Los argentinos que fueron a "hacer la China"

Seducidos por múltiples atractivos económicos y culturales varios compatriotas se animaron a probar suerte en el gran país asiático. Aquí, testimonios de pioneros
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27 de septiembre de 2005  

¿Cómo es vivir en un país donde el lenguaje oral y escrito es percibido como el de una galaxia lejana, donde los insectos forman parte de la gastronomía diaria, el protocolo es ley, la superstición está presente en las costumbres y la paciencia marca los tiempos?

Los argentinos que viven en China lo saben. Una presentadora de televisión, una pareja de cantantes, el empresario que llevó la yerba mate a las góndolas chinas y un ingeniero hidráulico que facilita las asociaciones entre firmas argentinas y chinas, entre otros, forman parte de un fenómeno reciente, originado por al menos dos factores: el magnetismo que despierta el despegue de China y la última crisis económica de nuestro país, que empujó a muchos a buscar nuevas oportunidades de negocios. Aquí, algunas historias de los que se animaron a ver más allá de la Gran Muralla.

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Cuando llegó a China hace tres años, para perfeccionar su manejo del mandarín, ni se imaginaba dónde estaba su lugar en este enorme país: CCTV EyF, el canal en español y francés de la televisión central china lanzado en octubre último. Mara Arizaga, de 26 años, egresada de la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador (USAL), es la presentadora del programa Cultura Exprés e integra el área de noticias. "Soy la primera y, hasta ahora, única argentina del equipo", contó.

Mara pasó de la teoría a la práctica cultural china sin anestesia. "En un viaje al Sur, en la región autónoma Zhuang de Guangxi, con una amiga chilena, nos tocó pasar la noche en una aldea pequeña. La gente local, muy amable, nos prestó cama y nos invitó a cenar. El detalle es que lo único que había de comer era carne de rata y lombrices. Yo me quedé contenta con el arroz."

Antes de incorporarse a CCTV, la mayor emisora del país, Mara estudió mandarín con una beca del gobierno comunista, fue representante de la USAL y hasta se desempeñó como acompañante e intérprete de Cristina Kirchner, durante la visita presidencial del año último. "Aparte del trabajo, soy amante de la ópera china, que estudio en mis tiempos libres. También caligrafía, con el maestro Niu Cheng, de 83 años, considerado uno de los mayores calígrafos actuales. El idioma es esencial para entender muchas cosas del pensamiento chino. Personalmente, me abrió una posibilidad maravillosa, y es tan complejo y profundo que cuanto más estudio, más camino me queda por recorrer", dijo.

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En el restaurante Argentina BBQ, frente al consulado argentino en Shanghai, el espectáculo no desentona. En inglés, español o chino, Miguel Vicente y su esposa, Bettina Resk, le ponen voz a un amplio repertorio de ritmos, desde 2002. El local es uno de los tres que forman una pequeña cadena, en esa ciudad y en Hang Zhou. "El dueño [chino] de estos restaurantes estuvo en la Argentina y nos conoció en otro restaurante chino en el que trabajábamos, en Córdoba y Rawson, y nos invitó a venir", explicó Vicente. No viajaron solos; con ellos fue Sofía, que ahora tiene 12 años.

"Al principio fue difícil, porque los colegios internacionales son carísimos: entre 10.000 y 24.000 dólares al año. Nosotros podemos ahorrar un dinero, no nos falta nada, pero no vivimos como el extranjero top. Por eso tuvimos que llevar a nuestra hija al colegio chino. Al principio lloraba porque no entendía nada. El primer año fue dificilísimo y ya estábamos por flaquear y volvernos cuando empezamos a adaptarnos. La nena en un año aprendió chino, hoy habla perfectamente el mandarín, algo de inglés y bastante del dialecto shanghainés", agregó.

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El misionero Alfredo Paraná llegó a China en 2001 para trabajar en la embajada argentina en Pekín. Su esposa, una estadounidense que había trabajado para las Naciones Unidas, también había sido contratada como editora por Xinhua, la agencia oficial de noticias. Gracias a las relaciones profesionales y personales establecidas ese año, decidieron quedarse. Alfredo y un amigo porteño -Genaro Zambrano- crearon la empresa Grupo de Exportaciones Argentinas (GEA) y abrieron una representación comercial en la capital china, donde se asociaron con una empresa local, con la que siguen trabajando.

De su aventura asiática, Alfredo y su esposa, Kristen, recuerdan especialmente octubre de 2001. "Tres meses después de nuestra llegada aquí, mi mujer dio luz a nuestro segundo hijo, Lucas, en el hospital Sino-Japonés. Fue una cesárea, y el cirujano no hablaba inglés. Un solo miembro del equipo quirúrgico lo hablaba un poco. Cuando mi esposa se despertó después de la anestesia, vio en primer plano unos ojos orientales con la mirada fija en ella. Uno de los médicos le dijo: ¡Baby okay!, ¡Baby okay!, ¡Boy baby beautiful!", relató.

El primer gran éxito comercial de Paraná en este mercado es haber introducido la yerba mate, que ya se vende en saquitos en supermercados y herboristerías de las provincias de Tian Jin y Jian Gsu. "En mi caso particular, convivo diez horas diarias con mis socios chinos, con quienes compartimos oficina. Cuando uno logra establecer una relación de confianza y amistad, los chinos son muy cálidos y bondadosos", detalló.

A la hora del balance, Paraná destaca dos aspectos: la oportunidad que le dio China de experimentar la adrenalina del comercio internacional y, sobre todo, la exigente educación multicultural que están recibiendo sus hijos. "Jeremías, el mayor, comienza ahora el segundo grado en el ala internacional de Fang Cao Di, una prestigiosa escuela del Estado chino. Lucas, de casi 4 años, sigue en un preescolar chino. Los dos hablan español, inglés y chino, y Jeremías también lee y escribe mandarín", señaló.

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El ingeniero hidráulico Enrique Bechis demora unos diez minutos en llegar cada mañana a su trabajo, en Shanghai. Viaja en una bicicleta eléctrica, practiquísimo. "Si fuera en auto, tardaría 30 o 40 minutos debido al tránsito de las autopistas", aclaró.

Bechis nació en Córdoba. Viajó por primera vez a China en septiembre de 2000 como director de la obra hidroeléctrica Pichi Picún Leufú y visitó el complejo hidráulico Tres Gargantas, el más grande del mundo hasta la fecha. Y pensó que ése era el momento de hacer algo en China.

Y vaya si lo hizo. Junto con su socio, Roberto Cox, le planteó un proyecto de negocios a la firma internacional Moore Stephens de Inglaterra, con la que terminó asociándose. Su trabajo sirvió para que la empresa cordobesa Litec comenzara a producir en Shangdong máquinas para la industria maderera y para que la ciudad cordobesa de Bell Ville y la china de Yongkang sellaran un acuerdo de hermanamiento.

Y más. "Hace unas semanas se firmó un acuerdo para el estudio de la instalación de una fábrica de productos de la firma Inflex, líder mundial en la producción de cilindros para gas natural vehicular, en la ciudad de Chongqing, para abastecer a China y el resto de Asia", dijo Bechis. Y en su intento de vincular empresas argentinas con asiáticas, hizo que su cliente Cedinsa vendiera las bobinas de papel con banda magnética para los boletos de una de las líneas de subtes de Shanghai. "¡Sí, los boletos que compran los shanghaineses para viajar en la línea 3 del metro son hechos en la Argentina!", exclamó.

Y si de algo está seguro Bechis es de que lo más difícil no es aprender el idioma chino, sino entender el lenguaje de lo implícito. "Lo que no se dice es más importante que lo que se dice... Por otra parte, China es probablemente la cultura del planeta que más rápidamente está cambiando. Impulsada por su crecimiento económico, sus habitantes están accediendo a la riqueza, por lo tanto, al consumo, y está visto como un claro crecimiento social, como un símbolo de estatus, la adquisición de bienes y costumbres occidentales -explicó-. Por ejemplo, en Shanghai, se festeja Navidad con un fervor inusitado; se hacen regalos, se llenan los restaurantes y Papá Noel domina el paisaje de la ciudad. Hace no muchos años, muy pocos habitantes veían alguna diferencia con otro día del año..."

Para los que piensan en China como lugar donde ingresar con un negocio, Bechis dijo: "Sin la clara convicción, perseverancia y humildad para aprender no recomendamos avanzar en relaciones complejas. Como parte del juego comercial, sin hacer juicios de valor, los chinos exteriorizan interés por casi cualquier iniciativa, y les dan expectativas mucho más altas de las reales al occidental inexperimentado, especialmente cuando compran. Sin embargo, el mundo de los negocios comienza a internacionalizarse y los idiomas se van acercando".

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Raúl Robles, de 32 años, mendocino, ingeniero industrial y Master en Business Administration (MBA) llegó a China en 2001 con su esposa, Lorena Valle, médica, de 30 años.

La empresa familiar mendocina Grupo J. Matas lo había destinado allí para abrir una oficina de representación. En 2002, esa oficina se transformó en empresa china con 100% de capital argentino, con una planta de reprocesos de vegetales deshidratados, que son exportados a todo el mundo.

"La inmensidad del territorio que abarca China ofrece un gran abanico de escenarios; desde metrópolis de dimensiones extraordinarias con encandilantes luces y acosadoras multitudes hasta sus pequeñas ciudades y condados del interior, que mantienen sus costumbres y tradiciones sin, tal vez, enterarse de que existe Occidente, o bien ignorando los cambios exorbitantes que su país está experimentando", explicó Robles.

Para este ingeniero, una de las barreras culturales más difíciles de sortear es la comunicación. "El idioma, en ello, es una mínima parte, porque gestos, formalidades y actitudes son los elementos del mensaje. Así también existen otras barreras no tan difíciles de sortear, como es su peculiar cocina, la tumultuosa masa de gente que va y viene, el tránsito desordenado y ruidoso... Si bien la era de las comunicaciones nos da una sensación de que las distancias son cada vez más cortas, China siempre encuentra la forma de recordarnos que estamos lejos de casa".

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Sabía que era importante para su carrera de licenciatura en Estudios Orientales que cursó en la USAL y, entonces, Caroline Barrantes comenzó a estudiar chino en Buenos Aires y, cuando pudo, viajó a Pekín, en 1998, para realizar un curso de verano en una universidad. Cuando se recibió en nuestro país viajó de nuevo, esta vez a Shanghai, donde realizó una pasantía en el consulado argentino y más tarde recibió una beca del gobierno chino para estudiantes argentinos. Hoy es representante de la misma USAL en Shanghai.

Para Caroline, estar en China no es tan distinto de vivir en cualquier otro lugar del mundo. "Hay dos parrillas argentinas y una comunidad de latinoamericanos y españoles bastante grande. Shanghai es probablemente la ciudad más cosmopolita de China", aseguró.

"Creo que a lo que más cuesta acostumbrarse es a los hábitos higiénicos de los chinos y los modales, que difieren mucho de los de Occidente; por otro lado, en la forma de ser y expresarnos también se ven diferencias: ellos, en general, son muy directos en temas en los que nosotros muchas veces no lo somos, como decirle a una persona en la cara que está muy gorda o que la amiga es más linda o inteligente que ella, y suelen ser indirectos o dar más vueltas en aspectos en los que, en general, esperamos que sean más frontales, en especial en temas de trabajo", detalló.

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Cuando Fernando Gaudenzi se unió al equipo de servicio técnico de la división de pinturas automotrices de BASF, en 1997, lejos estaba de pensar que a partir de 2001 su función en la empresa implicaría recorrer una interesante lista de lugares del sudeste asiático.

Primero vivió en Singapur, donde nació su segundo hijo y, a partir de mediados de 2003, en Shanghai. "No fue problema para mi familia encontrarnos tan lejos de casa. Estar abiertos y aceptar los cambios es lo que nos facilitó la readaptación", aclaró.

"Empatizar, entender el modo de pensar y actuar y formar parte de un equipo con el estilo al que nuestra mentalidad occidental está acostumbrada es el desvelo inicial para cualquier manager, líder o miembro de un equipo en China, pero la valoración e integración de las diferentes culturas en la organización es clave para asegurar el éxito", agregó Gaudenzi.

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"El objetivo personal y el de mi empresa es conocer de primera mano la idiosincrasia de los negocios de este país con el fin de poder trasladar todos estos conocimientos a nuestros clientes y proveedores", indicó Axel Henrich, de OftAsia, argentino representante de fabricantes chinos de insumos desechables médicos y afines para su distribución en América latina así como la distribución en China de estos mismos productos procedentes de otros países asiáticos.

Henrich, de 34 años, se fue de la Argentina hace ya 15 años. Primero vivió en Alemania, luego en España y llegó a Shanghai en diciembre último, junto con su esposa y dos hijos de 5 y 2 años. "Como consecuencia del boom económico de los últimos tiempos, Shanghai es hoy el Hamburgo de Alemania o el San Pablo de Brasil y se perfila como el Hong Kong del futuro", expresó.

En el ámbito de los negocios, donde más involucrado está este empresario, "China no ofrece aún reglas de juego claras con lo que los contactos, las relaciones y los acuerdos informales predominan", dijo. Sin embargo, considera que "el país está experimentando un crecimiento imparable, reflejado en una China expansiva que empieza a dar pasos de potencia captora de mercados y ahí la Argentina podría ser un soporte fundamental para las inversiones chinas en América del Sur". Y sugiere: "Sectores de nuestro país como el turismo de alto nivel, la agricultura, la ganadería, la minería y los servicios son y serán cada vez más preciados aquí".

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Alejandro Serino se animó en febrero de 1998. Desde entonces y hasta 2000 estudió mandarín en la Universidad de Sichuan, en Chengdu, al sureste del país. Flamante máster en idioma chino moderno -título que obtuvo en noviembre último-, Alejandro trabaja ahora Shanghai, en la representación local de una operadora de turismo argentina que busca atraer visitantes para los paisajes y atractivos de las Pampas.

"Si nos situamos dentro de un contexto idiomático ajeno al inglés y a una lengua castellana totalmente desconocida, tuve la sensación de haber vuelto a nacer. De necesitar salir a la calle y expresar, con escasas herramientas, lo que quería y sentía como si fueran años de niñez. Fue el chino de la calle, un ser amigable y excelentísimo huésped, el que nos ayudó acogiéndonos en su ambiente social, a todos los estudiantes laowai (extranjeros) que con tono gracioso comenzaban a pronunciar las primeras frases en su idioma".

Aprendido el idioma chino, su mayor preocupación pasó a ser el desarrollo del negocio turístico y el desafío que plantea "la competencia desleal por parte de algunos empresarios chinos que, con evidentes intenciones de monopolizar el mercado turístico, exploran todo tipo de posibilidades en pos de adueñarse finalmente, tanto del principio como del final, de esta historia que recién ha dado sus primeros pasos".

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