Cuando el deporte sirve como terapia

Ana y Lautaro, en medio de una geografía imponente en la 14ta edición de El Cruce
Ana y Lautaro, en medio de una geografía imponente en la 14ta edición de El Cruce Crédito: Prensa El Cruce
Ante la inesperada muerte de un familiar, Ana y Lautaro se aferraron al running para sentirse vivos; prepararon El Cruce en sólo 16 semanas para enaltecerlo en la montaña
Pablo Lisotto
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31 de julio de 2015  • 01:03

Esteban Kuten era una persona que disfrutaba de cada momento de la vida y especialmente de las cosas sencillas. Jamás postergaba algo que le resultara placentero. Lo que se proponía, lo llevaba a cabo apenas podía.

Simpático, alegre, bromista. Siempre con un chiste al alcance de la mano, ya sea para simplificar una situación cotidiana, para inventar palabras e incorporarlas al vocabulario hogareño, o bien para crearle mil y un apodos a distintos integrantes de la familia.

Enamorado de su esposa, Lucila Hornstein, médica clínica como él, y, sobre todo, de sus hijos Juan y Alejo, siempre se sintió libre para hacer lo que quiso. Desde bañar, alimentar o dormir a sus niños, hasta reunirse con sus amigos de toda la vida, Fede, Dami y Juli, practicar tenis o fútbol, e incluso retomar su vieja pasión frente al piano. Si hasta había cambiado el hábito de usar el auto por la bicicleta para evitar el tránsito, hacer vida sana y, de paso, ir y volver del trabajo más rápido a su casa.

El martes 30 de septiembre de 2014, Esteban se levantó y, como tantas otras mañanas, llevó a la escuela a Juan en bici. Disfrutó, orgulloso, como su hijo de seis años izó la bandera. Le sacó fotos y lo filmó. No para compartirlo a través de las redes sociales, sino para eternizar ese momento, para contemplarlo y registrarlo en silencio, como tantos más que capturó para siempre. Luego, fue a su trabajo y más tarde volvió a su casa y bailó junto al pequeño Alejo.

Antes de la cena, manejó hasta Campo Chico, cerca de Pilar, en donde se entrenó junto al equipo que integraba en el torneo interno del country. Tras esa práctica, Esteban se descompuso, se cayó y murió. Una miocardiopatía le predispuso una arritmia y eso derivó en una muerte súbita. Todo se supo después. Era sano y deportista. No fue un infarto, ni tenía factores de riesgo. Intentaron reanimarlo, pero literalmente se apagó. Tenía 40 años.

Ante semejante cimbronazo, cada persona reacciona como puede. Más cuando hay hijos que sostener.

Correr ayuda. "El mejor complemento para la terapia es correr. Así como hay gente que precisa medicación, a nosotros nos hace bien correr para despejar la cabeza y buscar respuestas", dicen Ana y Lautaro

Lucila volvió a trabajar a los dos días. No le dio espacio a la tristeza manifiesta, ni a llorar en cada rincón. Juan, siempre muy racional, entendió todo rapidísimo, y hasta se puso a cuidar a su mamá. Y el pequeño Alejo, que entonces tenía poco más de un año, sigue asimilando, muy de a poco, lo que sucedió con su papá, del cual heredó sus rulos y su gran sentido del humor.

En cambio, Ana Hornstein, cuñada de Esteban (a quien quería como a un hermano), prefirió aferrarse al running.

"No había muchas opciones. O me quedaba tirada en una cama o salía a correr", recuerda. Y agrega: "Creo que lo que representa el salir a correr va más allá. Es decirme le meto para adelante. Ese fin de semana llegué al country, donde lo había visto por última vez, y necesité salir a correr".

Lautaro Giambastiani, marido de Ana y concuñado de Esteban, sintió que era el momento indicado para concretar un viejo sueño y, a la vez, honrar a su amigo: correr los 100 kilómetros de El Cruce, una de las carreras de montaña más exigentes y respetadas del continente.

El gran problema fue que decidieron afrontar ese desafío a mediados de octubre, apenas 16 semanas antes de la prueba. El tiempo corría. El tiempo los corría.

"Nosotros somos muy deportistas, pero lo máximo que había corrido en 2014 eran los 10K de Fila en abril. Nos propusimos no posponer más las cosas que queríamos", explica Ana. Y reconoce: "La verdad es que yo no lo hubiese hecho. Cuando me lo planteó Lauti me parecía una locura, pero a la vez me dije que lo teníamos que hacer para honrar a Esteban".

Ella fue a buscar la negativa de su profesor, Ezequiel Álvarez, quien la sorprendió con su respuesta. "Yo creo que podés", le dijo. Les armó un plan especial y se prepararon como pudieron.

Después de la disciplinada puesta a punto, en febrero llegó el desafío para Ana y Lautaro. "Fue una experiencia hermosa, y se la dedicamos a Esteban porque mientras corríamos nos venía todo el tiempo a la mente. Él nos acompañó en la montaña. Cuando estás corriendo te conectás con cosas lindas y profundas de los sentimientos, y ahí aparecía él a cada paso", se emociona Ana.

Lautaro también se sintió muy cerca de Esteban en El Cruce. "Es impresionante todo lo que uno piensa cuando corre. Vas todo el tiempo encontrando esa fortaleza que te permita seguir a pesar de. Y lo bueno es que ese objetivo nos mantenía fuertes. Además, ante la mirada de los chicos (son padres de Camila, de 8 años, y Thiago, de 6). Porque si nos quedábamos encerrados y tirados en una cama, perdíamos todos. Y creímos que era un buen mensaje esto de que a pesar de todo hay que seguir adelante".

Los dos quedaron maravillados con la experiencia. "La sufrís placenteramente", afirma convincente Lautaro, que el primer día se esguinzó y continuó estribado. Y describe: "Me sorprendió la organización, porque todo fue perfecto. En un momento ascendés y a no sé cuántos metros de altura tenés una bandera argentina flameando y unos pibes tocando el violín. Y a la noche te ponen un video con todas las escenas del día. Todo eso te despierta los sentimientos, los sentidos. Lloré en la largada y en la llegada".

Para Ana, todo el recorrido fue de ensueño, aunque también lo padeció. "Llegué a un punto en el que las piernas casi no me respondían, pero los últimos dos kilómetros los hicimos corriendo. Es increíble, pero siempre queda un resto más. La sufrimos, pero nunca dudamos de seguir adelante", rememora.

"El mejor complemento para la terapia es correr. Así como hay gente que precisa medicación, a nosotros el correr nos dio ese plus para despejar la cabeza y buscar respuestas. Seguramente no vas a encontrar todas las respuestas, pero te va a dar la fortaleza suficiente para mantenerte entero y poder afrontar todo lo que te toca, ante los hijos, los sobrinos o lo que sea", asevera Lautaro. "En estas situaciones, uno también se pone de cara con su propia muerte, y necesitás sentirte vivo, sano y entero. Y el correr te da eso. Te ayuda a sentirte fuerte porque no hay otra: lo que te sostiene es tu fortaleza y la de los de al lado".

Desde octubre de 2014, Ana y Lautaro comprendieron que no se deben postergar los sueños, y que hay que disfrutar de cada momento de la vida. Como les enseñó Esteban Kuten, el familiar que honraron en la montaña.

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