La escasez de frijoles añade sal a la herida de los brasileños

Jeffrey Lewis
Benjamin Parkin
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5 de julio de 2016  

Como muchos en Brasil, Maria da Glória Silva no considera que una comida esté completa si faltan el arroz y los frijoles o porotos. Es lo que Silva come seis días a la semana, en el almuerzo y la cena, sazonado con ajo y con un poco de carne de res, pollo o cerdo.

Últimamente, sin embargo, Silva ha visto con indignación cómo el precio de un kilo de sus frijoles marrones favoritos se ha duplicado de alrededor de 5 o 6 reales a 12 reales (US$3,72). Ahora gasta casi una sexta parte de su presupuesto mensual para compras sólo en este ingrediente.

"No podemos vivir sin frijoles", dice esta empleada de una tienda de 58 años de edad de Itaquera, un barrio de clase obrera de São Paulo. "Todo el mundo está furioso".

Los brasileños ya tienen que lidiar con una recesión brutal, un juicio político a la presidenta, una epidemia de zika y el mayor escándalo de corrupción de la historia del país. Ahora sufren el asalto a su comida favorita. Un clima errático ha dado lugar a la peor cosecha en cuatro años. Junto con la inflación, la escasez ha enviado los precios del frijol por las nubes.

El más afectado es el ubicuo frijol carioca o bayo, que es muy apreciado por el caldo cremoso que exuda al ser cocinado. Esta variedad de color marrón claro, favorito de Silva y millones de sus compatriotas, representa alrededor de 65% de las ventas del grano en Brasil. En el último año, los precios al por menor del frijol carioca han aumentado cuatro veces más rápido que la tasa de inflación conforme se han reducido los suministros.

A finales del mes pasado, los compradores en una tienda de comestibles en el centro de São Paulo se detuvieron confundidos frente a los estantes vacíos que normalmente rebosan de bolsas de frijoles carioca. En el lujoso barrio de Jardins, un cartel a la entrada de otro supermercado se disculpaba por el aumento del precio de la legumbre, sugiriendo cortésmente algunas alternativas, como las lentejas y las arvejas.

Para muchos brasileños, sin embargo, el hábito del frijol es difícil de quebrar. Siete de cada 10 brasileños comen a diario alguna de las variedades de este grano. El consumo anual es de 19 kilos per cápita, según el Instituto Brasileño de Frijoles y Legumbres (Ibrafe), en comparación con alrededor de 3,5 kilos por habitante en Estados Unidos.

Los frijoles han sido un elemento básico de la cocina brasileña desde hace siglos. El acarajé, frijol frito hecho como una hamburguesa, es distintivo de la cocina afrobrasileña. Cuando huyó de los ejércitos invasores de Napoleón en 1807, "la familia real portuguesa fue recibida en Rio con frijoles negros", cuenta Marcelo Eduardo Lüders, presidente del Ibrafe.

Ante la escasez de suministros y el aumento de precios, los brasileños han acudido al humor ácido. Chistes visuales en Facebook muestran vehículos blindados entregando los frijoles en supermercados, mientras que novios ofrecen a sus prometidas un grano como regalo en lugar de un anillo.

Otros tienen un tono más conspirativo. La noticia de que la suspendida presidenta Dilma Rousseff donó 625 toneladas de frijoles a Cuba en 2015 provocó la especulación sarcástica de que ella estaba detrás de la escasez. Rousseff enfrenta un juicio en el Senado por supuestamente haber violado las leyes de presupuesto, acusaciones que ella niega.

Su reemplazo, el presidente interino Michel Temer, cuyos índices de aprobación son casi tan bajos como los de Rousseff, no quiere correr riesgos. A finales del mes pasado, anunció a través de Twitter que Brasil iba a suspender temporalmente los aranceles de importación para permitir que más frijoles cultivados en el extranjero llegaran a los supermercados brasileños.

Sin embargo, es poco probable que las importaciones satisfagan a los quisquillosos brasileños amantes del frijol. Mientras que variedades como el frijol negro —un ingrediente clave en la feijoada, un guisado de carne considerado el plato nacional— se cultivan en otros países, el preferido carioca raramente se consigue en el extranjero.

Una desafortunada combinación de fuertes lluvias y sequías en los principales estados productores de frijol del país ha limitado gravemente las cosechas de este año. João Oliveira, un agricultor en el estado sudoriental de Minas Gerais, dice que su producción en mayo fue de alrededor de 450 kilos por hectárea, aproximadamente una quinta parte de una cosecha típica.

"Las cosas no van bien. Dejó de llover y el sol salió y nos castigó", se lamenta Oliveira, quien principalmente cultiva la variedad carioca.

La Compañía Nacional de Abastecimiento (Conab), que hace un seguimiento de las cosechas en el país, ha pronosticado una caída de 6,1% en la producción de frijol este año, a 2,9 millones de toneladas. El Ibrafe estima una cosecha de frijoles carioca de 1,5 millones de toneladas en 2016, casi 22% menos que el año pasado.

Para exacerbar la escasez, los altos precios de la soya y el maíz han animado a los pequeños productores a sustituir los frijoles por esos cultivos. La Conab calcula que la superficie cultivada con frijoles en la temporada agrícola 2015-2016 ha sido la menor en al menos 39 años.

"Tenemos un dicho", dice Lüders, del Ibrafe: "Uno puede quedarse sin dinero, pero nunca sin frijoles. Bueno, ahora nos hemos quedado sin frijoles".

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