. "Las canas y quedarme pelado no me importa: si ya tengo mujer y estoy casado... Pero de soltero era peor, el cuidado del look nunca fue lo mío", admite, algo resignado.
Deja a un lado las bromas y se imagina el escenario después del Mundial: "Voy a seguir unos años más en Francia, en Clermont, y en 2009 o 2010 me vuelvo a la casa, basta de rugby". ¿Hindú? ¿Banco Hipotecario? "Quiero cerrar mi carrera jugando bien. Prefiero retirarme yo, y no que el rugby me retire a mí", sostiene, y se excusa: "Me voy a llamar a mi mujer y a los chicos, los extraño, te pido disculpas, chau". Martín Scelzo corre ansioso hacia al teléfono. Se va feliz.



