El hilo de la vida

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29 de diciembre de 2020  • 00:03

Quienes plantean la legalización del aborto como una ampliación de derechos deberían recordar que el primer derecho humano es el derecho a la vida

La vida humana es un continuo que transcurre desde la gestación hasta que nos morimos. El nacimiento es ciertamente un punto trascendental en este continuo, pero no corta el hilo de la vida. No hay una discontinuidad entre el cigoto, el embrión, el feto, el niño nacido, el adolescente, el adulto... se trata simplemente de etapas de la misma vida humana. La legalización del aborto plantea que es un derecho de la persona gestante interrumpir esa vida en su vientre hasta un momento fijado arbitrariamente dentro de ese continuo. Sin embargo, el primer derecho humano es el derecho a la vida y sin este los demás derechos carecen de sentido y de sustento, se vuelven abstractos.

Aprobar el aborto es aprobar la interrupción de la vida de la persona por nacer. Esto no es una cuestión de creencias religiosas ni ideológicas, sino una realidad respaldada por datos científicos. La Academia Nacional de Medicina (www.acamedbai.org.ar/declaraciones) lo ha afirmado claramente: "La vida humana comienza con la fecundación, esto es un hecho científico con demostración experimental; no se trata de un argumento metafísico o de una hipótesis teológica. En el momento de la fecundación, la unión del pronúcleo femenino y masculino da lugar a un nuevo ser con su individualidad cromosómica y con la carga genética de sus progenitores. Si no se interrumpe su evolución, llegará al nacimiento. Como consecuencia, terminar deliberadamente con una vida humana incipiente es inaceptable. Representa un acto en contra de la vida, pues la única misión de cualquier médico es proteger y promover la vida humana, nunca destruirla. Esta convicción está guardada en la cultura mundial y muy notablemente en el Juramento Hipocrático". La declaración es lo suficientemente clara y taxativa.

Si la ciencia puede afirmar que hay vida humana desde la gestación y que a partir de ahí cualquier interrupción voluntaria es una arbitrariedad, ninguna ciencia está en condiciones de decirnos en qué momento de ese continuo de la vida se conforma la persona humana. Así como la ciencia no nos dice en qué minuto pasamos de ser adolescentes a ser adultos, interrumpir la vida en un momento caprichoso abre la posibilidad de eliminar a una persona.

Uno de los principales argumentos de los defensores del aborto es que se trata de una ampliación de derechos. Entendiendo que las mujeres pudientes pueden acceder al aborto en clínicas privadas, de forma ilegal, claro, volverlo libre y gratuito -otra falacia, ya que se pagaría con los impuestos de todos- sería ampliar los derechos de las mujeres pobres para que ellas también puedan acceder a "disponer de su propio cuerpo", otra falacia, dado que el embrión y/o el feto no es un tumor o un pedazo del cuerpo de la madre, sino un ser vivo diferente de ella como la ciencia confirma, aunque de momento dependiente. Con ese argumento falaz, se pretende defender que se evitarán las muertes de mujeres pobres por abortos clandestinos. Pero la discusión, mal planteada desde el arranque, no es entre aborto clandestino o aborto libre. La verdadera discusión, sin disfraces, es entre permitir o no la interrupción de una vida humana y legalizar o no la posibilidad de eliminar a la persona por nacer.

De lo que se trata, en todo caso en esta discusión, no es de una ampliación de derechos, sino de la colisión del derecho a la vida de la persona por nacer y el derecho a decidir sobre la continuidad o no del embarazo por parte de la "persona gestante". Planteado así, el derecho primero a defender es el derecho a la vida, dado que el Estado debe defender los derechos humanos y en particular el de los más débiles e indefensos. Y por más que en muchas de las argumentaciones en favor del aborto se quiera señalar que la parte más débil es la mujer sin recursos que no desea tener otro hijo, el más débil e indefenso es ese ser humano por nacer que tiene un ADN propio y único y ya ha comenzado su desarrollo vital, con todo lo que ello encierra como promesa. Es indigno utilizar a las mujeres pobres, que en su mayoría se oponen al aborto, para pretender justificar el cruel descarte de vidas humanas. Pareciera más una manipulación de argumentos de cierta burguesía urbana que una genuina preocupación por los derechos de las mujeres más pobres, lamentablemente tan desatendidos en tantos otros planos.

Se puede entender que se planteen conflictos de derechos; lo que no es justo es que se quiera definir el aborto como una supuesta ampliación de derechos. Cuando se corta abruptamente una vida humana ya iniciada, ¿quién puede afirmar sin ningún margen de duda que no se está descartando a una persona?

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