¿Cárceles o guaridas?

La comprobación de que hay criminales que aprovechan el encierro para seguir delinquiendo desde un penal exige medidas urgentes de parte de las autoridades
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2 de noviembre de 2019  

El tema, a pesar de no ser novedad, no deja de provocar escozor. Ha sido reflejado muchas veces en series y películas, y también se pudo comprobar en la realidad, en Colombia, cuando narcotraficantes como Pablo Escobar estaban a punto de ser extraditados a los Estados Unidos y, por eso, motorizaron una ola de secuestros detallada con maestría por el escritor Gabriel García Márquez en su libro Noticias de un secuestro.

Nos referimos a informaciones que dan cuenta de que algunos criminales tienen el poder para continuar cometiendo delitos aunque estén en prisión y que, incluso, en ocasiones especiales, prefieren estar tras las rejas por cuestiones de seguridad, como es el caso del líder de la banda Los Monos, Máximo Cantero, quien cometió más delitos en prisión que en libertad. Y eso no ocurrió en una sola cárcel, sino en tres: en Piñero y Coronda, en Santa Fe, y en el penal de Ezeiza.

En junio de 2013, este peligroso delincuente se había entregado a la policía de Santa Fe en medio de una guerra narco y existen sospechas fundadas de que esa jugada fue para protegerse, ya que especulaba que estaría más seguro en una celda que en la calle, en momentos en que Rosario era el escenario de batallas entre bandas de narcotraficantes. Al estar resguardado en los penales, continuó con el manejo habitual del movimiento de drogas.

Cantero acaba de ser condenado a diez años de prisión por el secuestro extorsivo de un joven, a quien sus cómplices en la banda Los Monos raptaron por error en el barrio Triángulo, en el sur de Rosario. El proyecto del líder de Los Monos era secuestrar en Rosario a personas vinculadas con el mundo narco para obtener dinero por los rescates, según investigó el fiscal federal Santiago Marquevich.

Está acusado, además, de ordenar 11 ataques a jueces y a funcionarios judiciales, por lo que se entiende que pudo dar esas órdenes mientras estaba tras las rejas.

Lo hizo a través de directivas que daba con teléfonos celulares -y también fijos- dentro de su celda o que transmitía a personas que lo visitaban en la unidad penal.

Es imposible pensar que sus movimientos no contaron con la complicidad de los agentes penitenciarios porque, de otra manera, sería impensable para un interno moverse con tanta soltura.

En mayo pasado, la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, anunció que durante un allanamiento realizado en la celda de Cantero en el penal de Ezeiza se habían secuestrado tres teléfonos celulares. A partir de ese momento, el jefe de Los Monos no tuvo más aparatos móviles para comunicarse con sus lugartenientes en Rosario y apeló a triangular sus directivas con la colaboración de otros detenidos.

Aunque suene surrealista, este caso demuestra que delinquir y ordenar crímenes con mayor impunidad desde dentro de un penal dista de ser algo imposible, y hasta podría configurar un hecho habitual.

Cuesta pensar que estemos ante un caso aislado y no frente a una constante de nuestras cárceles, que no deben transformarse en guaridas o aguantaderos fortificados de criminales.

Lamentablemente, el caso de Cantero y Los Monos no fue ficción de una patética serie televisiva.

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