De potente Testarossa...a Rastrojero roto

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19 de julio de 2020  • 00:00

Si tras la pandemia no somos capaces de aplicar un plan integral, vendrán más remiendos y zurcidos, que profundizarán nuestra historia de fracasos

La economía argentina no es un Rastrojero roto, detenido por la pandemia, que se pondrá en marcha con solo pulsar un arranque eléctrico. Esa premisa es equivocada y parece subyacer en las declaraciones y actitudes oficiales, tanto por su negativa a adoptar un programa económico como por la errónea creencia de que basta reestructurar la deuda y aumentar el gasto público para hacerla funcionar.

La metáfora mecánica describe un sistema socialista, donde la autoridad central analiza necesidades, establece prioridades, asigna recursos y dispone producciones, conforme una matriz de cantidades y calidades. Nunca costos, jamás precios.

Pero la Argentina no es Cuba, todavía. En nuestra trama productiva, cada pistón, cada bujía y cada válvula toma decisiones independientes y ninguna responde a un planificador central. Cada parte resuelve por sí misma si va a funcionar o no, ponderando riesgos y beneficios.

No hay espacio para parches ni para simples lavados de cara

Aunque maltrecha, vivimos en una economía de libre mercado, basada en la propiedad y el contrato. Ese marco fija las reglas para la división del trabajo, los intercambios, el uso de la moneda y la utilización del crédito. Si un DNU intentase impulsar el "burro", invocando necesidad y urgencia, el motor permanecerá inmóvil, a menos que los involucrados resuelvan lo contrario. Más que un DNU se requiere una mística superadora que despierte entusiasmo ante un horizonte de oportunidades.

La Argentina tiene bajísimos niveles de productividad. Por eso no puede soportar la dimensión del gasto público heredado y aumentado en la pandemia. Mientras ese desequilibrio subsista, es un telón de fondo que presagia más crisis y nuevos estados de emergencia en detrimento de contratos y derechos, créditos e inversiones, flujos futuros, tipos de interés y tasas de riesgo.

Para funcionar, las empresas deben aportar capital de trabajo, emplear personal, reabrir sus líneas bancarias y restablecer sus cadenas de valor. Para crecer, deben incorporar maquinaria, ampliar sus naves, actualizar tecnologías, optimizar logística, abrir mercados. Emitir acciones, tomar préstamos o requerir aportes a sus casas matrices. Pero nadie lo hará si la amenaza de nuevos cambios en las reglas de juego puede alterar sus previsiones. Nadie construye sobre una fractura geológica si oye el rumor de un terremoto en gestión. Esa es la incertidumbre. Esa es la falta de confianza.

Impedir ese sacudón, subsanar esa fractura es una tarea ciclópea y la Argentina debería haberla encarado hace tiempo. Se ha utilizado este año en razonables esfuerzos asistenciales ante tamaña emergencia sanitaria, pero ignorando, una vez más, ese desafío, que no se afrontó de manera simultánea.

El delegado presidencial para negociar la deuda externa, nuestro ministro de Economía, no pareció muy preocupado por el tema.

Extraviado en sus hojas de cálculo, olvidó sus responsabilidades según la ley de ministerios y perdió de vista una cuestión. El parco ministro de Economía, quizás limitado por el Instituto Patria, soslayó una sencilla premisa: cuanto más se debilita una nación, más pesada se hará la carga de su deuda, aunque esta disminuya. El semestre de dilaciones y ambigüedades, en el contexto de la cuarentena, exigía dinamismo, fortaleza y liderazgo para encarar con robustez el día después. No solamente más asistencialismo coyuntural.

Por su potencial, la Argentina podría ser considerada una Ferrari, pero para agudos observadores externos hoy parece más un poco glamoroso y destartalado Rastrojero. En 1974, José López Rega reconvirtió esa alegoría en la Argentina Potencia, cuya culminación fue la versión "Conosur" de ese querido Rastrojero. Han pasado casi 50 años y nuestros gobernantes persisten en su visión diminuta. La Testarossa sigue cubierta de bolsas sucias, cargada de tubérculos negros que ahogan sus 12 cilindros y asfixian sus cuatro escapes, enmudecidos de óxido populista.

La Argentina necesita un shock de productividad, sin el cual el sector privado no podrá jamás sostener el inmenso gasto público

La Argentina es una sociedad impedida, trabada por múltiples intereses que obstaculizan su funcionamiento. Solo por ceguera ideológica o por ser beneficiario de esas trabazones, puede ignorarse que hemos llegado al final del camino. No hay espacio para parches ni para simples lavados de cara. La experiencia gradualista fracasó. Fue suficiente, a pesar del enorme plan de obras lanzado para evitar conflictos y transmitir bonanza, evitando destrabar esos bloqueos.

La Argentina necesita un shock de productividad, sin el cual el sector privado no podrá jamás sostener el inmenso gasto público, que la pandemia obligó a aumentar y que pocos parecen interesados en encorsetar debidamente. Pero ello, requiere fuertes inversiones, que solo ocurrirán cuando haya un programa superador, consistente y convincente. Contentarse con un "rebote" para vivir con lo nuestro es una abdicación infeliz. Resignarse al Rastrojero roto es una triste señal para quienes aspiran a progresar.

Hay tensiones en todos los aspectos que inciden sobre el cálculo empresarial, haciéndolo impredecible. Hay controles de cambios que hacen inciertas las importaciones y aleatorio el costo de cualquier insumo "transable". Hay distorsiones de precios relativos que afectan desde los combustibles hasta las tarifas del gas y la energía eléctrica, que presagian también futuros ajustes, necesarios para atraer inversiones en esos sectores. También desmesurados subsidios al transporte, que, de corregirse, implicarán mayores presiones salariales.

No existe sistema financiero y los activos de los bancos están absorbidos por el Estado, lo cual abre interrogantes sobre el desenlace de esa relación incestuosa, tan vinculada a la ausencia de crédito productivo y a la contención artificial de la inflación. Tampoco existe mercado de capitales y las empresas no pueden financiarse en el exterior. Y no hay fuentes de empleo genuino, demolidas por la cuarentena. Que el Estado garantice ingresos a 21 millones de personas con emisión monetaria es insostenible.

Para poner a la Argentina de pie hay que responder varias preguntas que conducen a la raíz de los problemas: ¿por qué la mitad del empleo es informal?, ¿por qué la gente no ahorra en pesos?, ¿por qué no hay crédito ni inversión?, ¿por qué la industria no es competitiva para exportar?, ¿qué relación tiene el costo argentino con ello?, ¿por qué las provincias gravan Ingresos Brutos, superpuesto al IVA?, ¿por qué subsiste el impuesto al cheque y no se permite el ajuste por inflación?, ¿por qué los tribunales laborales desbordan de juicios, cuando eso no ocurre en otras naciones de alto empleo formal?, ¿por qué es más caro el flete de Salta a Buenos Aires que el flete transoceánico? Las preguntas podrían también extenderse a la calidad educativa, las obras sociales sindicales, la relación entre aportantes y jubilados o los incentivos perversos que enturbian todo el sistema de subsidios económicos y sociales.

No brinda respuesta alguna la nostalgia presidencial por Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa y Lula da Silva, para "reformular el sistema capitalista". Sin duda, el capitalismo que debe reformularse es el argentino, que permite ser exitoso apropiándose del impuesto a los combustibles (Oil Combustibles), inflando el costo de obras al Estado (Austral Construcciones), con las tragamonedas del Hipódromo de Palermo ( Cristóbal López y Federico de Achával), con beneficios fiscales retroactivos (Alcalis de la Patagonia) o usando indigentes para lavar dinero ( Lázaro Báez ), mientras la mitad de la población está bajo la línea de pobreza.

El Gobierno ha perdido un tiempo precioso. Si tantos meses de expectativa por conocer un plan económico para afrontar la peor crisis de la historia se diluyen en un paquete de medidas deshilachadas como blanqueos, moratorias, subsidios y obras municipales, sin resolver las tensiones que amedrentan la inversión, nada cambiará. O peor, todo empeorará.

Si no se adopta un programa consistente, que avente el peligro de nuevas emergencias, con seguridad aplaudirán los sectores beneficiados por el fomento estatal, pero nadie más blanqueará, ni expondrá sus capitales al persistente riesgo argentino. En ausencia de un plan integral, luego del "rebote" vendrán los remiendos y los zurcidos, como ha sido nuestra historia de fracasos.

Estamos encarando una posguerra, sin un Plan Marshall, pero con un país que podría responder como un biplaza de Maranello, ante los incentivos correctos. Si continuamos volando como la perdiz, intentando una modesta reactivación, sin inversión privada genuina y sin reformas estructurales, continuaremos tratando a la República como a un viejo y roto Rastrojero.

Esa magia transformadora no surgirá de pactos corporativos con cámaras y sindicatos para aumentar subsidios y blindar privilegios. Esta es la hora de un acuerdo superador entre fuerzas políticas, para alentar el entusiasmo inversor, en diálogo constructivo con todos los sectores, pero sin darles derecho a veto. Ello provocaría un favorable impacto inmediato en términos de empleo, inversión y reducción de la pobreza por el cambio de expectativas. Cualquier costo social que se temiese será compensado con creces por la riqueza creada a partir de un anuncio creíble y consensuado.

El verdadero costo social aparecerá si optamos por el raquitismo intelectual, cuando el malestar colectivo vuelque el furgón para rapiñar su carga, dejando al resto de la población sin pan y sin trabajo. Ante la incomprensión del mundo que aguarda una Ferrari lista para rugir, tratada por sus dirigentes como un Rastrojero roto. Y, para colmo, chocado y volcado.

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