
Un 2006 con avances y retrocesos
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Concluye hoy un año floreciente en materia económica para la Argentina, con mejoras en prácticamente todos los indicadores, aunque con algunas luces amarillas, vinculadas con una inflación que se acercó peligrosamente al 10 por ciento, a pesar de ciertos controles de precios y de otras medidas desacertadas vinculadas con el intervencionismo estatal en los mercados y con la prohibición de algunas exportaciones.
Finaliza también un año en el cual los avances en materia institucional fueron demasiado tibios y los retrocesos, de la mano de una vocación hegemónica por parte del titular del Poder Ejecutivo Nacional, mucho más evidentes.
Es verdad que, si no nos detuviésemos en cada foto e intentáramos apreciar la película que está rodando la Argentina desde la crisis política, económica y social de los años 2001 y 2002, deberíamos reconfortarnos por la estabilidad lograda y por determinados éxitos económicos.
El superávit fiscal, el elevado nivel de reservas, la fuerte caída del riesgo país, la disminución del desempleo y de los niveles de pobreza e indigencia -aun cuando siguen estando muy lejos de los ideales- constituyen datos auspiciosos de la realidad.
Sin embargo, esos avances son todavía frágiles frente a las amenazas que se ciernen sobre la economía argentina. En el último mes del año, la crisis energética fue mucho más que una consigna agorera y los aumentos en los precios de productos y servicios se hicieron sentir en nuestros bolsillos.
La solución de ambos problemas no pasará, mal que les pese a las autoridades nacionales, por mayores regulaciones del Estado, sino por incentivos a las inversiones productivas. Porque la mayor demanda de bienes y servicios por parte del público y de las empresas sólo podrá ser paliada con un incremento en la producción, que requerirá certidumbre y confianza en los agentes económicos.
La seguridad jurídica sigue siendo una asignatura pendiente en no pocos aspectos de la vida nacional, por lo cual la previsibilidad que debería mostrarle la Argentina al mundo sigue siendo demasiado relativa.
Durante casi todo 2006 la Corte Suprema de Justicia estuvo virtualmente paralizada a raíz de la falta de cobertura de dos de sus sillones, responsabilidad exclusiva del presidente de la Nación. La solución propuesta por el oficialismo y aceptada por el Congreso, consistente en disminuir progresivamente de nueve a cinco su número de miembros pareció acertada, aunque tardía. Y tal iniciativa en modo alguno compensó la equivocada reforma del Consejo de la Magistratura ni la inadecuada reglamentación para la aprobación parlamentaria de los decretos de necesidad y urgencia, ni la delegación de facultades legislativas al Poder Ejecutivo por parte de los legisladores.
No menos preocupante, por lo inimaginable un año atrás, es la escalada del conflicto que mantienen los gobiernos de la Argentina y Uruguay por la instalación de la planta pastera de la empresa finlandesa Botnia en Fray Bentos. Un conflicto que sólo podrá resolverse a través de un diálogo en el que la racionalidad y la tradicional fraternidad entre los dos pueblos se impongan a las bravuconadas chauvinistas y a las amenazas de cortes de rutas claramente ilegales.
El aumento de la sensación de inseguridad por parte de los argentinos es otra cuestión inquietante de este 2006 que ya se va. Una mención aparte, por su dramatismo, merecen la desaparición de Jorge Julio López, uno de los testigos de violaciones de los derechos humanos en los años 70 que permitieron mandar a prisión al ex comisario Miguel Etchecolatz, y las alternativas que deparó el reciente secuestro de Luis Gerez.
Estos dos últimos hechos reflejaron las dificultades con que la sociedad argentina sigue tropezando para poder vivir en un clima de reconciliación y de unidad nacional, que nos permita dejar de ser presos del trágico pasado.
Sin pretender tender un manto de olvido sobre todos los crímenes aberrantes acontecidos tres décadas atrás, no parece inoportuno citar algunas de las palabras con que el rey Juan Carlos I se dirigió a los españoles en su reciente mensaje navideño: "Las claves de nuestra modernización han sido la reconciliación, la concordia, la generosidad y la común voluntad de construir una España democrática, moderna, unida y respetuosa de su rica diversidad, en torno de una Constitución de todos y para todos, producto del más amplio consenso entre españoles".
Ni el problema de la inseguridad ni la revisión de nuestro trágico pasado admiten visiones unilaterales como tampoco la búsqueda de mezquinos réditos políticos por parte de ningún sector. Sólo puede tener cabida el sincero y maduro diálogo intersectorial, que se traslade a consensos que deriven, a su vez, en políticas de Estado.
Ni los sectarismos cimentados en un espíritu revanchista ni las visiones parciales de nuestra historia ni las ambiciones hegemónicas posibilitarán el proyecto superador que la Argentina necesita para consolidar su crecimiento como nación.





