
Transición en Corea del Norte
Por ahora, el nepotismo sigue instalado en este país tras la muerte de su polémico líder y del reemplazo por su hijo
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Con la salud quebrada por un accidente cardiovascular aparentemente ocurrido hace tres años, el recientemente fallecido líder de Corea del Norte Kim Jong-il, consciente de su propia situación, había designado el año pasado a su hijo, Kim Jong-un, como su sucesor en la dinastía que desde 1948 controla el poder en Corea del Norte.
Ante la reciente muerte de Kim Jong-il, provocada por un infarto, oficialmente atribuido al exceso de trabajo, la entronización de su hijo y delfín como nuevo líder del país fue instantánea, casi automática.
De esta manera, un joven sin mayor experiencia ha sido catapultado a la conducción de un régimen tan inusual y aislado como peligroso. Su imagen forma parte ya del espectáculo político norcoreano. Reemplazó a un tirano sanguinario y sin escrúpulos, más allá de la retórica.
Se abre ahora un período de transición en el que seguramente la dirigencia política y militar de Corea del Norte acompañará muy de cerca los primeros pasos de la gestión del nuevo líder, al que la prensa local califica hiperbólicamente de un "enviado del cielo".
En las próximas semanas, el resto del mundo observará, no sin preocupación, la evolución política de una nación ermitaña que es una potencia nuclear y un activo proliferador en el desgraciado universo de las armas de destrucción masiva.
China y Rusia, aliados tradicionales de Corea del Norte durante la Guerra Fría, han hecho rápidamente público su apoyo y extendido sus condolencias al nuevo líder del enigmático y opaco país. El resto del mundo parece, por ahora, haber adoptado una actitud algo más cauta.
Para el pueblo norcoreano, sometido a un permanente lavado de cerebro desde la maquinaria oficial de control de los medios de comunicación masiva, aparece ahora una posibilidad, aunque remota, de comenzar a salir de la opresión en la que vive.
La era de Kim Jong-il estuvo signada por el terror; el pisoteo constante de los derechos humanos; la utilización de la tortura; los campos de concentración y las ejecuciones, y hasta por las hambrunas que a comienzos de la década de los 90 dejaran una estela trágica de dos millones de muertos.
A las atrocidades masivas antes mencionadas se suma el riesgo derivado de un país primitivo e imprevisible, que, sin embargo, es una potencia militar, con resentimientos profundos respecto de algunos de sus vecinos, y, en particular, de Corea del Sur y de Japón.
El camino del cambio para Corea del Norte supone abandonar el total aislamiento en que se ha ubicado. Si hubiera disposición para esto, la comunidad internacional no debiera dejar pasar la oportunidad para apoyar su reinserción.
El diálogo es el mejor instrumento para promover los cambios de actitud y conducta que Corea del Norte necesita para comenzar a sacar a su pueblo de la profunda miseria en que hoy está sumergido. Hablamos de 24 millones de personas que viven precariamente, hasta con graves deficiencias alimenticias.
Por el momento, la mitología y el nepotismo siguen instalados en Corea del Norte. Si el nuevo gobierno envía, de pronto, alguna señal de apertura, hasta la posibilidad de la reunificación de la península puede reaparecer, por remota que ella hoy parezca.
El principal desafío inmediato es el de mantener el mínimo de estabilidad que ha existido en la península coreana a lo largo de los últimos años. Si esto se logra, las tensiones y las incógnitas podrían comenzar a bajar en paralelo y Corea del Norte, animarse a transitar en dirección a dejar de ser una suerte de Estado renegado y transformarse lentamente en un país normal que pueda dejar atrás las sanciones que le han sido impuestas con razón para insertarse -paso a paso- en la comunidad de naciones.
Para esto la coordinación de los esfuerzos de China, de los Estados Unidos y de Rusia parecería ser decisiva.




