
El símbolo de un derecho roto
El País/España
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MADRID.- Maricarmen Abascal tenía 17 años cuando, en 1956, entró por primera vez en el piso que alquilaron sus padres en la calle Sainz de Baranda, en Madrid. Ha vivido en él toda su vida y en él esperaba pasar su vejez. A los 87 años de edad, con problemas de movilidad y sin alternativa habitacional, fue obligada por una orden judicial a salir de su casa para no volver jamás. Maricarmen fue desahuciada en medio de un potente despliegue policial, en camilla, con cientos de personas en la calle gritando: “¡No estás sola!”. Toda la escena fue retransmitida en directo por los medios y las redes a un país con el corazón en un puño, porque el trauma personal de esta anciana madrileña conecta con un país que desde hace años sufre la vivienda como un drama.
No faltan elementos para la indignación. Cuando la familia Abascal entró en esa casa las mujeres no podían firmar contratos de alquiler en España. El contrato estuvo a nombre del padre de Maricarmen hasta que este murió. Fue subrogado con la misma renta a su madre. Cuando esta falleció, Maricarmen recibió la subrogación para mantener la renta antigua, que en los últimos años era de 500 euros, muy por debajo del precio de mercado en el barrio de Retiro. El fondo de inversión que compró su piso utilizó este resquicio para denunciar el contrato: los arrendamientos de renta antigua no se pueden subrogar dos veces. Si quería quedarse, debía pagar, después de que le rebajaran la cifra, un alquiler de 1350 euros, más alto que su pensión. Después de tres intentos fallidos y de la intervención del Tribunal Supremo, una juez autorizó el desahucio.
No había argumentos legales para oponerse, y se puede esgrimir que se ha cumplido la ley, que un inversor tiene derecho a ganar dinero, que ese piso estaba fuera del mercado y que ahora regresa a él. Pero el frío legalismo no puede ocultar el doloroso simbolismo de este caso, que quedará en la retina como ejemplo del drama de la vivienda. Maricarmen no se fue quedando atrás poco a poco en la vertiginosa economía de Madrid. A Maricarmen le cambiaron las reglas de juego pasados los 80 años y eso es lo que percibe gran parte de la sociedad.
Los poderes públicos han permitido en la última década que el mercado de la vivienda se desconecte por completo de la economía de la clase media española. Maricarmen representa la angustia de jóvenes, asalariados y pensionistas ante la evidencia de que en España se da una espiral perversa en la que el alquiler no es una opción de vida y la compra es inalcanzable. No hay oferta suficiente ni competencia que modere los precios. Los pisos son así un activo especulativo. El derecho constitucional a la vivienda solo es efectivo a partir de un umbral de poder adquisitivo cada vez más alejado de la clase media.
El 23 de septiembre una anciana abandonó la casa en la que había vivido 70 años con sus recuerdos reducidos a una maleta. Se cumplió la ley y el mercado funcionó. Pero es la ley de la selva en un mercado roto, y es un fracaso.



