El cinismo del doble discurso

Sobran ejemplos entre nuestra dirigencia de quienes dicen vivir para y por el pueblo, pero practican el cesarismo y la dinastización
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13 de enero de 2020  

"Del dicho al hecho hay un largo trecho", reza un viejo refrán popular que intenta mostrar la distancia -muchas veces insalvable- que existe entre lo que se pregona y la realidad.

Sobran ejemplos en la vida cotidiana y, como protagonistas destacados de ese mismo acontecer, sobreabundan los casos de doble vara entre muchos representantes de la dirigencia política, sindical o empresarial con distintos grados de manejo de poder.

A ningún político en campaña se le ocurre decir que va a usar el Congreso como plataforma para bloquear el debate, obtener superpoderes, frenar leyes o convertirlo en mera trinchera verbal. Sin embargo, es esa la estrategia que cultivan y defienden algunos candidatos una vez que acceden al cargo en disputa.

Están también los que ya antes de empezar a legislar usan el Parlamento como garrocha o trampolín. "Borocotización" se le llama a esa estrategia en "honor" a Eduardo Borocotó, el exdiputado que se pasó al kirchnerismo a los pocos días de haber sido elegido legislador por Pro, en el año 2005. No son pocos los que habiendo ingresado por una fuerza se pasan a otra ideológicamente en las antípodas apenas los vientos políticos soplan en sentido contrario; tales son los casos de Pablo Ansaloni, Beatriz Ávila y Antonio Carambia, los tres diputados nacionales que llegaron al Congreso de la mano de Cambiemos, en 2017, y ahora que el gobierno mudó de color decidieron cambiar de equipo para los dos años que les quedan de mandato.

Ese doble discurso también se desnuda sin pudores entre quienes preconizan transparencia en los actos de gobierno, hasta que, precisamente, acceden al gobierno, tal como ocurrió con el kirchnerismo precedente a la actual gestión: se la pasó años y años clausurando los controles en el Estado, mintiendo con las estadísticas y reinaugurando hasta el infinito obras nunca concluidas, mientras hablaba de transversalidad, institucionalidad y eficiencia estatal.

Alberto Fernández ha dicho que jamás permitirá que se robe en su gobierno, pero paradójicamente ha puesto en cargos claves a dirigentes kirchneristas procesados por corrupción. Y se ha quejado amargamente de la actuación de la Justicia para con Cristina Kirchner, vicepresidenta de la Nación. Sin embargo, dejó una frase con un sentido doble y, acaso, peligroso. "La Justicia que usó Mauricio Macri para perseguir a Cristina seguramente ahora lo persiga a él", sostuvo al tiempo que le vaticinaba a su antecesor "unas cien causas" judiciales en las que entiende que tendrá que responder.

Los "dobleoradores" se cuentan a raudales entre quienes piden que se los respete, pero no son capaces de honrar a los que piensan diferente. Son capaces de justificar robos, fraudes o violencia física y verbal cuando quienes la ejercen (Milagro Sala, José López, Luis D'Elía, Guillermo Moreno, Hebe de Bonafini, entre tantos otros) transitan por la misma senda ideológica que ellos y exigen explicaciones a los demás, pero se demoran en denunciar o en tomar medidas preventivas cuando los complicados son los suyos (como en el caso del desafuero de Julio De Vido, en Diputados).

Están los que reivindican democracias fuertes, pero que reniegan de nombrar a funcionarios claves en el control del Estado. Hace diez años, por ejemplo, que no contamos con defensor del Pueblo de la Nación como consecuencia de la inercia y desidia de legisladores de casi todos los colores políticos. Están los que malinterpretan una mayoría eventual de avales políticos entendiéndola como un cheque en blanco para hacer lo que les plazca y los que cometen errores injustificables, como pretender ungir por decreto a jueces de la Corte o transformar en urgencia lo ordinario con demasiada asiduidad.

Son los que practican el nepotismo mientras pregonan la meritocracia. Lamentablemente, desde Bernardino Rivadavia para acá, han sido escasísimos los gobiernos que no sucumbieron a la tentación de colocar a correligionarios, amigos y parientes en cargos estatales.

El doble discurso o la doble vara tiene tal alcance que trasciende fronteras. Se ve claramente reflejada en quienes defienden rebeliones populares contra gobiernos foráneos de signo contrario al propio, pero se desgarran las vestiduras tildando de desestabilizadores los reclamos contra los amigos de militancia. Los mismos que se victimizan promoviendo lecturas sesgadas para seguir dividiendo y aspirar a reinar en esa fragmentación.

Entre esos grupos de "doblepensadores" se encuentran también los del silencio cómplice, la memoria corta y selectiva, siempre dispuestos a olvidar y a perdonar por razones pragmático-electorales, partidarias, ideológicas o de mero beneficio personal. "A veces, las mamás no saben qué hacen los hijos", dijo Graciela Camaño cuando Sergio Massa empezaba a desandar el camino del Frente Renovador, en el que eran socios, para volverse el tigrense, sin pruritos y con prisa, al kirchnerismo. Son los Leopoldo Moreau que hace apenas dos años vociferaban contra la reforma jubilatoria de Macri y que ahora también vociferan, pero a favor del congelamiento de las jubilaciones propuesto por Alberto Fernández

Son quienes dicen defender los derechos de todos, pero a los que solo desvelan los derechos de determinados sectores. Los capaces de transformar una democracia en el peor de los totalitarismos, como los de Venezuela, Cuba o Nicaragua. Los que hacen distingos deplorables entre quienes, a su juicio, merecen que se les respeten sus derechos humanos y quienes no.

Son los del "ellos" bien separado del "nosotros". Los que aspiran a convertirse en los dueños de la única verdad: la propia. Los que propician cerrar la grieta, pero se valen de ella para hacer campaña, como sucedió con los principales contendientes en los últimos comicios generales.

Ponen cara de institucionalistas, pero llaman a desafiar y, en algunos casos, a destruir las instituciones. Piden justicia, pero no están dispuestos a ser justos con el adversario. Controlan, pero no admiten ser examinados, y creen firmemente que el Estado es propiedad privada, tal como ocurre con varios de nuestros longevos gobiernos feudales provinciales.

El doble decir les permite liderar las transformaciones simbólicas. Los problemas de fondo quedan al fondo de todos los problemas si solucionarlos constituye un escollo para las propias aspiraciones de enriquecimiento personal o de poder absoluto.

Son los de la verdad de doble faz: la que se construye con ideología y relato, sin argumentos ni investigación ni pruebas, pero que se intenta imponer como evidencia científica de primer orden.

Son los que prometen cambiar para mantener todo igual. Los que reescriben la historia según su conveniencia y los que ponen en duda hasta el ADN más riguroso. Los que dicen esperar la salida del sol para arreglar el techo, pero se la pasan rezando para que llueva porque eso mantiene la dependencia de su clientela.

Son los que dicen vivir para y por el pueblo, pero practican el cesarismo y la dinastización.

Son los políticos, sindicalistas y empresarios que ponderan las reglas, pero solo buscan prebendas; los empresarios que se dicen a sí mismos aperturistas, pero le huyen a la competencia; los maestros que no enseñan; los médicos que no curan; los obreros que no obran; los profesionales sin profesionalismo; los sindicalistas atornillados desde hace décadas a sus cargos, enriquecidos a base de no haber trabajado jamás.

Porque el doble discurso no es patrimonio de ningún sector. Es, probablemente, uno de los capitales más extendidos y suculentos de nuestro país. Es la autoprotección de los cínicos. Y cínicos, se sabe, hay en todos lados.

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