Invertir en árboles
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Casi por definición, resulta difícil imaginar que una ciudad pueda funcionar térmicamente bien en verano cuando acumula temperatura en el asfalto, cuenta con baja permeabilidad de suelos y una insuficiente y despareja distribución de verde. La secuencia repetida consiste en absorber el calor durante el día y liberarlo por las noches, una pesadilla que los habitantes de Buenos Aires atravesamos cada vez que llega una ola de calor, algo tan natural cada verano.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de un árbol cada tres personas en ámbitos urbanos. Hoy en la Capital Federal esa relación apenas alcanza a uno cada 6,1 habitantes porteños.
En reiteradas oportunidades nos hemos ocupado de destacar el valor del arbolado urbano a distintos fines. Está comprobado que las ciudades más verdes no solo amortiguan el impacto del calor urbano sino que también reducen los niveles de contaminación atmosférica y las tasas de mortalidad de la población. La vegetación urbana contribuye también a mejorar la salud mental. Las áreas con más espacios verdes tienen tasas más bajas de enfermedades y muertes relacionadas con el calor en comparación con las áreas con menos espacios verdes, particularmente entre los grupos considerados vulnerables.

Más de 430 mil árboles de 400 especies distintas pintan de colores la ciudad e integran un patrimonio natural que comenzó a crecer con posterioridad a la época de los virreyes, según el relato histórico, con ejemplares notables que, incluso, son objeto de protección especial.
Sin duda, en términos de eficiencia energética la reducción de entre 5 y 8 grados que aportan los árboles se vuelve clave. Los parques y plazas rebozan de gente en busca reparo cuando el calor arrecia. Pocos se atreverán a circular por la vereda del sol si hay una de sombra. Y sin duda elegirán un bulevar flanqueado de verde más que una calle con prevalencia de hormigón. Un comercio con un árbol en su puerta demanda menor consumo energético para refrigerar su interior que uno expuesto al rayo del sol. Las calles más frescas sufren menos deterioro del asfalto. Obviedades.

No menor resulta tampoco el aporte del arbolado a la hora de evitar inundaciones, pues intercepta parcialmente el agua caída y mejora la absorción del suelo, facilitando el drenaje de los desagües y reduciendo saturaciones y anegamientos.
En esta civilización que nos aleja de la sana ancestralidad cuyas ventajas parecemos haber olvidado, pasamos a depender de la energía eléctrica para casi todo, aumentando la emisión de CO2 para el planeta, aplazando las soluciones colectivas para resolver de manera más costosa y regresiva las condiciones en que nos desenvolvemos individualmente.
Invertir en árboles es apostar a una mayor eficiencia energética. En tiempos de revolución tecnológica, los árboles son máquinas de enfriamiento urbano más eficientes y menos costosas que aquellas de refrigeración artificial. Lamentablemente, no todo es plantar para cosechar ya sombra. Son procesos que demandan planificación, decisión política y económica en esta pieza fundamental de cualquier infraestructura urbana. Selección de especies, censos, mantenimiento, son cuestiones por considerar.
El recalentamiento global llegó para quedarse, por lo que invertir en arbolado resulta cada vez más imprescindible no solo para mejorar la calidad de vida de quienes pasamos el verano en recalcitrantes ciudades sino también para reducir costos y cuidar la salud de todos.



