
La cultura marca el ritmo del comercio con Brasil
Hay diferencias en los gustos a la hora de elegir golosinas, vinos y carnes
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SAN PABLO.- Un empresario argentino tuvo hace algunos años la idea de exportar apio al Brasil. Con una cuidada ingeniería y la ayuda de especialistas en comercio exterior, logró que el producto cosechado a la mañana en la Argentina estuviera al día siguiente en el mercado central de frutas y verduras de San Pablo. Al exportar apio, la idea era vender apio... pero el empresario terminó descubriendo que el negocio era otro. Mientras el apio no era tenido muy en cuenta por el paladar brasileño, la hoja, que en la Argentina en general se tira, era buscada ávidamente por los restaurantes paulistas para adornar los platos.
Consumo es cultura
Al hurgar en el consumo brasileño -y sus diferencias con el consumo argentino- se descubren particularidades económicas o sociales que a veces pasan inadvertidas en el proceso de integración. Esta tarea casi antropológica es hecha constantemente por las empresas argentinas que se instalan en Brasil, o las multinacionales, que a veces precisan crear productos o envases diferentes para cada país. En general las empresas tratan de homogeneizar gustos y costumbres, porque eso reduce costos, pero no siempre es posible.
El champú, por ejemplo, es un caso. En la Argentina, donde lo más común es el salario mensual, los envases de champú son mayores que en Brasil, donde una gran parte de la población cobra por quincena y precisa envases menores.
La fainá no existe, porque no existe la harina de garbanzos. Tampoco las tapas para empanadas: la explicación de Alberto Alzueta, empresario argentino y presidente de la Cámara Argentino Brasileña en San Pablo, es que la harina usada para las tapas para empanadas es de altísima calidad, que no es fácilmente obtenida en Brasil.
Brasil, a pesar de ser fácilmente asociado al chocolate, come la mitad de chocolate per cápita que el argentino -aproximadamente 1,5 kg al año, contra 3 kg al año-. Según Sergio Asis, director de Arcor en Brasil, la explicación está en el chocolate de los alfajores. En Brasil no se acostumbra comer alfajores. La explicación es climática: los chicos, cuando van a la escuela, suelen llevar galletitas de chocolate, que llegan al recreo sin derretirse, como ocurriría con un alfajor, al menos de San Pablo al Norte.
Cuando Arcor -y empresas de golosinas en general- trae chocolates a Brasil, son notablemente más dulces que los argentinos. Eso tiene que ver con algo que los brasileños tienen en abundancia: azúcar. Se especula que la abundancia de azúcar influyó en el gusto del brasileño, acostumbrando desde chico a comer cosas como caramelos de coco -hechos con coco y azúcar, casi en partes iguales-, o el propio jugo de caña de azúcar -más dulce que la miel, casi intomable para el paladar argentino-.
Hay también disposiciones legales que afectan la llegada de un producto argentino tal cual al mercado brasileño. Por ejemplo, en la Argentina hay paquetes de fideos de 400 gramos. En Brasil están prohibidos, para evitar que una empresa confunda a los consumidores usando paquetes menores pero manteniendo el precio. Los paquetes son de 250 gramos o de 500.
Parecidos y diferentes
Gustavo Segré, analista del comercio internacional, cuenta que el perfil del consumidor brasileño es más parecido al norteamericano que al argentino. "Mientras el argentino está más acostumbrado a consumir Sobre la base de lo que gana o ahorra, el brasileño -como el norteamericano- compra en donde le den crédito, y se endeuda con tarjeta, cheques y financiamientos de todo tipo", explicó Segré. Eso explica por qué, casi en forma automática, cuando caen en Brasil las tasas de interés se produce una explosión de consumo. Y cuando suben, se produce una recesión violenta, a pesar de que el nivel de ingresos se mantenga estable.
Los vinos son un caso aparte. Acostumbrados durante décadas al cabernet sauvignon chileno, suave, los brasileños no lograron adaptarse fácilmente al vino argentino, más alcohólico, como el caso del malbec. Ambos lados cedieron: para captar el mercado brasileño, las bodegas argentinas "suavizaron" más sus vinos, acercándolos al gusto internacional, y el brasileño comenzó a tomar vinos más fuertes.
Pero es en las carnes quizás en donde se encuentran las mayores diferencias culturales. Para empezar, los brasileños comen la carne asada pasándola por un montoncito de farofa (hecha de harina de mandioca) en el plato. Las mollejas, deliciosas, se tiran o se usan para preparar alimento balanceado para animales. ¿Morcilla? Le causa impresión a un brasileño no acostumbrado. Corazón o ubre, directamente ni se ven. Se acostumbra usar muchos aderezos para las carnes, costumbre originada, según Pablo López, socio de una parrilla argentina en San Pablo, en que la carne brasileña no era -en los últimos años mejoró- tan sabrosa como la argentina.
En fin, como reza el viejo dicho popular, gustos no se discuten.



