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Paradigma del seleccionado australiano, forjado en las altas temperaturas del rugby internacional de los ochenta y comienzo de los noventa. La era de las extensas giras, la planificación del primer Campeonato Mundial y, al mismo tiempo, la firme intención del máximo organismo rector de avanzar paulatinamente hacia el profesionalismo de la actividad. Simon Paul Poidevin, hoy con 67 años, vivió toda esa época y sobresalió. Al punto tal de ser considerado uno de los mejores forwards que dio Australia a lo largo de su fructífera historia. Un ala caracterizado por la agilidad, el juego agresivo y la afectividad en el tackle. Dueño de un aura especial dentro de la cancha, que inspiraba respeto por su manera de afrontar los partidos, la pasión que transmitía y el orgullo con el que vestía la camiseta de su país. “¿Si soy afortunado? Cuanto más trabajo, más suerte tengo”, manifestó siendo jugador.




