
Protagonistas de la globalización
Transformar las ZF en áreas de distribución regional de mercaderías estimulará el crecimiento
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Nuestro país no participa activamente en el concierto de la globalización. Somos espectadores de esta obra que domina la cartelera económica, a pesar de que no todas las críticas son buenas. Ni siquiera intervenimos como ayudantes o acomodadores del espectáculo.
Habría que correr atrás de las oportunidades que aparecen intermitentemente, que implican pequeños papeles que aún no han sido asignados. El comercio electrónico abrió algunas opciones para subir al escenario y aporrear el timbal o algún otro instrumento colateral.
Los productos idiosincrásicos (como los llama el economista Jorge Katz) latinoamericanos podrían presentar también alternativas, incluyendo aspectos de la comunicación, prensa, educación, cultura y turismo, porque en algunos de estos bienes conservamos la iniciativa, por su naturaleza local o su relación con la tierra que habitamos.
Otra de estas escasas claves para tañer en la orquesta de la globalización es la intermediación y la distribución. Esta actividad ayudó a varias naciones a figurar entre los países más avanzados (por ejemplo, Holanda, puerta a Europa, y Hong Kong, nexo con China).
Salvadas las distancias, puede encontrarse en estas latitudes simientes de proyectos similares en Iquique, que se convirtió en un fuerte abastecedor de varios países (principalmente Bolivia), o en Uruguay, que a pesar de sus carencias de infraestructura intenta este camino apoyado en sus zonas francas, puertos libres y mecanismos administrativos simplificadores.
Ser cabecera de distribución reporta importantes beneficios secundarios: atrae la instalación de las subsedes administrativas y nódulos regionales de las empresas multinacionales, expande los bancos, seguros, etcétera; genera una demanda de industrias de terminación, packaging y adaptación, y estimula y favorece la participación en esquemas de producción global, que en muchos rubros ya son la modalidad excluyente.
El Río de la Plata es la mayor boca comercial en el Atlántico Sur. Su área de influencia abarca la región más rica de América del Sur, e incluye por lo menos a seis naciones. Para ser una alternativa válida, hacen falta sistemas administrativos eficientes y flexibles para manejar los tránsitos, los transbordos y los procesos de distribución.
Sospechas y desconfianza
Las áreas extraaduaneras son instrumentos necesarios para esta función, pero no gozan de predicamento.
Muchos economistas desconfían de las áreas libres porque sospechan que, con la excusa del fomento del comercio y el desarrollo, se esconde una misteriosa excepción o prebenda para determinadas empresas o regiones que originan rentas artificiales y competencia desleal. Pero en modelos básicos la burocracia no existe, la protección es una excepción o error y los costos de transporte y de transacción son sólo detalles despreciables.
También se oponen los industriales, que temen la globalización y que defienden el statu quo. Esta resistencia tiene evidentemente un punto válido en las dificultades de nuestro país para montar un eficiente control aduanero.
Sin embargo, con la informática, el control de una zona franca se ha vuelto un juego de niños. La vigilancia se debe ejercer mediante una estricta y detallada contabilidad de existencias, en línea con la Aduana, como se realiza, sin inconvenientes, en los Estados Unidos y Europa.
La ley 24.331, perfeccionada y simplificada, o una similar, puede ser instrumento idóneo para impulsar la función de distribución. No se necesitan exenciones impositivas ni regímenes laborales especiales: sólo la postergación total de gravámenes hasta el despacho a destino de la mercadería, que debe salir en el mismo estado o levemente transformada, con la máxima flexibilidad, sin restricciones ni burocracia o costos inútiles. Y, desde luego, un control aduanero eficiente, simple y expeditivo.
El autor es consultor y especialista en zonas francas. E-mail: go@movi.com.ar




