
La misteriosa jaula política china
Persistencia: a pesar de los cambios, la falta de una reforma política complica el nuevo proceso económico.
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LONDRES. - ¿Está China preparada para la democracia? Una antigua pregunta que no debe formularse, podríamos pensar, la más populosa dictadura en el mundo, gobernada como lo está por un rígido y en ocasiones cruel Partido Comunista que no sólo es leninista todavía, sino que se dice orgulloso de serlo.
Pero, por primera vez en una década, se ha instaurado en China entre intelectuales, disidentes y miembros del Partido un debate semiabierto sobre los cambios políticos requeridos para administrar la rápida transformación de la economía y la sociedad chinas. Lejos de condenar a los cabildantes, el presidente Jiang Zemin y sus camaradas han dado a veces la impresión de alentarlos. Entonces, una mayor liberalización, ¿es compatible con la continuidad del gobierno del Partido Comunista?
La experiencia de otros país comunistas sugiere que, a largo plazo, no lo es. Liberalizar nunca ha sido la salvación de una dictadura. La historia de China sugiere asimismo que, eventualmente, Jiang Zemin se verá obligado a elegir. Una de dos: o tendrá que recurrir a la violencia cuando una mayor tolerancia genere demandas que el Partido no está preparado para satisfacer, repitiéndose el trágico ciclo de represión en China. O tendrá que transigir con la liberalización en una escala mucho mayor de desafío al comunismo. A medida que cambia China, el Partido debe adaptarse para sobrevivir. Pero, ¿sería China de alguna manera adversa a la democracia?
¿Un concepto occidental?
Esos argumentos se han ensayado con frecuencia. Hace falta una mano autoritaria, dicen los conservadores, para evitar que se origine el caos en una sociedad multitudinaria. La democracia, por lo demás, es un concepto occidental, no apto para la cultura china, en la que los derechos colectivos prevalecen sobre los derechos del individuo. Por otra parte, China es demasiado pobre para preocuparse por la democracia: primero tiene que haber pan en la mesa de todos. Incluso muchos occidentales que piensan sobre China suelen simpatizar con esos puntos de vista: es que ese país es tan misteriosamente grande, y la transformación económica tan incierta...
Esos argumentos no dejan de ser pamplinas. Caos y barbarie han existido en China, pero nunca tanto como bajo la férula comunista, cuando decenas de millones perecieron durante las campañas políticas. Las instituciones del país son ideas prestadas de Marx y Lenin, por más que se le atribuyan "características chinas". Y en cuanto a eso de que China es demasiado pobre para permitirse la democracia, en la actualidad se halla tan desahogada como lo estuvieran algunas de las democracias más pobres hace un cuarto de siglo, con altos niveles de expectativa de vida y de instrucción.
Deng Xiaoping
Después de la expeditiva represión de Tiananmen, en 1989, el entonces hombre fuerte de China, Deng Xiaoping, insistió en que un acelerado crecimiento económico fuera combinado con el aplastamiento de todo el que se opusiera. Pero Jiang y el nuevo primer ministro, Zhu Rongji, carecen de la autoridad revolucionaria que tenía Deng. Ellos han tratado de obtener legitimidad por otros medios: por medio del equivalente chino de besar a los niños en el país, y restableciendo buenas relaciones en el extranjero, especialmente con los Estados Unidos. La gente se siente complacida con el nuevo estilo de política.
Pero, ¿qué pasa con los formidables desafíos económicos a que deberán hacer frente Jiang y Zhu? Por formidables que sean, desde cuestiones a corto plazo como la deflación y la devaluación del yuan, hasta las de largo plazo como la reestructuración industrial y financiera, ésas son las principales razones por las cuales se revela indispensable la reforma política.
Los sucesores de Deng Xiaoping se han dado cuenta de que un crecimiento sostenido requiere la retirada del Estado, por lo menos. Las industrias de propiedad del Estado han de reducirse en dos terceras partes, con la pérdida de 70 millones de empleos urbanos. Probablemente 200 de los 800 millones de personas que viven ahora de la agricultura necesitarán encontrar empleo en las ciudades. Los desplazados representan dos ingentes focos de protestas. Hay, también, un descontento generalizado alrededor de la corrupción oficial (como antes de Tiananmen). Percatado de ello, Jiang ha tomado drásticas medidas en relación con dos de los más escandalosos casos de corrupción: la defraudación multimillonaria en el Ejército Popular de Liberación y la malversación en la municipalidad de Pekín.
Democracia a la China
Las reformas económicas chinas requieren un mayor sustento político y deliberación, si han de perdurar pese a toda la problemática social e intereses antagónicos, especialmente contra el pesimista telón de fondo de la crisis financiera en el Asia oriental. El aparato político leninista de China no está a la altura de las circunstancias. Ni siquiera puede hacer que las órdenes de la administración central sean obedecidas en las localidades, ni recaudar los impuestos. La escala de los problemas torna verosímiles los rumores que circulan en Pekín según los cuales Jiang ha designado una comisión de estudio de las reformas que harían más representativa y flexible la política china.
Las pocas encuestas de ciencias sociales realizadas hasta ahora han revelado un gran deseo de más democracia en China. Pero sería un error por parte de los conservadores chinos temer, y por parte de los occidentales ansiar, que bajo la piel de cada chino se esconda un libertario. Incluso algunos disidentes apostrofan a los occidentales que los tratan como autoritarios. Pocos chinos, sin embargo, cuestionan la legitimidad del "Estado", por más que detesten la "burocracia".
Eso le da a Jiang libertad de movimiento. Podría comenzar extendiendo las elecciones directas desde los pueblos a las ciudades y provincias. Podría impulsar iniciativas para hacer del Congreso Nacional del Pueblo (Parlamento chino) una legislatura más eficiente. Los órganos de la Justicia tienen que convertirse -y ser vistos- como independientes del control del Partido. Jiang Zemin siempre podría contradecir a los partidos de la oposición genuina así como a una prensa libre. A fin de cuentas las dos han de ser vitales para el debate eficiente y para la transparencia de la administración pública.




