Desandar sendas de odio

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23 de julio de 2020  • 00:15

El presidente de la Nación tiene la posibilidad de oponerse a los adláteres de la confrontación y la venganza que anidan en la propia coalición gobernante

Los gestos favorables a la generación de consensos que busca mostrar Alberto Fernández se contraponen continuamente con los intolerantes arrebatos de la vicepresidenta Cristina Kirchner y los allegados a ella, algunos de los cuales ocupan cargos estratégicos tanto en la administración nacional como en la provincial. El Presidente, que promete desde tiempos de campaña desandar la senda del odio, asiste sin inmutarse, al menos públicamente, a los reiterados atropellos verbales nacidos de su propio sector.

La fotografía del último 9 de julio, con Alberto Fernández acompañado por el Grupo de los Seis, que reúne a grandes sectores empresariales del país, derivó en duros cuestionamientos al mandatario desde el seno del Frente de Todos. Una vez más, fue Cristina Kirchner quien, con sus actitudes, torpedeó cualquier intento de propiciar el diálogo con el empresariado, un precario andamiaje de consensos que su exjefe de Gabinete devenido presidente se esmera por construir. Lamentables capítulos de un conflicto nacido a la propia luz de la conveniente y oportunista asociación entre ambos que recrudece con el correr de los días en esta cuarentena por la pandemia de coronavirus.

Precisamente, la foto de Fernández con líderes de la Unión Industrial Argentina (UIA) y de la Sociedad Rural Argentina (SRA), en presencia de un representante de la CGT como Héctor Daer, además de gobernadores, fue la imagen del diálogo que el Presidente eligió difundir para conmemorar el Día de la Independencia. En su discurso, prometió "terminar con los odiadores seriales", una afirmación por demás controvertida, y llamó "mi amigo" al jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, abonando su supuesta intención dialoguista. La respuesta del kirchnerismo más cerril no se hizo esperar. Un tuit de la vicepresidenta llamando a leer un artículo que criticaba ese encuentro avivó la llama. La violenta Hebe de Bonafini, siempre dispuesta a chapotear verborrágicamente en el lodo político, dirigió una lamentable carta pública de crítica al jefe del Estado.

Ni la recomendación de la vicepresidenta ni la estrategia de Bonafini resultan inocentes. Constituyen el peligroso fuego "amigo" para quien jura y perjura que ha venido a curar las llagas y a cicatrizar las heridas de los desencuentros entre argentinos.

El doble comando siempre hallará escollos insuperables

Este juego de tensiones cruzadas que el Presidente intenta en vano disimular y timonear revela, con lógica frecuencia, la arista autoritaria inscripta dentro del Frente de Todos. En ella han abrevado no pocos funcionarios ligados al Presidente, como el vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, desplegando insultos hacia el expresidente Mauricio Macri, y el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, con varias expresiones desafortunadas.

También el Presidente ha caído en exabruptos y reprochables actitudes, que recuerdan las de su mentora, al dirigirse de modo agresivo a periodistas que lo incomodan con sus consultas, a quienes ofende con actitudes de catedrático que pueden leerse también encuadradas en prejuicios de género.

El declamado afán dialoguista sucumbe cuando la discusión se traslada a los ámbitos legislativos. Mientras Rodríguez Larreta es invitado permanente a la mesa de análisis del Presidente por la cuestión sanitaria en la cuarentena, la coalición política que integra el gobernante porteño, con total legitimidad, denuncia el autoritarismo de Cristina Kirchner como presidenta de la Cámara alta.

El acuerdo, sellado a principios de mayo para debatir a distancia en el período de sesiones virtuales que transitó el Senado, establecía que solo podían tratarse temas asociados a la emergencia sanitaria. La premisa no se cumplió. La oposición enrolada en Juntos por el Cambio optó por retirarse de varias sesiones virtuales por las arteras maniobras del oficialismo para tratar temáticas por fuera de la agenda del Covid-19, como la creación de una comisión bicameral para investigar la deuda de Vicentin con el Banco Nación. En esa ocasión, el afán autoritario de Cristina Kirchner le impidió al senador formoseño Luis Naidenoff, jefe del bloque de Juntos por el Cambio, dejar asentado que esa iniciativa no había logrado la mayoría especial requerida para su aprobación. En un comunicado, el bloque opositor denunció "atropellos, autoritarismo y un apagón de micrófonos" durante aquel encuentro virtual. Peligrosos cruces de límites de los que la ciudadanía debería tomar nota a la hora de votar el año próximo.

Recientemente, Cristina Kirchner recurrió a las redes sociales para menospreciar el reclamo del sector rural por los reiterados ataques contra silobolsas. Apeló a un dudoso y desubicado humor para referirse a la cuestión como obra de pequeños animales camperos, omitiendo explicar si atribuye al mismo factor los múltiples incendios vandálicos registrados en distintos establecimientos.

Si el Presidente, en lugar de desoír el canto de la sirena, continuara cediendo el timón, será la historia la que dará cuenta de su falta de coraje

El Frente de Todos exhibe demasiados signos de confrontación interna. La vicepresidenta entorpece cualquier atisbo de avance en dirección al debate de cuestiones cuya trascendencia exige consensos entre todas las fuerzas del espectro político, mucho más cuando la diferencia entre quien ganó las elecciones y la segunda fuerza no fue sustancial y obliga al sano diálogo republicano ante la ausencia de mayorías propias en el Congreso.

En un escenario inesperado con pronóstico reservado, no hay lugar para rencillas intestinas. El doble comando siempre hallará escollos insuperables. El Presidente tiene ante sí la oportunidad de asumir el desafío de reforzar su liderazgo oponiéndose a los adláteres de la confrontación y la venganza si es que realmente está en condiciones de diferenciarse de aquellos. Ese perfil conciliador que lo instauró en su actual cargo sería su mejor espada. Deberá estar dispuesto a profundizar sus gestos de apertura. Deberá también asumir una posición firme y clara, sin más contradicciones, capaz de instaurar nuevas alianzas con los propios, pagando los costos que corresponda, pues ha de renovar acuerdos. Podría contar para ello con muchos apoyos por fuera de la propia estructura partidaria entre quienes entienden que la gravedad de la coyuntura exige superar las grietas para trabajar mancomunadamente.

Si, por el contrario, en lugar de desoír el canto de la sirena, continuara cediendo el timón, será la historia la que dará cuenta de su falta de coraje, y la peligrosa deriva de la nave nos conducirá a mares tempestuosos ya tristemente conocidos.

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