"Los argentinos de bien"

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14 de septiembre de 2020  • 00:00

Resultan lamentables los dichos del Presidente, que solo tienden a potenciar las diferencias y a profundizar la grieta que dijo que venía a cerrar

"La grieta se terminó para siempre y la venganza también", fue la frase acuñada por Alberto Fernández la noche del 11 de agosto del año último tras haberse confirmado su triunfo electoral en las PASO.

"El día que termine la pandemia habrá un 'banderazo' de los argentinos de bien", dijo el Presidente a voz en cuello durante una reunión virtual titulada "Frentetodismo al palo", que compartió recientemente con otros dirigentes justicialistas.

¿Qué cambió en los 12 meses que transcurrieron entre aquellos comicios y ese encuentro partidario para que quien se mostraba como gran componedor sea ahora el que divide a los argentinos entre buenos y malos? Básicamente ha sucedido lo esperable: han salido a la luz tanto el genio del peronismo en el gobierno como su esencia en la historia del país. El "ellos" versus el "nosotros", los amigos frente a los enemigos, esos que -según Juan Perón- ni justicia merecen.

Para el peronismo no hay una Constitución que nos cobije a todos: hay una Constitución hecha a medida, la que mejor responda a los intereses de los gobernantes partidarios. Perón tuvo la del 49; Carlos Menem, la del 94, y Cristina Kirchner no tuvo la suya, pero iba camino de consagrar a la "Cristina eterna" que tan bien y socarronamente definió la dirigente Diana Conti y que ayudó a sepultar Sergio Massa antes de volver al redil cristinista. Seguramente, el año próximo, de conseguir los votos necesarios en la renovación parlamentaria para convocar a una reforma, la actual vicepresidenta redoble su apuesta tendiente a imponer una Constitución de corte chavista.

Históricamente, el peronismo ha buscado armar su propia Constitución, ha forzado y fuerza las leyes que necesita para gobernar o para resultar penalmente impune, les cierra el micrófono a los opositores, hace oídos sordos a los reglamentos, destruye la seguridad jurídica, ataca la propiedad privada y avanza sobre los tres poderes del Estado. Se autodefine democrático, pero su falsa democracia funciona solo para un grupo determinado. La grieta no nació de un comentario periodístico en un programa de televisión hace pocos años: la grieta es el punto de partida y el fin último de muchos de sus más encumbrados dirigentes. El peronismo reina donde hay división. Y si no la hay, hay que crearla; un antagonismo administrado en palabras de Ernesto Laclau.

Para el peronismo no hay una Constitución que nos cobije a todos: solo una hecha a la medida de las conveniencias partidarias

La llegada del kirchnerismo no hizo más que profundizar esa herida en la sociedad. El uso de un lenguaje público ofensivo para referirse al adversario político; el escrache como metolodogía para señalar al que no piensa igual y el desprecio por la palabra ajena, entre otras nefastas estrategias llevadas al extremo en los anteriores gobiernos de esa fracción política, han pretendido y pretenden institucionalizar la violencia verbal, cuando no la física.

El culto al pobrismo es igualmente violento, denigrante. Para el peronismo, el pobre enaltece al pueblo, tiene superioridad moral. Acaso por eso, ese movimiento no se ha ocupado nunca con firme intención y voluntad, durante los numerosos gobiernos que ha gestionado, de rescatar a tantos conciudadanos de la pobreza. Contrariamente, ha hecho de ella un culto y su razón de ser. No hay en el peronismo un mea culpa al respecto porque queda claro que no se reniega de lo que se necesita.

"Nosotros estamos aquí para combatir la pobreza, no para combatir la riqueza", decía el líder socialdemócrata sueco Olof Palme. El actual oficialismo va en sentido contrario. Para una vasta porción de sus dirigentes, los únicos ricos meritorios son los que se enriquecen del saqueo a las arcas públicas. El resto es aborrecible. Hay que darle pelea. Denuestan la meritocracia, subvaloran el esfuerzo y socavan la ética del trabajo, carente para ellos de valor humano o social.

Nosotros estamos aquí para combatir la pobreza, no la riqueza, decía el líder socialdemócrata sueco Olof Palme. El actual oficialismo va en sentido contrario ""

En ese esquema, es comprensible -aunque jamás justificable- que el otro, el que no comulga con sus medios ni sus fines, sea el enemigo. Es visto como el que se opone al pueblo. Es el malo, el que está verdaderamente confundido y que conspira contra las almas bellas de los revolucionarios de Perón.

Y cuando esos otros salen a la calle por sus propios medios, sin banderas ni obligados a movilizarse, cuando se autoconvocan para reclamar que se respeten las leyes y sus derechos, que no se avasalle a la Justicia y no se trate de imponer el todo vale, se convierten en personas peligrosas, porque en su lógica confrontación resultan antidemocráticas. Su "banderazo" es desdeñado. Su convocatoria, desdibujada. Una multitudinaria manifestación que marca límites produce miedo y el peronismo siempre contraataca cuando teme. Y lo hace con malas armas.

Alberto Fernández ha cuestionado duramente las movilizaciones de sectores que no se sienten representados por su gobierno. Lo hizo al producirse el rechazo ciudadano a la burda expropiación de la empresa Vicentin mientras se hallaba en proceso judicial; también cuando hubo quejas airadas por la liberación de presos peligrosos y reincidentes al principio de la pandemia de coronavirus; cuando se protestó por la extendida cuarentena que ahora el propio primer mandatario niega que exista y contra el avasallamiento de la Justicia que pergeña el oficialismo en el Congreso.

"En una pandemia no se critica con movilizaciones, prefiero que golpeen las cacerolas", dijo el Presidente sobre las manifestaciones callejeras. Acaso su preferencia tenga tanto de temor sanitario como a perder el dominio de la calle en manos de una muchedumbre apartidaria, no llevada de las narices ni extorsionada para salir en apoyo de nadie.

Una Argentina justa no es una Argentina pobre, dividida ni refractaria al progreso. La gente de bien, en definitiva, es la gente que hace el bien

No advierte este sector del peronismo siglo XXI que no se trata de un choque de democracias, en el que, de un lado, están los supuestos buenos, la gente de bien, y, del otro, el enemigo confundido y golpista.

No es casual tampoco que Alberto Fernández haya hablado de "un ametrallamiento mediático" en aquel Zoom con sus compañeros de ruta. Es el mismo argumento que usaba Cristina Kirchner cada vez que algo o alguien cuestionaba su poder o su autoritaria manera de ejercerlo.

La verdadera revolución argentina no es la exaltación del pobrismo con fines electorales, ni la eliminación del adversario, ni la igualación para abajo en la sociedad. La verdadera revuelta es bregar por la defensa acérrima de la Constitución y el cumplimiento de las leyes; es el fomento de un verdadero cambio cultural, con una lógica ligada a la cultura del trabajo y alejada de la corrupción estructural. No hay superioridades éticas o morales que imponer cuando lo que faltan son, precisamente, ética y moral.

Alberto Fernández no podrá nunca decirle a cada grupo lo que quiere escuchar, porque entonces estará cavando más grietas como la que acaba de profundizar con su referencia a "los argentinos de bien".

Una Argentina justa no es una Argentina pobre ni refractaria al progreso. Quien gobierna lo hace para todos. La alternancia en el poder no solo no es mala palabra, sino que, además de ser lo deseable, es lo que corresponde en una república que considera a todos sus ciudadanos como gente de bien. En definitiva, la gente de bien es la que hace el bien y la que exige que, desde el poder, también se hagan las cosas bien.

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