Por una transición madura y armoniosa

Necesitamos una dirigencia que esté a la altura de una ciudadanía que en los últimos comicios ha dado muestras claras de civismo y moderación
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30 de octubre de 2019  

El período de transición de poco más de un mes que resta para el recambio de autoridades nacionales es una oportunidad especialísima para lograr que lo que se prevé como parte habitual del funcionamiento de las instituciones en un período democrático se inscriba en la historia como un trámite único y ejemplar.

Algunas señales de las últimas horas vienen sembrando positivamente ese camino. Por un lado, el presidente saliente se reunió con el entrante apenas pasados los comicios. Un gesto que resulta habitual en muchas democracias del mundo, pero no tanto en nuestro país, donde las pasiones políticas casi siempre han conspirado para obstaculizar lo que debe fluir naturalmente. Por otro lado, el presidente electo no ha hecho más que bajar el tono del enfrentamiento con su principal contendiente. Ambos parecen haber comprendido la necesidad de transitar esta etapa de la mejor manera posible, llevando calma a una ciudadanía hastiada de los pugilatos verbales y muy preocupada por su presente y su futuro socioeconómico.

Es esa misma ciudadanía la que ha dado un mensaje clarísimo en las urnas: quien gana lo hace de manera acotada respecto de las expectativas que se habían generado y quien pierde deja el poder, pero con un mayor número de escaños en el Congreso. Los argentinos no han dejado pasar la oportunidad de fortalecer los contrapesos tendientes a evitar los abusos de uno y otro lado.

Negociar es el verbo que se impone en este tramo, toda una novedad con el peronismo de regreso en la Casa Rosada. También es una novedad que un gobierno no peronista que surge de elecciones libres pueda concluir su mandato desde que Marcelo Torcuato de Alvear concluyó su período constitucional, en 1928.

A aquel primer encuentro poselectoral entre Macri y Fernández le siguió la designación de equipos de asesores de ambos para gestionar la transición. Que los funcionarios que se van trabajen en conjunto con los que llegan no deja tampoco de ser una novedad entre nosotros. Hay decisiones de forma, pero muchas de fondo que deben acordarse. Acceder a balances, estadísticas, presupuestos, plantas de personal, memorias institucionales y patrimoniales tiene un valor imprescindible para los que llegan. Representa, también, un gesto de transparencia de parte de quienes se van y nada tienen que ocultar.

Hay una dimensión simbólica que tampoco puede descuidarse teniendo en cuenta la nefasta experiencia de 2015. Fernández debe recibir los atributos del mando de parte de Macri en una ceremonia que los excede como dirigentes e, incluso, como funcionarios. Ninguna persona es dueña del bastón ni de la banda presidenciales. Son las insignias que la ciudadanía pone temporariamente en manos de quien por su mayoritaria decisión en las urnas habrá de representarla. La ominosa ausencia de Cristina Kirchner a la hora de traspasar los atributos del mando a Macri no debe volver a suceder nunca más.

El juramento de práctica de las nuevas autoridades es otro de los valores simbólicos que deben darse en tiempo y forma. Se trata de un acto de responsabilidad constitucional que adquiere una dimensión aún mayor en épocas de crisis como la que estamos atravesando.

Como materia de fondo de esta transición colaborativa se inscriben numerosos temas cuyo debate, seguramente, no podrá agotarse en poco más de un mes. Se requerirá que los equipos técnicos se mantengan en contacto aun después de la asunción de las nuevas autoridades. Solo así se podrá aspirar a mantener en el tiempo la paz social, algo tan valioso y necesario y de lo que, lamentablemente, están careciendo otras naciones de nuestra región.

Nadie asegura que será fácil transitar este tramo. Hay problemas muy profundos y temas que merecen toda la atención de los inquilinos salientes y entrantes del poder. Entre ellos, los siguientes:

  • Una inflación que se ha disparado después de las PASO, junto a la devaluación de nuestra moneda.
  • El cepo cambiario, que el actual gobierno reinstauró antes de los comicios del domingo y que profundizó severamente apenas conocidos sus resultados.
  • El aumento del riesgo país y la virtual expulsión de la Argentina del mercado de crédito.
  • Un índice de pobreza lamentable y una desocupación en alza como resultado de una contracción económica severa y una marcada pérdida del poder adquisitivo.
  • Una deuda muy alta y la necesidad de cumplir con los compromisos asumidos.
  • La asfixiante presión tributaria que pagan unos pocos millones de personas, cuyos impuestos terminan yendo a sostener no solo a quienes no cumplen sus obligaciones, sino también a muchos más millones que viven del Estado.
  • La necesidad de recomponer las reservas. No alcanza con llegar protegidos al 10 de diciembre. Se requiere planificar para el mediano y largo plazo.
  • La exigencia de dar señales claras de que en la Argentina "seguridad jurídica" no son solo dos palabras. Se impone respetarla y mantenerla como una política de Estado. Las reglas de juego deben estar a la vista y no ser alteradas. Si a algo temen los inversores, grandes o pequeños, es a la falta de previsión y la violación sistemática de las leyes.
  • La relación con el mundo. No se puede aspirar a crecer cerrando las puertas del país. Tampoco asimilándonos son gobiernos autoritarios que cometen estragos y cercenan libertades de todo tipo.
  • El rescate del debate parlamentario con la mira puesta en la búsqueda de consensos. Hay muchas leyes claves sin sancionar, como la laboral y el presupuesto de gastos de la administración nacional para 2020.
  • La independencia de los poderes del Estado, que puedan ejercer entre sí el necesario contralor, sin presiones ni manipulaciones.
  • La imperiosidad de contar con organismos de control independientes del poder de turno, que analicen gestiones en curso para alertar sobre las irregularidades cuando todavía pueden ser corregidas.

Son muchos más los temas a los cuales atender. No se trata de cogobernar, como han querido advertir algunos dirigentes que, afortunadamente, son los menos en esta etapa, con el solo fin de restar colaboración. El gobierno saliente es responsable de lo actuado en estos últimos cuatro años. El entrante está llamado a colaborar en la transición, especialmente si se tiene en cuenta que varios problemas graves que el macrismo no ha podido resolver vienen desde bastante antes de 2015 y por obra de muchas de las personas que en diciembre asumirán en cargos públicos de relevancia.

"Nos comprometimos a trabajar en una transición ordenada", ha dicho Alberto Fernández en las últimas horas. Bienvenida sea esa disposición. Ordenada, madura, armoniosa, responsable, racional son adjetivos que adquieren un significado determinante en este momento que nos toca vivir.

Un momento más que propicio también para que el presidente electo empiece a mostrar las cartas de su gobierno. No hacerlo profundizará la crisis, aumentará la incertidumbre y creará mayor desazón.

Necesitamos de una dirigencia que esté a la altura de las demandas de una ciudadanía que, en los últimos comicios, ha dado muestra clara de espíritu democrático, civismo y moderación.

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