Una revolución que podría dejar muchos excluidos

Nouriel Roubini
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11 de enero de 2015  

NUEVA YORK.- A los ejecutivos e innovadores tecnológicos se los ve muy optimistas estos días: las nuevas tecnologías de fabricación generan un entusiasmo febril por lo que algunos ven como una tercera revolución industrial. En los años venideros, las mejoras tecnológicas en robótica y automatización aumentarán la productividad y la eficiencia, con importantes beneficios económicos para las empresas. Pero a menos que se implementen políticas adecuadas para estimular la creación de empleo, no está claro que la demanda de mano de obra siga creciendo a la par del progreso de la tecnología.

Tres tendencias definen los últimos avances tecnológicos: el uso intensivo de capital (favorable a los que ya cuentan con recursos financieros); el uso intensivo de habilidades (favorable a quienes cuentan con un alto nivel de competencia técnica), y el ahorro de mano de obra (menos demanda de trabajadores no calificados y semicalificados). Esto supone el riesgo de que, cuando se asiente la polvareda levantada por la tercera revolución industrial, nos encontremos con que los trabajadores fabriles se quedaron sin empleo.

La fuerza más importante detrás de la próxima revolución fabril puede ser el veloz desarrollo del software inteligente de las últimas décadas. Las innovaciones en software y las tecnologías de impresión 3D traerán oportunidades a los trabajadores con formación suficiente para aprovecharlas, pero es posible que los demás se queden mirando la revolución desde afuera. De hecho, la fábrica del futuro puede estar integrada por 1000 robots y un operario para manejarlos. Hasta para barrer el piso del taller resulta mejor y más barato un robot Roomba que un trabajador.

Los países desarrollados ya están habituados (hace 30 años que la base fabril de las economías emergentes asiáticas desplazan a las viejas potencias industriales de Europa occidental y América del Norte), pero no pueden dar por sentado que la creación de empleo en servicios compensará a la industria.

En primer lugar, la tecnología hace transables muchos de los empleos de servicios, lo que permite exportarlos a Asia y otros mercados emergentes. Y en algún momento, incluso en esos mercados la tecnología reemplazará los empleos fabriles y de servicios.

Hoy puede ocurrir que a un paciente en Nueva York le hagan una resonancia magnética, la digitalicen y la envíen a Bangalore (por decir algo), donde un radiólogo calificado la leerá por la cuarta parte de lo que costaría un colega neoyorquino. Pero ¿cuánto pasará antes de que un programa de computadora pueda leer esas imágenes mejor, más rápido y más barato que el radiólogo de Bangalore?

En este sentido, la empresa Foxconn (fabricante de iPhones y otros dispositivos electrónicos) planea reemplazar con robots gran parte de sus más de 1,2 millones de trabajadores chinos en la próxima década.

Las innovaciones tecnológicas reductoras de empleos afectarán la educación, la atención de la salud, el gobierno y el transporte. Por ejemplo, ¿se necesitarán tantos maestros si hay cursos cada vez más completos para que millones los sigan por Internet?

Incluso los gobiernos (sobre todo los más deficitarios y endeudados) se desprenden de trabajadores. Y la tendencia a la adopción del gobierno electrónico permite compensar esa reducción con aumentos de productividad.

La revolución tecnológica alcanza al transporte. En cuestión de años, los autos sin conductor (cortesía de Google y otras empresas) pueden hacer obsoletos muchos empleos.

Y, por supuesto, la innovación tecnológica capital intensiva y con ahorro de mano de obra es uno de los factores del aumento de la desigualdad en ingresos, algo que, a su vez, frena la demanda y el crecimiento (además de ser fuente de inestabilidad social y política), porque les quita ingresos a los que gastan más (familias de ingresos bajos y medios) para dárselos a los que ahorran más (corporaciones e individuos de alto patrimonio neto).

No es la primera vez que el mundo enfrenta este tipo de problemas, y el pasado puede servir de modelo para resolverlos. Los líderes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX trataron de minimizar los peores aspectos de la industrialización. El trabajo infantil se abolió en los países desarrollados, las jornadas y condiciones laborales se humanizaron, y se creó una red de seguridad social para proteger a los trabajadores vulnerables y estabilizar la (a menudo frágil) macroeconomía.

En nuestra incipiente búsqueda de soluciones inteligentes a los desafíos de la tercera revolución industrial, se destaca un tema recurrente: hay que canalizar las ventajas de la tecnología a una base de población más amplia que la que las disfrutó hasta ahora. Y eso exige hacer hincapié en la educación. Para que la prosperidad alcance a más gente, los trabajadores necesitarán las habilidades que demanda la participación en el nuevo mundo de la economía digital. Y tal vez no sea suficiente, en cuyo caso habrá que dar subsidios permanentes a los que vean sus puestos de trabajo eliminados por el software y las máquinas. En esto debemos prestar mucha atención a las lecciones del pasado.

El autor es profesor de Economía de la Escuela Stern de la Universidad de Nueva York

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