
Por Martín Rodríguez Otaño
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Me propuse tratar el tema de la felicidad cuando hace unos meses leí un reportaje conmovedor a una persona (no importa quién) que dijo, evocando el pasado: "No nos habíamos dado cuenta de que éramos felices" y eso lo decía hoy, cuando una serie de episodios que lo habían golpeado muy duro hacía que la tan ansiada felicidad no pudiera volver nunca.
Nadie vive en un estado de permanente felicidad (o por lo menos no lo conozco). Hay épocas de la vida más o menos felices, y hasta momentos de felicidad plena que pueden ser fugaces.
Lo que me preocupa es que también se ve una gran cantidad de gente que tiene todos los elementos para ser feliz y no se da cuenta. Es bastante común en los jóvenes especialmente, fijarse objetivos demasiado difíciles de alcanzar que llevan a la zozobra y al desaliento familiar cuando no se consiguen.
El valor de las pequeñas cosas
En esa carrera se pierde de vista una gran cantidad de pequeñas cosas que se tiene hoy y no se repite y que sólo se valora cuando se pierde.
Una sociedad que favorece y premia el consumo y la posesión de bienes materiales por sobre los valores morales lleva inexorablemente al desaliento de muchos que son los que no llegan.
La gente de campo vive de otro modo, muy diferente del nuestro. Nadie viaja 40 minutos de ida y otro tanto de vuelta (y apiñado como hacienda) para llegar a su trabajo. Muchos comen en su casa y otros hasta pueden hacer una pequeña siesta (no saben cuánto los envidio). No se vive con la obsesión de los robos y nadie es insultado en un pueblo porque su auto no se movió inmediatamente después de que se prendió la luz verde del semáforo.
Todavía se puede compartir un vino, un asado o un vermut con los amigos y hasta puede haber tiempo para hablar también de algunas otras cosas que no sean negocios. Sé que algunos dirán: la gente de campo tiene granizo, lluvias, inundaciones, o sea otros problemas que los de la gente de la ciudad. Les respondo: es cierto, pero se vive distinto.
Ellos tienen más elementos como para vivir mejor la vida, con menos stress, gozándola.
Siempre pensé que para cada persona la felicidad es algo diferente. Cada uno tiene elementos para ser feliz.
Para mí tener una familia sin problemas, estar al lado de la gente que uno quiere, trabajar en lo que a uno le gusta y poder vivir de eso es la felicidad.
El condimento está en poder aprovechar cada detalle, incluso los más pequeños, y disfrutarlo. Y esto vale para los del campo y también para nosotros los de la ciudad.
Volviendo al comienzo: darse cuenta de que uno es feliz antes de dejar de serlo es un consejo muy sabio.
Mi padre, que fue un hombre feliz, viendo la vida de locos que uno llevaba, con viajes permanentes y falta de tiempo para todo, más de una vez me dijo: "Hay que saber detenerse y paladear la felicidad".
Ahora lo entiendo.



