El debate salarial docente debe ser despolitizado

La discusión con los gremios de maestros debe integrar un debate amplio, de largo plazo y con los chicos en las aulas, ejerciendo su derecho a ser educados
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21 de febrero de 2019  

Cuando faltan muy pocos días para el comienzo de un nuevo ciclo lectivo , la certeza dominante por estas horas es que, una vez más, las clases podrían no comenzar en tiempo y forma. Gobiernos y gremios vuelven a estar sumergidos en un tira y afloja al que lamentablemente nos hemos acostumbrado.

Reclamos salariales que pueden resultar atendibles son respondidos con ofrecimientos que también resultan atendibles teniendo en cuenta la situación que atraviesa el país. Pero, a pesar de esos acercamientos a los que se arriba en numerosas negociaciones, el mes próximo muchas aulas podrían amanecer vacías.

Hay un núcleo duro de gremios docentes que, anteponiendo cuestiones políticas e ideológicas a cualquier solución a demandas laborales, sigue entendiendo que la mejor forma de negociar es mantener a los alumnos, a sus familias y a muchos de los propios maestros como rehenes de la discusión, como prisioneros de huelgas de las que nunca nadie podrá decir que saldrá ganador.

Tres datos contundentes confirman esta última afirmación. El primero: solo en la provincia de Buenos Aires, el año pasado hubo 29 días de paro, casi un mes completo sin actividad en las aulas. El segundo: quienes egresaron en 2018 en ese distrito perdieron por huelgas 170 días de clases, contabilizados desde que entraron a primer grado. El tercero -pero no el último, porque la lista de tropiezos y fracasos es muy larga-: no se ha logrado sumar calidad a la enseñanza ni cumplir con el de por sí exiguo calendario obligatorio de jornadas de asistencia.

Una ley de 2003 fijó en 180 días la cantidad mínima de días de clases. Ocho años más tarde, una resolución intentó llevar esa cifra a 190, de manera progresiva. El objetivo nunca se alcanzó en los más de 15 años transcurridos desde aquella fecha inicial.

Los problemas se extienden a jurisdicciones de todo el país. En 2017, los gobernadores presionaron para que cada provincia pudiera negociar sus propios sueldos docentes. El gobierno nacional disolvió entonces la paritaria al considerar que hubo un acuerdo con los gremios para fijar el salario mínimo docente en un 20% por encima del mínimo, vital y móvil y, también, al partir de la base de que en la década del 90 la educación había sido transferida a las provincias. Una paritaria nacional carecía entonces de sentido. La Unión Docentes Argentinos (UDA) llevó el tema a la Justicia. La Cámara Laboral dio la razón al Gobierno. Sin embargo, ese mismo reclamo es el que hoy vuelve a poner en ascuas el comienzo de clases. Por otro lado, no puede pasar inadvertido en la consecución de la disputa que este sea un año electoral.

¿Por qué el conflicto docente se volvió cíclico?, planteaba una reciente nota de LA NACION. La respuesta corre por boca de varios especialistas, y ayuda a la comprensión de este añejo problema. Entre las principales razones, los expertos ubican la pérdida de poder adquisitivo de los salarios docentes; el hecho de que esos haberes definen implícitamente la pauta del aumento salarial del sector público en su conjunto, es decir, actúan como caso testigo; que siempre se debata sobre temas coyunturales, sin mirada de largo plazo, y que históricamente el presupuesto del área haya ido más a aumentar la cantidad de cargos que la de salarios.

Este último punto es crítico. Entre 2003 y 2017, el número de alumnos de la escuela pública se redujo 6%, mientras que los cargos docentes crecieron el 19%. Eso hace que nuestro país se ubique entre las naciones con menos alumnos por cargo docente. Hay unos 12 estudiantes por maestro de escuela primaria pública en la Argentina. En otros países -como Japón, Holanda, Australia y Corea-, esa relación es de 17 a 1, llegando a 27 alumnos por docente, por ejemplo, en México.

Podría pensarse que una educación más personalizada es sinónimo de éxito. Pero no siempre es así. Nuestro país lo demuestra claramente. El incremento del plantel docente no ha sido ni es suficiente para mejorar el sistema educativo. Las pruebas nacionales e internacionales de educación han sido concluyentes respecto de la escasa calidad de los aprendizajes de la mayoría de nuestros alumnos.

¿Dónde está la falla? Si bien se trata de una pregunta muy amplia y, por ende, de difícil respuesta, hay señales en las que podemos ir reparando para comenzar a quebrar este ciclo de reclamos, ofrecimientos, nuevos reclamos y medidas de fuerza que resienten todo el régimen. El dinero para cada área se define con la discusión del presupuesto, antes de que concluya cada año. Es decir, hay varios meses para ir acercando posiciones y trabajar en conjunto y evitar así cortes abruptos de diálogo entre las partes. Los aspectos inherentes a la carrera docente deben ser debatidos pensando no solo en la coyuntura. La necesidad de perfeccionamiento docente no debe ser tomada por los gremios como una afrenta, sino como una necesidad imperiosa. Maestros desactualizados capacitan a niños fuera del contexto en el que nacen y alejadísimos respecto del que les tocará actuar una vez que egresen, y la escuela debe ser pensada como parte indisoluble del desarrollo de un país. Directivos sin formación no estarán en condiciones de exigir conocimientos más adecuados ni profundidad de criterios a quienes de ellos dependen.

La escuela, por lo demás, no es una isla dentro de la sociedad. Claudia Romero, directora del Área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella, sostiene que las condiciones y la carrera docente deben formar parte de un diálogo que involucre a otros sectores como "la academia y la sociedad civil en su conjunto", además de los gremios y los gobiernos.

De lo que no hay ninguna duda es de que cualquiera que sea el debate, debe darse con las escuelas funcionando, con los maestros dando clases y los chicos educándose. No es parando las actividades como se ha de avanzar. Tampoco puede ser "cláusula gatillo sí, cláusula gatillo no" el punto dominante de la negociación. No estamos diciendo que la coyuntura sea la más apropiada para superar las dificultades ni que no haya cosas que cambiar, sino que lo que se plantee sea parte de un todo. De lo contrario, seguiremos poniendo parches sobre una tela que ya presenta demasiados desgarros.

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