
Paros docentes y deserción escolar
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La Argentina está mostrando hoy una de las caras más perversas de un país con pretensiones de desarrollo y superación. A un mes del inicio del ciclo lectivo, decenas de miles de niños continúan sin tener clases en varias provincias a causa de los paros de los maestros por mejores salarios y la ausencia de una respuesta eficaz de las autoridades, un cuadro lamentable que se reitera cada año.
La repetición de los conflictos actúa también como estimulo no deseado para la deserción escolar, un grave problema educativo y social que vive la Argentina, y que reclama la mayor atención para ser reducido y erradicado. Por más atendibles que sean los reclamos de los docentes, los niños no tienen la culpa de esas disputas, que, ciertamente, son incomprensibles para muchos de ellos.
La educación es un derecho inalienable y el Estado debe hacer los esfuerzos necesarios para garantizarlo. Sin embargo, tener una semana de clases sin interrupciones parece hoy un raro privilegio para cientos de miles de niños en provincias como Santa Cruz, Salta, Neuquén, Chaco y La Rioja, por citar sólo algunos distritos donde la clausura de las clases es una práctica corriente. Así, cada día que pasa se acrecienta la brecha entre quienes gozan del privilegio de recibir una educación sin sobresaltos y aquellos condenados a la incertidumbre permanente.
¿Qué ganas pueden tener los chicos de ir a la escuela, después de haber esperado con ansiedad e ilusión el comienzo de las clases, si cada día van a revivir la angustia de las puertas cerradas y las aulas clausuradas?
Durante décadas el acento de la preocupación sobre la deserción se puso en los alumnos que abandonaban el sistema primario. Disminuidas esas cifras y al ser hoy obligatorio el nivel medio de la enseñanza, son los porcentajes de abandono de la escuela secundaria los que resultan inquietantes.
Se trata de una cuestión compleja que requiere un cuidadoso diagnóstico y la adopción de medidas de diversa fuente para lograr su merma. En ello tiene que actuar el Estado con sus recursos y, a la vez, contar con la cooperación social para alcanzar soluciones de fondo.
La deserción se va anunciando cuando los rendimientos de los alumnos decrecen y llevan al fracaso, al ausentismo y a la repitencia. Siendo válida esta sucesión de pasos, hay clara conciencia de que la deserción es un síntoma en el que median, también, razones de salud (como la desnutrición), de carácter económico (demandas tempranas de que el alumno trabaje) o de índole doméstica (desorganización y conflictiva familiar, falta de incentivos para el estudio). También las causas pueden estar en la escuela misma, por su organización curricular, por fallas de la enseñanza o bien por falta de servicios de apoyo.
La errática política educativa que ha vivido el país en los últimos años también ha sido responsable en la pérdida de incentivos de los jóvenes por permanecer en la escuela.
Generadora de otras consecuencias perjudiciales, como la marginación social, las limitaciones para ingresar en el mercado de trabajo y la tendencia a reproducir el analfabetismo en las siguientes generaciones,la deserción, no sólo agrava los efectos de anteriores males, sino que se convierte en causa de mayores daños.
El Estado, a través de la nueva ley educativa, establece la obligatoriedad de la enseñanza desde los cinco años hasta el fin de la escuela secundaria y garantiza a todos el acceso, la permanencia y el egreso. Por lo tanto, contrae la responsabilidad de hacer cumplir ese objetivo generoso, lo cual implica concluir con la deserción. Sin omitir la atención a todos los niveles, desde el inicial, el eje de la lucha contra la deserción tiene que centrarse en la escuela media.
Los indicadores actuales son desalentadores. En los tres primeros años de ese nivel el abandono es del 8,54 por ciento; en los tres últimos, del 19,79 por ciento. Un total de 270.000 adolescentes dejan inconclusos sus estudios y se condenan en buena medida a la exclusión social.
Las políticas por ponerse en juego exigen, por una parte, la planificación multidisciplinaria que considere los problemas de diversa naturaleza que producen esta pérdida de escolaridad: sociales, económicos, urbanos, rurales, de distancia y de movilidad de los alumnos. Hay programas en curso de probada eficacia y otros en elaboración, aunque todavía no son suficientes. Falta conciencia del valor del estudio en relación con el futuro de los menores en muchos medios apremiados por carencias.
Es menester afirmar la obligatoriedad escolar con actos y logros que prestigien la institución educativa para el consenso general. En esto es mucho cuanto pueden contribuir las ONG. La escuela de hoy enfrenta los males de tiempos críticos y violentos, del descenso de la moralidad y de los ideales, del aliento a las transgresiones. En este contexto, se agrega la incertidumbre de tener clases o no tenerlas, que a diario se vive por la repetición tediosa de paros, donde los niños y los jóvenes son los únicos y grandes perdedores. Rescatar a los chicos de la deserción es ganar esperanzas para el país.


