La pesada carga de un Estado heredado
Urge que todos comprendamos que no habrá fondos para reactivación ni para infraestructura si la política no es capaz de enviar un mensaje convencido de apoyo al cambio estructural
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En materia de gestión pública no existe el beneficio de inventario. Cada gobernante y su equipo reciben el Estado en el estado que se encuentra, valga la redundancia. Con todas sus capas geológicas, sus antiguos y más nuevos funcionarios, con sus organigramas y oficinas, sus mañas, sus vicios y virtudes. Y, quizás, más de aquellos que de estas.
Desde 1946, la expansión del gasto estatal quedó fuera de control al poder financiarse con emisión del Banco Central. Entre 1970 y 2023 hubo déficit fiscal durante 43 de esos 54 años (83% del tiempo) y solo nueve con superávit.
Falta mucho por hacer aún; en nuestro país no se puede cantar victoria antes del tiempo suplementario
Cuando Javier Milei asumió en 2023, el gasto público ascendía al 50% del PBI por aumento del empleo oficial, de las jubilaciones sin años de aportes y de los subsidios sociales y económicos. El déficit fiscal ascendía al 5% del PBI y la inflación galopaba, disparada al 7% semanal. El estado nacional y las provincias iban de la mano en ese desajuste, absorbiendo aquel el 65% del gasto, las provincias el 30% y los municipios el 5%. En caída libre a la descomposición social.
Nación, provincias y municipios: distintos nombres que pueden confundir, ya que los tres atienden necesidades de todos los argentinos dividiendo sus tareas de forma superpuesta y desordenada. A veces colaborando, a veces tironeando, aunque siempre con el mismo fin de bien común. Pero en algo se suele estar de acuerdo: nadie quiere a “la Nación” como si fuera un territorio separado que quita recursos del conjunto para beneficio de pocos. Sin embargo, de los 148 billones de pesos de gastos del presupuesto nacional (2026), hay 92 billones de pesos para prestaciones sociales; 7 billones para defensa y seguridad y 4 billones para transporte, entre otros. No son para un enclave privilegiado sino para todos, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego. La diferencia está en “la lapicera” y el poder de decisión sobre los gastos.
Cuando se ha heredado un país en situación catastrófica, sin ahorro, sin crédito y sin moneda, con la reputación destruida y con juicios en todos los tribunales del planeta, la tarea de la Nación es más desafiante que nunca
Pocos advierten que la dichosa Nación, más allá de esas cifras, tiene una función especial diferente de las 24 hermanas locales. Su responsabilidad mayor es preservar bienes intangibles bien lejanos al rumor de los campos y al fragor de las ciudades: la credibilidad de las instituciones, el valor de la moneda, la defensa grupal y la inserción en el mundo. Hacer posibles los sueños del conjunto intentado subir a nuestra ajada República, de túnica y gorro frigio, al podio de la prosperidad, el respeto y la admiración globales. Una quijotada que no genera muchos entusiasmos cuando de ajustar se trata.
Los gobernadores e intendentes tienen como prioridad gestionar sus provincias y municipios con largueza, pues están cerca de la gente y de sus necesidades inmediatas. De las escuelas, los hospitales, los barrios y los “bondis”. De la producción, las inundaciones, los caminos y los camiones. Para quienes tienen que “poner la cara” todos los días, los recursos nunca alcanzan y las razones, buenas o malas, de la Casa Rosada para retacearlos siempre les suenan abstractas o principistas, ajenas a las urgencias populares.
Cuando se ha heredado un país en situación catastrófica, sin ahorro, sin crédito y sin moneda, con la reputación destruida y con juicios en todos los tribunales del planeta, la tarea de la Nación es más desafiante que nunca, pues debe reconstruir aquellos intangibles sin herramientas, a puro sudor de la frente y con hechos concretos, únicas pruebas creíbles de palabras devaluadas.
Es lógico entonces que las tensiones de la política hagan confrontar esos ¿inútiles? “sacrificios de Abraham” reclamados por los mercados, con las falencias palpables de familias que miran a los ojos de gobernadores e intendentes. La dinámica natural que impulsa a Nación y provincias en sentidos contrarios puede conducir a situaciones perversas donde, de la mejor buena fe, por tratar de lograr lo que cada uno desea, ocurra lo que ninguno se propone.
Pues en la situación crítica que sufre la Argentina, cuyos cimientos institucionales no han sido aún reconstruidos, la creación de confianza es condición precedente para que renazca su moneda, reaparezca el ahorro, ingresen capitales, se reactiven las empresas y ello impulse el consumo, expanda el empleo regular y mejoren los ingresos. Aunque el tucumano Jaldo crea que el peronismo tiene soluciones que el ministro Caputo ignora.
En la situación crítica que sufre la Argentina, cuyos cimientos institucionales no han sido aún reconstruidos, la creación de confianza es condición precedente para que renazca su moneda, reaparezca el ahorro, ingresen capitales, se reactiven las empresas y ello impulse el consumo, expanda el empleo regular y mejoren los ingresos
La desconfianza propia y ajena en nuestras convicciones es tal, que son necesarios exabruptos, sobreactuaciones, golpes sobre la mesa y aplausos tan rotundos como los que festejaron el mayor “default” de la historia mundial. Antídotos de similar estruendo para dejar de ser trampera de inversores incautos y convertirnos en la favorita de emprendedores en serio.
Los gobernadores dicen respaldar la reforma laboral, pero a cambio reclaman por rutas nacionales y obras suspendidas. Con seguridad tienen razón, pero para bajar de inmediato la inflación fue indispensable adoptar la regla del déficit cero a rajatabla. No por mandato de la escuela austríaca sino para cambiar drásticamente las expectativas y recomponer los instrumentos mínimos para existir como nación soberana, evitando una diáspora como en Cuba o Venezuela. Pagando sueldos, honrando jubilaciones y manteniendo en marcha los tres poderes del Estado. Como bomberos en un incendio, el Gobierno no fue muy prolijo y cortó donde pudo cortar, apostando a un éxito gradual de su estrategia, reflejado en la caída del riesgo país –que bajó de 2000 en 2023 a menos de 500 en la actualidad– en la formación de reservas y en la demanda de pesos para estabilizar el dólar. Pero en la Argentina no se puede cantar victoria antes del tiempo suplementario.
La pesada carga del país heredado del kirchnerismo afecta a los tres gobiernos por igual y cada uno de ellos intenta acomodarse en un marco de restricciones obligadas, como siempre ha sido. Solo cabe esperar, para que la historia tenga buen final, que todos comprendan que no habrá fondos para reactivar, ni para infraestructura, mientras la política no sea capaz de enviar, al unísono, un mensaje convencido de apoyo al cambio estructural. Será la única forma de lograr que ocurra lo que cada uno desea y que pase lo que todos se proponen.



