
Cuadros y pinturas para que los chicos despierten la creatividad
Brenda Lichtenberger aprovechó su experiencia con estampados en la empresa familiar
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Los personajes son de trazos negros con siluetas vacías como las de los libros para pintar. Protagonizan cuadros del tamaño de una baldosa que, con los colores que agregan los niños, se convierten en recuerdos para colgar.
Mi Primer Cuadro es el nombre con el que Brenda Lichtenberger tituló la idea que puso a andar para empezar el camino propio e independizarse de un destino que parecía marcado, en la industria familiar.
"Siempre quise tener algo propio, sobre todo cuando no me hallaba trabajando en la empresa de mi familia. No era mi pasión, por eso me arriesgué", cuenta la joven marplatense de 23 años, que desde la adolescencia colaboró en la fábrica textil.
Ese paso, reconoce, le valió para acumular experiencia tanto en labores administrativas como en procesos productivos. El conocimiento práctico –especialmente en el área de estampados–, junto con otro de origen académico relacionado con la publicidad y el marketing, sumados a su habilidad para las manualidades, dio origen a Decocuadro.
Al principio vendía cuadros de su propia autoría pintados a mano, con la técnica aprendida en talleres de arte. Ya en 2009 empezó a ofrecer cuadros con imágenes estampadas sobre tela. "Eso me abrió un camino con infinitas posibilidades. Podía estampar lo que quisiera y generar un producto masivo, económico y para distintos públicos", explica Brenda.
"Estampaba con la máquina de la industria de mis padres y los engrampaba yo. Eso hizo que el costo fuera muy bajo", describe la emprendedora, cuyos primeros clientes fueron amigos y conocidos y, más tarde, los que circulaban por distintas ferias de la ciudad.
Inversión pequeña
Con las máquinas a disposición y su mano de obra, el monto de dinero necesario para arrancar fue pequeño. No más de 5000 pesos de capital alcanzaron para armar un primer stock, que se fue multiplicando con las distintas presentaciones.
La demanda creciente obligó a Brenda a delegar los trabajos de carpintería y a contratar ayudantes para montar un taller de armado y terminación.
De a poco, el negocio se fue corriendo hacia los clientes mayoristas. A través suyo, fue más sencillo ampliar el radio de alcance.
El otro gran cambio vino de la mano de Lola, su hija. "Dicen que la maternidad en emprendedoras lleva a hacer cosas para niños, y así fue como me pasó a mí. Quería expandir mi marca y hacer un producto diferente, novedoso, pero dentro del mismo rubro. Entonces, se me ocurrió y me pareció una idea genial hacer cuadros infantiles impresos en tela para pintar. Es algo que da una posibilidad para compartir un momento familiar y que además ¡queda para siempre!", se entusiasma Brenda.

Los cuadros se venden en los puntos de distribución a unos 70 pesos, y vienen con los lápices de colores para pintar.
Uno de los compradores atraídos por esta iniciativa fue la tienda Falabella, para la cual trabaja por estos días en un pedido de 4500 cuadros.
Otros clientes son casas de diseño, decoración, jugueterías y regalerías de Buenos Aires y el interior (Río Negro, Mendoza, Entre Ríos) que contactó en ferias de nivel nacional.
"Trabajo mucho por pedido y ofrezco la posibilidad de hacer los cuadros que quieran, tanto en los que son para pintar como en los estampados." Un ejemplo de esta customización es un posible encargo por parte de una de las marcas líderes en electrónica y electrodomésticos, donde la figuras para colorear serán los personajes que identifican a la empresa.
El impacto de este diferencial elevó la facturación para la dueña de las marcas Decocuadro y Mi Primer Cuadro alrededor de los 200.000 pesos en el año.
Ahora, la expectativa es continuar la expansión con nuevas propuestas. "Estamos haciendo una producción exclusiva para el Día del Niño y trabajamos también para lanzar una línea como mi primer cuadro, pero para adultos, con mandalas", dice la marplatense, determinada a dejar su huella en cada una de las provincias del país.





