
La vida en una comunidad sin conflictos que imagina una nueva serie: ¿es posible la felicidad por decreto?
La nueva serie de Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, imagina una versión extrema de una comunidad sin conflictos, donde toda la humanidad está conectada a una única mente; ¿es posible ser feliz sin el libre albedrío y la imperfección de lo humano?
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Cuando en la mesa familiar alguien fantasea con un país un poquito más ordenado que el nuestro, es habitual que otro responda “¡pero sería muy aburrido!”. Sin inflación, sin conflictos financieros, sin subas y bajas de la actividad, habría menos peleas, pero también habría menos chistes y memes: difícil hacer humor cuando no hay problemas para solucionar.
Pluribus, la nueva serie de Vince Gilligan (el creador de Breaking Bad), imagina una versión extrema de la comunidad sin conflicto. Un virus alienígena conecta los cerebros de (casi) toda la humanidad en una gigantesca mente única, y el resultado es un mundo feliz, en donde los problemas de cooperación se resuelven casi automáticamente. Recorramos sin spoilers las profundidades de este particular argumento.
La pandemia de felicidad y armonía no contagia a todos. Carol, la protagonista, es inmune al virus, y eso la obliga a convertirse en la única defensora de la humanidad tal como la conocemos. Carol se niega a tener una felicidad obligatoria. Prefiere una naturaleza humana imperfecta, capaz de conflicto y sufrimiento (y quizás por eso, capaz de sentir una verdadera felicidad).
Economistas felices
Desde hace décadas, una parte de la profesión se dedica a la “economía de la felicidad”. En vez de concentrarse únicamente en la medida de PBI per cápita, el objetivo es entender mejor la relación entre satisfacción e ingresos, y sobre todo si hay otros factores más allá de lo monetario que nos hacen felices. La salud, el matrimonio, la amistad o el medio ambiente, dicen varios estudios, pesan tanto o más que el dinero. En 1974 el economista Richard Easterlin advirtió que, pasado cierto umbral, un PBI mayor no aumentaba demasiado la felicidad media. Trabajos más recientes matizan este resultado (el dinero un poco sí hace la felicidad) pero agregan una dimensión importante: además de la riqueza, los lazos sociales son un componente decisivo del bienestar.
Pluribus se mete justo en ese terreno, con un truco de ciencia ficción: en un escenario en el que todos compartimos una “mente colmena”, desaparecen muchas de las fuentes de sufrimiento. No hay malos entendidos, mentiras ni traiciones. En el mundo de Pluribus, los contagiados son todos felices, porque sus vínculos con los demás nunca pueden salir mal.
El virus garantiza una vida de coordinación perfecta, una empatía sin fisuras y una paz perpetua. Todos se entienden entre sí sin fricciones, y se comportan como si estuviesen bajo el efecto del soma imaginado por Aldous Huxley en Un Mundo Feliz. Es la versión radical de una idea que estaba en las cabezas de los teóricos de la “planificación centralizada”: ¿no sería todo más fácil si pudiésemos ponernos todos de acuerdo? Si el disenso es un obstáculo para la felicidad, ¿acaso no deberíamos hacer lo posible para eliminarlo?
Mente colmena, naturaleza humana y la muerte del yo
Vince Gilligan comenzó su carrera como guionista para X-Files, un estilo de ciencia ficción muy del siglo XX, cuando se plantean preguntas tales como: ¿cuánta autonomía debemos sacrificar en el altar de la felicidad? No es casualidad que muchos críticos de Pluribus hayan recordado el clásico anticomunista de 1956, Invasion of the Body Snatchers (La invasión de los ladrones de cuerpos). La serie toma firmemente partido por la autonomía: no hay felicidad que valga si arrasa con el libre albedrío, con el desacuerdo, con la angustia, con la contingencia de lo humano.
Pero al defender esa autonomía la serie se topa con otra pregunta más profunda: ¿qué es exactamente ese “yo” al que queremos proteger? En la película La mosca, Seth Brundle inventa un teletransportador que registra los genes de lo que hay en una cabina y reconstruye un cuerpo nuevo en otra. Pero cuando intenta teletransportarse, una mosca entra con él en el cubículo, la máquina lee dos códigos genéticos y, como está programada para un solo sujeto, los fusiona. Brundle sale “normal”, pero empieza a transformarse lentamente en insecto. ¿Es esa mezcla el yo Brundle u otro yo?
Derek Parfit, uno de los filósofos más brillantes y originales del último medio siglo, analizó con detalle una serie de escenarios hipotéticos de este tipo. Sus reflexiones sobre conciencias clonadas, teletransportaciones y cerebros conectados lo llevaron a concluir, a tono con las enseñanzas budistas y con los argumentos de muchos neurocientíficos contemporáneos que la idea de un “yo” fijo y sólido es una ilusión. Nuestra identidad personal, sostenía Parfit, no es lo que creemos que es, ni es tampoco lo que verdaderamente importa. Después de todo, si nuestra identidad no es más que una serie de recuerdos encadenados, no hace tanta diferencia que seamos “nosotros mismos” los que recordemos nuestra vida, o que sean “los demás” quienes la lleven en su memoria. Nuestro “yo” no es más que una historia, nuestra historia, que puede seguir existiendo sin nosotros.
En Pluribus el yo de los contagiados se disuelve en una mente colectiva que comparte pensamientos y afectos. Carol está rodeada de individuos que tienen todo el conocimiento humano a su disposición, porque cada uno sabe lo que saben todos los demás. Por supuesto, la experiencia de hablar con una entidad omnisciente pero sin individualidad hoy es habitual: la tenemos cada vez que interactuamos con ChatGPT.
Un mundo ideologizado
En el escenario de la serie nadie está solo ni desconectado; todos se sienten parte de algo más grande, y todos los individuos hablan en plural. Justamente, el título proviene del lema del escudo de los Estados Unidos, “e pluribus unum” (de muchos, uno), pensado en su origen para expresar la unión de las trece colonias en un solo país. La serie toma ese lema al pie de la letra, una interpretación polémica del espíritu de la conformación de los Estados Unidos en 1776.
Desde la perspectiva de la colmena, Carol es un accidente de la evolución, una falla en el sistema, un error de fábrica. Pero, a diferencia de los regímenes de coerción ideológica que hemos visto en la historia, la actitud de la colmena hacia los inmunes es ayudarlos casi con devoción para lograr su bienestar. No parecen querer forzarlos a “convertirse”: sólo esperan que, tarde o temprano, renuncien a su libre voluntad por decisión propia. Esa forma de “coacción suave” es mucho más común en este siglo que en el anterior, y la hace difícil de percibir o medir en la escala autoritaria.
En un mundo donde parece haber renacido la discusión “individualidad vs socialismo”, a veces con ribetes caricaturescos, Pluribus propone un giro incómodo. La serie imagina un mundo mentalmente centralizado, pero con eficiencia productiva y felicidad permanente, sin robos, abusos ni explotación. Es una sociedad que aprovecha lo mejor de la solidaridad, su lado colaborativo y su vocación de bien común. ¿El costo? No pensar demasiado.
Las visiones socialistas podrían toparse en Pluribus con algún interrogante. ¿No es el mundo de la serie, visto desde afuera, el sueño de una solidaridad sin rebeliones ni desacuerdos? ¿No se parece el inoculado promedio de Pluribus a la caricatura del “hombre socialista”, manso, cooperativo y perfectamente alineado con el interés común?
Al mismo tiempo, ¿no es fascinante lo que puede lograr un conjunto de seres humanos cuando cooperan entre sí? La serie se regodea mostrando la eficiencia inigualable de un grupo de personas con un objetivo común, y capaz de comunicarse sin disensos. Algunas escenas de Pluribus nos recuerdan a esos videos sobre la eficiencia de algunos países asiáticos para reparar o construir infraestructura: miles de personas perfectamente coordinadas, como en un desfile de drones.
Probablemente ambas posturas ideológicas vean a Carol, por un lado, y a los infectados del mundo de Pluribus, por el otro, como extremos poco realistas. Tanto individualistas como socialistas serios deberían preguntarse por la naturaleza del yo que quieren proteger o transformar. ¿Es aceptable que el precio de la justicia y el bienestar social sea renunciar a ser alguien, no sólo a tener algo?
Las fibras que toca Pluribus quizás obliguen a repensar la política. Sugiere incorporar un mandato adicional, o si se prefiere, una restricción básica: imaginar soluciones para la humanidad que tengan, valga la redundancia, contenido humano. Mundos donde no haga falta ninguna droga para mejorar la vida de la gente, ni una fuerza todopoderosa (virus, algoritmo o dictador benevolente) que decida por nosotros qué significa “estar bien”. En el mundo de Pluribus, todos piensan lo mismo, por lo que la comunicación es prácticamente innecesaria. En el mundo real, y especialmente en la política, no nos queda otra más que tratar de seguir conversando entre nosotros.
Los autores son filósofo (Armando) y economista (Mira)



