Nuestra política exterior

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2 de agosto de 2020  • 00:00

Recientemente, consultado sobre el contenido del programa económico de su gobierno por el diario británico Financial Times, el presidente Alberto Fernández afirmó, sin avergonzarse, que francamente no creía en los planes económicos.

Algo parecido parecería suceder en el ámbito de la política exterior, al menos si tenemos en cuenta el ejemplo que damos al mundo con nuestra controvertida participación en el llamado Grupo de Lima, la alianza de países de la región conformada en 2017 para buscar una salida pacífica a la crisis venezolana.

Durante su campaña electoral, el actual jefe del Estado había anunciado que, de ser elegido para gobernar el país, la Argentina se retiraría de ese grupo. Sin embargo, no lo hizo; permaneció ambiguamente en su seno, aunque sin comprometerse a suscribir sus decisiones.

El gobierno argentino adoptó, así, una actitud de aparente pasividad que supone la tácita decisión de debilitar al Grupo de Lima habida cuenta de que un mayoritario sector de la coalición gobernante alimenta históricamente una manifiesta simpatía por el régimen autoritario que hoy encabeza Nicolás Maduro.

Uno de los hombres más respetados de nuestra historia diplomática, el recordado titular del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) Carlos Manuel Muñiz, señaló alguna vez que la diplomacia es, entre otras cosas, una tarea de constante iniciativa. No parece entenderlo así nuestro actual presidente cuando sus incursiones regionales parecen más bien dirigidas a no hacer demasiadas olas que puedan dejar aún más expuestas sus cuestionables afinidades.

En su momento, Alberto Fernández expresó abiertamente su adhesión con la visión del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. Pocos días después, en ocasión de una visita a Washington, este ratificó claramente los estrechos vínculos que unen al país azteca con sus dos vecinos de América del Norte.

Resulta preocupante la ausencia de coordinación y abroquelamiento con nuestros países vecinos. Solo puede explicarse como consecuencia de una administración regida por un confuso doble comando que termina sacrificando coherencia, eficacia y capacidad de influencia. Un ejemplo de las notorias contradicciones que existen entre algunos de sus actores principales ha sido la evidente disparidad de criterio sobre el chavismo expresada por nuestro actual canciller, Felipe Solá, y Alicia Castro, la siempre agresiva exembajadora política en Venezuela cuyos dichos la alejarían de convertirse en representante diplomática de nuestro país en Rusia.

La gravísima situación de Venezuela demanda firmeza y claridad. Abandonar las posiciones ambiguas o negacionistas debiera ser la política asumida sin ambages frente a un régimen dictatorial que no duda en violar los derechos humanos. Los vaivenes derivados de las acertadas críticas a la política de Nicolás Maduro por parte del representante argentino ante las Naciones Unidas, el embajador Federico Villegas, y las aclaraciones posteriores del propio presidente Fernández son demostrativos de cuán equivocado es el camino que transitamos.

En una política exterior que se precie de ser respetable y soberana, la defensa de los intereses permanentes del país debe estar siempre por encima de cualquier afinidad, ya sea esta ideológica o personal. El valioso ejemplo de nuestro vecino Luis Lacalle Pou en ese sentido debería ser imitado de este lado del Río de la Plata.

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